lunes, 21 de septiembre de 2009

Normalidad democrática

El paquete económico para 2010 presentado por el gobierno federal obedece, básicamente, a dos prioridades: a) la necesidad de cubrir el “boquete fiscal” (370 mil millones de pesos) que han dejado la recesión y la caída en la producción de petróleo; y b) el imperativo de mitigar los efectos de la recesión entre la población con menores ingresos.   

Para lo primero propone una combinación de más impuestos, algunos recortes, ajustes y un modesto aumento de la deuda. Para lo segundo, destinar más recursos para el combate a la pobreza.   

La oposición ha respondido, en términos generales, conforme a tres lógicas: 1) enojo por los excesos e ineficiencia en el manejo de los recursos públicos; 2) exigencia de contrarrestar los efectos de la recesión y reactivar la actividad económica; y 3) reclamo de aprovechar la oportunidad para adoptar otro modelo de desarrollo.   

La primera lógica demanda más austeridad, disminuir el gasto corriente, reducir sueldos y personal. La segunda pide expandir el gasto público, elevar la inversión, fomentar la generación de empleos. Y la tercera convoca a dotar al Estado de más instrumentos para intervenir en la economía y procurar una mayor redistribución de la riqueza.   

La propuesta del gobierno enfatiza la gravedad de la coyuntura y la debilidad de las finanzas públicas. En su visión imperan las dificultades, las restricciones, los compromisos financieros.     

La oposición enfatiza, en cambio, lo inadecuado o incompleto de las medidas propuestas y su falta de ambición. En su visión imperan las convicciones, la insatisfacción, las expectativas.   

El punto débil del gobierno ha sido no plantear la modificación de los llamados regímenes especiales (exenciones, deducciones, subsidios fiscales, tasas cero, etc.) y por los cuales este año se dejarán de percibir, según cifras del propio secretario de Hacienda, 465 mil millones de pesos (1.3 veces el monto del “boquete fiscal”).   

El punto débil de la oposición ha sido insistir en la alternativa del déficit para impulsar una política contracíclica, pues difícilmente los mercados ofrecerán créditos a tasas accesibles para financiarle una caída permanente de la producción petrolera a un país con una estructura fiscal tan endeble como México.           

Desde la perspectiva de la oposición parece que al gobierno le faltan decisión y audacia. Desde la perspectiva del gobierno parece que a la oposición le falta hacerse cargo de los costos y las consecuencias.   

En esas estamos: entre un gobierno sin margen de maniobra y una oposición sin responsabilidad.      

Ese es, hoy, el rostro de nuestra normalidad democrática.


--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 21 de Septiembre de 2009)

lunes, 14 de septiembre de 2009

Voltaire, Tutino y el 2010

Decía Voltaire que la superstición es a la religión lo que la astrología a la astronomía: la hija idiota de una madre sabia. Advertía, sin embargo, que esas dos hijas proliferan en tiempos de confusión igual que en tiempos de carencia proliferan los falsificadores de billetes.           

Casi lo mismo hubiera podido escribir hoy, en la víspera de los centenarios, sobre esos augurios de “estallido social” que empiezan a abundar en nuestra conversación pública. Si en 1810 fue la independencia y en 1910 la revolución, en 2010… ¡Alarma!           

Con todo, más allá de la superchería cabalística, de la franca insidia o el mero sensacionalismo, la preocupación por los ciclos históricos y las crisis seculares en la historia de México ha producido algunas investigaciones muy instructivas. Quizás la más importante es la de John Tutino, De la Insurrección a la Revolución en México, un magnífico libro que explica la dinámica de la violencia agraria, desde fines del virreinato hasta el cardenismo, en función de dos factores: uno, los agravios que se gestan entre las clases campesinas por el deterioro en sus condiciones de vida y, dos, las oportunidades estratégicas para el levantamiento armado que ofrecen la debilidad o fragmentación de las élites en el poder.           

