lunes, 28 de mayo de 2012

"Acarreados"


En las últimas semanas, a raíz de la polémica visita de Enrique Peña Nieto a la Universidad Iberoamericana y de las protestas estudiantiles derivadas de ella, el término "acarreados" ha circulado mucho en nuestra conversación pública. Siempre con un tono peyorativo, con una franca intención denigratoria, con el deliberado empeño de restarle legitimidad a las manifestaciones en contra o también a favor del candidato presidencial del PRI.

Pero, ¿de qué hablamos, en concreto, cuando hablamos de "acarreados"? Hace algunos años, en un muy esclarecedor estudio (disponible en http://bit.ly/KspjSV) sobre los rituales de la campaña presidencial del PRI en 1988, Larissa Lomnitz, Claudio Lomnitz e Ilya Adler observaron la existencia de al menos tres tipos distintos de acarreados: los clientelares, movilizados por vínculos de lealtad; los burocráticos, movilizados por amenaza de coerción; y los oportunistas, movilizados por alguna forma de pago en efectivo o en especie.  

El acarreado clientelar, advertían, forma parte de una red jerárquica de compromisos personales en la que se intercambian beneficios por apoyos, una red que expresa "la vigencia de relaciones sociales que operan durante largos años, por lo cual la interpretación de que este tipo de 'acarreo' no representa un apoyo real […] es básicamente errónea". El acarreado burocrático, a su vez, es resultado de cierta capacidad de control sobre su fuente de trabajo o ingresos en función de la cual corre el riesgo de ser sancionado si no se moviliza. Y el acarreado