Hace un par de años, en un artículo sobre la posibilidad de nuevos levantamientos rurales (en el libro coordinado por Elisa Servín y Leticia Reina, Crisis, Reforma y Revolución), Tutino agregó un tercer factor a su modelo: las capacidades subversivas de los núcleos agrarios, es decir, el grado de liderazgo, organización, visión y sustento material necesarios para desafiar el orden establecido. Su argumento es que luego del último momento revolucionario (1910-1940) el campo mexicano experimentó un proceso de transformación muy profundo, inédito, cuyo resultado fue la erosión permanente de sus capacidades subversivas. Tal vez surjan otras formas de protesta o rebeldía, concluye Tutino, pero la era de las revoluciones tal y como las conocimos en los últimos dos siglos ha llegado a su fin.

Para algunos será una conclusión acertada o tranquilizadora; para otros, incorrecta o triste. En cualquier caso, se trata de un planteamiento bien fundamentado, riguroso, serio, con el que tendrían que habérselas quienes auguran, como si nada hubiera cambiado en los últimos veinte o cincuenta o cien o doscientos años, un 2010 puntual e irremediablemente revolucionario. 

De lo contrario sabremos, a la Voltaire, que lo suyo es falsificar el futuro para lucrar en tiempos de incertidumbre, que sus profecías no son más que hijas idiotas de esa madre sabia que es la historia.    

-- Carlos Bravo Regidor 
(La Razón, Lunes 14 de Septiembre, 2009) 

lunes, 7 de septiembre de 2009

Estampas mexicanas desde Chicago

1. Talentosa periodista y escritora, con muchas horas de vuelo en temas mexicanos, viene a la Universidad de Chicago a dar una charla.          

Con profunda desazón, repasa la actualidad de un país roto, recuerda las promesas de nuestro viejo nacionalismo, contrasta el México lindo y querido de Chucho Monge con el de Gimme tha power de Molotov. Lamenta, sobre todo, que la identidad nacional se nos haya vuelto sinónimo de derrota. Al terminar su exposición, arranca un nutrido intercambio de preguntas y comentarios. En el público, todos estudiantes, hay dos Méxicos: el de México y el de Estados Unidos. Los mexicanos de México confirman el diagnóstico, asienten entre furiosos y alicaídos, comparten su testimonio del desaliento. Los mexicanos de Estados Unidos discrepan, fruncen el ceño, no se reconocen en ese abatimiento. Una joven, hija de inmigrantes indocumentados, hace entonces una recia y conmovedora defensa de lo que para ella significa ser Mexican. Tras su intervención se hace un vasto, irrefutable silencio. Una voz concluye, lacónica, nombrando la ironía que ha quedado al descubierto: “quizás ocurre que hoy sólo se puede ser orgullosamente mexicano aquí, en Estados Unidos”.        

2. Conferencia sobre “consolidación de la democracia en México”. Asiste lo más granado de la academia, la política y los medios mexicanos. Entre el público están los estudiantes de siempre, algunos funcionarios del consulado y un considerable contingente de líderes y compañeros de organizaciones comunitarias de los barrios mexicanos de Chicago.        

Comienza la discusión: reformas, instituciones, Congreso… Cada tanto hay una pausa para que la amable concurrencia participe. Y cada tanto la concurrencia, en voz de los líderes y compañeros, insiste en la misma pregunta: “¿y los inmigrantes?” Los conferencistas le sacan el bulto, dicen cualquier cosa, alguno arroja un par de cifras sobre las remesas y cambia de tema. A otro se le prende el foco y comienza a hablar del voto de los mexicanos en el extranjero. La concurrencia tiene la amabilidad de abuchearlo. El ambiente se crispa. 

De pronto, un mexicano que estudia business (el mismo que cuando vino Salinas de Gortari le dijo que era su “fan número uno”) le arrebata el micrófono a un modesto compatriota que empezaba a preguntar, otra vez, sobre los inmigrantes. Le espeta algo que no alcanzo a escuchar pero con un gesto muy agresivo que lo dice todo. Un profesor, visiblemente molesto, le exige que le devuelva el micrófono al señor y lo deje hablar. El compatriota hace entonces una pregunta de ocho minutos que nadie tiene la amabilidad de entender, pero cuando termina todos le aplaudimos.            

3. Leyenda en la camiseta de un estudiante Mexican-American: “Nosotros no cruzamos la frontera. La frontera nos cruzó a nosotros”.           

--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 7 de Septiembre, 2009)   

lunes, 31 de agosto de 2009

Inercias

Escribe Jesús Silva-Herzog Márquez, en su columna del lunes pasado en Reforma, que el nuestro es un pluralismo sin calado, epidérmico: “los votos castigan y premian […] pero debajo de ese flujo de recompensas y escarmientos se solidifica un extensísimo territorio inmutable. Bajo la sociedad abierta de los votos, la sociedad cerrada de los intereses petrificados”.  

Escribe Héctor Aguilar Camín, en su columna del miércoles en Milenio, que el Presidente Calderón no parece dispuesto ni a la menor audacia: “percibo, como muchos, una indefinición del gobierno sobre el horizonte de debilidad en que lo dejan los resultados electorales de julio. Percibo también síntomas de un enconchamiento defensivo en la trinchera reforzada de los leales”. 

Y escribe Luis F. Aguilar, en su columna del mismo miércoles en Reforma, que nuestra sobredosis cotidiana de “malas noticias y opiniones calamitosas” comienza a producir una rutina perversa: “la costumbre de pensar que la realidad del país es así y no puede ser de otra manera y la costumbre de volvernos distantes e indiferentes” ante ella.            

He ahí, en tres trazos, la narrativa más acabada de nuestro presente. Un presente que hemos convenido relatar en función de inercias: las de los intereses intocables (monopolios, televisoras, partidos, sindicatos), las de un gobierno impotente (porque no tiene mayoría en el Congreso, porque las finanzas públicas están colapsadas, por el estilo personal de gobernar en turno) y las de una sociedad derrotada por tantos problemas (pobreza, crimen organizado, desempleo, corrupción, influenza, etc.).          

Se trata de un relato en el que las inercias se refuerzan entre sí, no sólo para que todo se conserve como está sino, además, para que no nos quede más que resignarnos. Porque los “costos” son demasiado altos, porque no existen las “condiciones” o los “incentivos”, por que falta el “liderazgo” o el “proyecto de naciión”, porque la “cultura política”... en fin, porque aparentemente no hay fuerza que pueda alterar el estado de cosas.          

Sospecho, sin embargo, que la inercia está sobre todo en esa manera de interpretar nuestra circunstancia. En la perspectiva desde la que miramos al país, en la impaciencia de que no sea lo que quisiéramos, en la frustración que nos provoca lo que es. ¿Hay mayor inercia que la de contarnos nuestra historia como la de una desesperante colección de inercias?   

Y es que, para decirlo a la manera de Fidel Velázquez (que algo sabía al respecto), llevamos doscientos años diciéndonos que las cosas no pueden seguir así.         

-- Carlos Bravo Regidor 
(La Razón, Lunes 31 de Agosto de 2009)   

lunes, 24 de agosto de 2009

Profesionales de la opinión

Una de las consecuencias más visibles de la “transición” en nuestros medios de comunicación ha sido el surgimiento de un nuevo tipo de figura pública: el profesional de la opinión.

Se trata de una figura híbrida, un tanto camaleónica, en la que se reúnen la solemnidad de una autoridad clerical (que pontifica desde el púlpito del deber ser), el prestigio de un intelectual moderno (que acusa, que denuncia, que le dice sus verdades al poder) y la ubicuidad de la popularidad mediática (que les da la fama por la fama misma). Es una figura que conjuga, en suma, algo de sacerdote, algo de agitador y algo de celebridad. 

Algunos provienen de la academia, aunque entre más éxito cosechan en el oficio de opinar menos suelen ejercer la investigación y la docencia. Otros se formaron en la propia prensa, eran reporteros o redactores o corresponsales que crecieron hasta volverse, digamos, periodistas de altos vuelos. Y otros más han gravitado en la intersección de la política y los negocios, ya sea porque fueron funcionarios o asesores, ya porque tienen sus consultorías, ya porque conocen a quien hay que conocer.  

Como sea, están en todos los medios (radio, periódicos, televisión, revistas, internet), incluso varias veces a la semana. La profesión les exige estar al día, aprender a pensar de botepronto, mucha improvisación y hartas tablas.

En ocasiones, no deja de sorprender su capacidad para decir cosas interesantes sobre temas que parecen aburridísimos, para hacer análisis muy lúcidos o críticas certeras. Pero en otras ocasiones, no deja de decepcionar que no tengan nada que aportar, que su opinión sea tan poco original o que de plano repitan lo que ya han dicho en otro lado u otras veces. Cuando lo primero, se les notan la destreza de pensamiento, el buen juicio y la agilidad verbal. Cuando lo segundo, sin embargo, también se les nota que no tienen tanta idea de lo que hablan, que creen que el público no se da cuenta o que simplemente no se cansan de escucharse a sí mismos.     

Su ascenso sobrevino durante los años noventa, su auge ocurre en la década que está por terminar. En cierto sentido, son heraldos de la incertidumbre, voces que supieron multiplicarse en tiempos de crisis, de cambio, de esperanzas y desilusión.  

Tengo la impresión, no obstante, de que comienzan a perder el lustre que tuvieron: que su nicho ya se saturó, que ya no se les toma tan en serio, que la  figura como la hemos conocido ya no tiene mucho más que dar. Será que las condiciones ambiente que les permitieron desarrollarse ya no son lo que eran, que la autocomplacencia les está ganando, que la creatividad se les acaba, o que la serpiente se les desencantó. 

--Carlos Bravo Regidor (La Razón, Lunes 24 de Agosto de 2009)

domingo, 16 de agosto de 2009

Metamorfosis

La metamorfosis de los medios de comunicación ha sido uno de los espectáculos más agridulces de los últimos años en México.

Hoy hay más apertura, más competencia, más denuncia. La censura ya no es, ya no puede ser, lo que era; la batalla por ganar la nota, por atraer auditorio y anunciantes, no tiene tregua; y la libertad de expresión se ejerce como nunca antes. 

Pero hay, también, poca ecuanimidad, más sensacionalismo y mucha impunidad. Los comunicadores editorializan constantemente; el morbo y la estridencia, típicos de la peor prensa amarilla, son cada vez menos la excepción y más la regla; y en el ámbito de la opinión todo vale.          

Varios vicios del viejo periodismo mexicano (los trascendidos, la “declaracionitis”, las gacetillas) encontraron acomodo junto con los nuevos (la imposición de vetos, el desacato de normas, la fabricación de figuras a modo), mientras ciertas virtudes de una prensa democrática (el manejo escrupuloso de las fuentes, el rigor investigativo, el compromiso con el público) no acaban de desarrollarse en nuestros medios. 

Ciertamente, no todos son iguales. Hay líneas editoriales, hay estilos, hay diversidad. El menú es más o menos amplio, pero esa variedad no oculta el hecho de que el grueso de la participación del mercado se concentra en muy pocas manos ni de que no haya un solo medio de alcance nacional que ofrezca una perspectiva del país que no sea, en el fondo, la de la Ciudad de México.      

Nos hemos acostumbrado a tener medios muy alertas, muy exigentes, muy críticos de lo que hacen o dejan de hacer las autoridades. No nos hemos hecho a la costumbre, sin embargo, de estar tan alertas, de ser tan exigentes ni tan críticos con lo que hacen o dejan de hacer los medios.          

Aunque hay expertos, organizaciones civiles, observatorios y revistas especializadas que llevan ya tiempo haciendo esa labor, digamos, de vigilar a los vigilantes, los medios en general no se han mostrado particularmente dispuestos a admitir que su trabajo también es susceptible de ser fiscalizado bajo la lupa de sus propios métodos.         

Así, es el caso que todavía se apela a consideraciones mercantiles para relativizar la discusión sobre la responsabilidad de los medios, que se desdeñan los imperativos éticos como rollo moralista, que se rechaza cualquier tentativa de regulación como una amenaza a la libertad. 

Hay nuevos espacios, nuevas voces, nuevos formatos, pero ¿hay un nuevo periodismo? Tenemos una idea muy hecha, obvia, del tipo de relación que no queremos entre medios y poder público, pero ¿tenemos una idea clara sobre el tipo de relación que queremos entre medios y sociedad?


--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 17 de Agosto de 2009)

lunes, 10 de agosto de 2009

De incompetentes y sabelotodos

De vez en cuando, luego de leer columnas de opinión, de escuchar a algún comentarista o ver un programa de debate (aunque debate no haya mucho pues todos parecen estar de acuerdo en que México atraviesa por una fase de transición a la hecatombe), uno corre el riesgo de quedarse con la impresión de que quienes nos gobiernan nunca saben hacer nada y quienes no nos gobiernan, desde los medios, siempre saben lo que se debería de hacer. Es como si al país todo le saliera mal salvo la autoflagelación.     
     
Se trata de una impresión un tanto esquizofrénica pero muy elocuente, que dice mucho del desdén ante la complejidad que a veces impera en nuestra conversación pública.          

Hace unos días, por ejemplo, dos analistas discutían en la radio el tema del “rentismo”, ese comportamiento mediante el cual ciertos grupos se organizan para obtener beneficios particulares (rentas) sin agregar valor al conjunto de la economía, es decir, para hacer más grande su rebanada del pastel sin hacer el pastel más grande. Discutían, específicamente, los casos del monopolio de PEMEX, de la falta de competencia en el sector telecomunicaciones y de los privilegios que detenta el sindicato de maestros.

Uno repetía, convencido, que la solución era “más mercado y menos Estado” (como si no hubiera rentismo en el sector privado). El otro, que acabó cayendo en la trampa de admitir el planteamiento en esos términos, respondió algo así como que tras nuestra experiencia con el modelo neoliberal “ya nadie se cree el cuento” de las virtudes de la privatización y que no tiene caso seguir insistiendo en “ese tipo de reformas estructurales que nomás no van a pasar”. El primero, entonces, replicó muy orondo: “el hecho de que no vayan a pasar no quiere decir que no sean la solución”.

Es difícil imaginar una conclusión más vana, que renuncie tan olímpicamente a hacerse cargo de la realidad: de la multiplicidad de intereses en pugna; de las restricciones que impone un arreglo de poderes compartidos; de las dificultades y costos que implican las decisiones públicas.

No me refiero a los méritos o defectos del argumento sino a la manera de argumentar. “Que no vayan a pasar no quiere decir que no sean la solución”. La frase es de lo más sintomático. Ubica al que la pronuncia por encima de cualquier consideración práctica y a quien tiene que lidiar con lo práctico lo condena, de antemano, a ser parte del problema –por transigir con ese molesto obstáculo, la realidad, que le impide a la solución “pasar”.

Quizás cabría imaginar una modesta prueba para evitar que nuestras discusiones se reduzcan a esa lógica de sabelotodos contra incompetentes: si una solución, la que sea, no “pasa”, no es solución porque no resuelve nada. 

--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 10 de Agosto de 2008) 

Nota: Por un error de comunicación, en el periódico apareció una versión distinta (preliminar) del final de este artículo. Aquí aparece la versión definitiva. Una disculpa.    

lunes, 3 de agosto de 2009

Cómo vive la otra mitad

Hace dos semanas nos enteramos de que, según los resultados de la última Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), entre 2006 y 2008 el porcentaje de mexicanos “en condición de pobreza” pasó del 42.6 al 47.5 por ciento. 

Es decir, que en ese periodo hubo seis millones más de personas que “no contaban con un ingreso suficiente para satisfacer sus necesidades de salud, de educación, de alimentación, de vivienda, de vestido y de transporte público, aun si dedicaran la totalidad de sus recursos económicos a ese propósito”.

El asunto mereció las ocho columnas, el viernes 17 de julio, en un par de diarios: “Empobrecen… los pobres” (Reforma) y “El INEGI reporta más desigualdad” (El Universal). Al día siguiente, sábado 18, prácticamente todos los diarios dedicaron su nota principal al “caso Martí”. El domingo 19 el aumento de la pobreza volvió a las ocho columnas en dos diarios: “Rebasados, programas antipobreza” (El Universal) y “Sobrevive la mitad de los mexicanos con mil 900 pesos al mes” (La Jornada). El lunes 20, las principales notas fueron el “caso Martí”, las disputas internas en el PRD, la guerra contra el narcotráfico, la alianza legislativa del PRI y el Verde, etcétera. Finalmente, el martes 21 apareció la última nota de ocho columnas sobre el tema: “Hay más pobres, pero los programas van bien” (La Jornada). El resto de la semana los titulares se ocuparon de las disputas internas en el PAN, de la nueva refinería, de la CNDH y la SEDENA, de los rebrotes de influenza, en fin, de otras cosas.

En algunas columnas de opinión y programas de debate se comentaron las cifras. Buena parte de esas intervenciones, sin embargo, osciló entre cuestiones técnicas (cómo se mide la pobreza, cómo está focalizada la política social) y lugares comunes (que si es un problema de “mentalidad”, que si está en riesgo la estabilidad social, que si no hay que darles un pescado sino blablablá). Abundaron las entrevistas a expertos, los aspavientos retóricos y las explicaciones para salir al paso.

Escasearon, en cambio, los trabajos propiamente periodísticos al respecto. Que contaran las historias, que mostraran las imágenes, que tradujeran el significado de esos números al lenguaje de la experiencia cotidiana. Que dijeran lo que son el hambre, la precariedad y las carencias en primera persona. Que relataran, pues, cómo vive ese 47.5 por ciento. 

Hizo falta, hace falta, un periodismo que le dé visibilidad a eso que no queremos ver. Un periodismo que sepa mirar la pobreza como quien mira un espejo.  

--Carlos Bravo Regidor 
(La Razón, Lunes 3 de Agosto de 2009)

lunes, 27 de julio de 2009

Comunicar la guerra

La revista Nexos de este mes publica algunas reflexiones sobre los dilemas que enfrentan los medios de comunicación mexicanos en el contexto de la guerra contra el narcotráfico. Los autores no son, digamos, teóricos. Son directivos, columnistas, conductores, profesionales del periodismo que tienen que lidiar con esos dilemas, que toman decisiones al respecto, todos los días. 

Por eso mismo, por quiénes son, es que resulta tan desconcertante la celosa imparcialidad con la que se refieren, en todo momento, a la guerra. Leopoldo Gómez, vicepresidente de noticias de Televisa, se preocupa por “los riesgos que implica para el periodismo el asumirse como parte de un conflicto bélico y no como simple narrador del mismo”. Pascal Beltrán del Río, director editorial del Excélsior, se pregunta “¿vamos a hacer bloque con las autoridades en la lucha contra el crimen o mantener nuestra independencia?” Carlos Marín, director general de Milenio Diario, dice que “el periodismo es intrínsecamente subjetivo” y, por lo tanto, la responsabilidad de los medios “es igual e inevitablemente subjetiva”. Para Sergio Sarmiento, quien fuera vicepresidente de noticias de TV Azteca, “al tomar la decisión de si se divulga o no el texto de una narcomanta […] al considerar si se incluye o no alguna imagen de violencia en un reportaje”, la pregunta a hacerse es si al público “le interesará o le generará tal repulsión que le haga cambiar de canal”.

Seamos conscientes: la guerra contra el narcotráfico no es un conflicto bélico en el sentido tradicional del término, tampoco es una simple política pública ni una noticia como cualquier otra. Es una forma de combate al crimen organizado, es decir, a una industria de la ilegalidad que le disputa el control de varios territorios a las autoridades, que lava dinero, que entrena sicarios, que intimida, soborna, extorsiona, tortura, secuestra y asesina. Nadie pide a los periodistas que renuncien a su labor crítica; al contrario, en este contexto es indispensable que la ejerzan libremente. Pero que la ejerzan, también, consigo mismos. Por ejemplo, con su sentido de la neutralidad frente a la batalla que tratan de dar las fuerzas del Estado contra bandas de delincuentes. 

Y es que no estamos ante un intercambio de hostilidades entre dos fuerzas equiparables, no da igual quién gane o quién pierda. Estamos en la lucha contra una violencia cuya víctima, al final del día, es la sociedad. Una lucha que, sólo en los últimos años, ha cobrado la vida de más de diez mil personas. Varias de ellas, por cierto, periodistas... 

Uno supondría que a estas alturas a los medios ya les habría caído el veinte. 

Pero no.

--Carlos Bravo Regidor 
(La Razón, Lunes 27 de Julio de 2009)

lunes, 20 de julio de 2009

Decíamos ayer...

En recuerdo de Jacobo Levinson

Hace escasos diez años, a fines de esa edad de la inocencia democrática que fue la década del noventa, se decía mucho que la condición indispensable para el cambio político en México era la derrota del PRI.

El argumento se resumía, básicamente, en que sin alternancia era imposible la transición. Los hubo que intentaron disputar la validez de esa tesis (recuerdo, por ejemplo, a Federico Reyes Heroles o a Jesús Silva-Herzog Márquez), pero eran los menos. No era un asunto de orden teórico sino de credibilidad en las urnas.

Y es que en el imaginario de la transición no podía ser de otro modo. Nuestra idea de la democracia se curtió a golpe de protestas contra el fraude, de reformas electorales y triunfos opositores. Por razones históricas y estratégicas fue, tenía que ser, una idea fundamentalmente antipriísta.

Hagamos memoria. En 1999 democracia significaba que el PRI ya no tenía mayoría en el Congreso; que el PRD gobernaba el Distrito Federal, Zacatecas, Tlaxcala y Baja California Sur; que el PAN gobernaba Baja California, Guanajuato, Jalisco, Querétaro, Nuevo León y Aguascalientes; que una coalición PAN-PRD había derrotado al PRI en Nayarit; que centenares de “gobiernos de oposición”, como se les llamaba entonces, proliferaban a nivel municipal; y que el PRI, por primera vez en la historia, podía perder la Presidencia de la República. Democracia significaba, en suma, optimismo. Todo aquello era emocionante, histórico, feliz.

Había mucho de ingenuidad (por no decir de franca idiotez) en ese optimismo, en esas ganas de creer que con quitar a unos y poner a otros bastaba para que los problemas del país se resolvieran. Pero había, también, un anhelo de porvenir, la esperanza de que un futuro mejor era posible. Hace diez años todavía creíamos, cada quien a su manera, en el progreso.

Hoy, sin embargo, las cosas son algo distintas. Nos sigue sobrando la ingenuidad (ahora, aparentemente, tenemos ganas de creer que el PRI es la solución) mas perdimos la esperanza (lo que nos mueve es menos un hambre de futuro que la indigestión con el presente). Ya no aspiramos a mejorar sino a que las cosas ya no empeoren tanto.

¿Qué pasó? ¿Cómo transitamos de aquel optimismo democrático de hace diez años a la desesperación con la democracia que padecemos hoy? ¿Cómo es que el PRI, que ayer encarnaba al “malo por conocido” que quisimos dejar atrás, actualmente se nos presenta como el “malo por conocido” al que queremos volver?

Hagamos memoria. No para entregarnos a la nostalgia sino para recuperar la perplejidad.    

--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 20 de Julio de 2009)

lunes, 13 de julio de 2009

Ruinas

Ya lo han advertido, desde hace tiempo, diversas voces (por ejemplo, Héctor Aguilar Camín, Roger Bartra o José Woldenberg): en la izquierda mexicana hay muchos intelectuales pero muy pocas ideas.

Es una situación paradójica pero a la que ya nos hemos acostumbrado, una más entre la multitud de inercias que abundan en nuestra conversación pública. Con todo, conviene reparar en ella, no para llamarse al falso asombro (a éstas alturas no hay de otro) sino para tratar de hacer visible la crisis, para llamarla de un modo amable, por la que atraviesa la izquierda intelectual. 

Conocido el resultado de la elección, aparecen las siguientes reflexiones en la prensa.

Guadalupe Loaeza: “En esto precisamente pensaste, cuando el domingo te entregaron tus tres boletas: bajo los logotipos gigantescos de los partidos, los nombres de las personas no existían. El tuyo, al lado del de suplente, te pareció tan chiquito que tuviste que buscarlo con la ayuda de tus lentes. ¿Por qué si la ciudadanía ha demostrado que odia a los partidos, el Instituto Federal Electoral optó por minimizar a las personas y favorecer a los partidos? He allí una flagrante prueba de que los ciudadanos no contamos”. 

Luis Javier Garrido: “El pueblo mexicano manifestó un contundente repudio a Felipe Calderón en las elecciones de 2009, y si éste tuviera un mínimo de dignidad, siguiendo el principio republicano debería presentar de inmediato su renuncia”. 

Lorenzo Meyer: “Desde la oposición de izquierda, lo importante será la medida en que el gran movimiento social que encabeza Andrés Manuel López Obrador logre afirmar y acrecentar sus raíces en el ‘México profundo’”. 

Jaime Avilés: “Porque él (Jesús Ortega), y Jesús Zambrano, y Carlos Navarrete, y Graco Ramírez, y Guadalupe Acosta Naranjo, y René Arce, y Víctor Hugo Círigo, y Ruth Zavaleta y demás cumplen una misión al servicio de la ultraderecha: ellos deben permanecer al frente del PRD para controlar el dinero que ese partido recibe del IFE e impedir que éste financie las actividades del movimiento encabezado por López Obrador. Son unos auténticos secuestradores y allí permanecerán, hasta que las bases emigren masivamente al PT o suceda algo imponderable, que nunca se debe descartar”. 

Antonio Gershenson: “Lo primero, y en cierto sentido lo más importante, es la victoria en Iztapalapa”. 

Su sentido de la realidad recuerda, en mucho, al de los lugareños de Cuévano, la ciudad donde transcurre el relato de Ibargüengoitia Éstas ruinas que ves. Orgullosos de los escombros que habitan, entusiastas portadores de su decadencia, miran a su alrededor y proclaman: “Modestia aparte, somos la Atenas de por aquí”.

--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 13 de Julio de 2009)

lunes, 6 de julio de 2009

Lógicas de la elección

A juzgar por el tenor de la conversación pública durante los últimos meses, la de este proceso electoral no fue sólo una disputa por los votos; fue, sobre todo, una disputa por el sentido de la elección, es decir, por darle una u otra lógica al acto de votar.            

Los panistas quisieron que la elección fuera un referéndum, que el voto constituyera la respuesta a una pregunta en torno a la principal decisión del Presidente Calderón. ¿Está usted de acuerdo en declararle la guerra al narcotráfico, sí o no? Su tema fue la inseguridad, su apuesta el miedo y su lógica la de Mateo 12:30: “el que no está conmigo, está contra mí”.
 
Los priístas buscaron que la elección se convirtiera en un juicio al desempeño del gobierno, que el voto se ejerciera como una forma de castigar al partido en el poder por no saber cómo hacer las cosas. Su tema fue la incompetencia, su apuesta la desmemoria y su lógica la del refrán: “más sabe el diablo por viejo…”

Los partidarios del voto nulo hicieron de la elección una oportunidad para expresar su enojo. Invitaron a concebir el voto no como un instrumento para elegir sino como una pancarta para protestar contra la “partidocracia”. Su tema fue la desesperanza, su apuesta el coraje y su lógica la de un oxímoron: “anular es votar”. 

Los perredistas, consumidos por un conflicto que no se atreve a decir su nombre, no plantearon un relato propio. Hace tres años, la lógica de su campaña consistió en administrar una victoria que parecía segura. Hoy, en cambio, lo único seguro fue que siguen administrando los saldos de aquella derrota. La suya fue una elección, más que para ganar votos, para tratar de no perder al partido.  

Los petistas y los verdes optaron por una estricta lógica de supervivencia. Los primeros se ubicaron como el principal destino de los perredistas desafectos, como la nueva casa del lopezobradorismo. Los verdes supieron capitalizar la avidez de cierto electorado, sobre todo joven, por esas soluciones de las que hablaba Mencken: “claras, simples y equivocadas”.

Los abstencionistas habrán sido, muy probablemente, mayoría. En las próximas semanas abundarán los intérpretes de su silencio. Para algunos, será una señal de rechazo a la democracia (no van a las urnas porque no creen en ellas); para otros, una prueba de normalidad democrática (porque en las elecciones intermedias la participación suele ser más baja, porque en muchas democracias el abstencionismo va al alza).

La campaña la ganó la discusión del voto nulo. La elección, según anticipaban todas las encuestas, la habrá ganado el PRI. 

--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 6 de Julio de 2009)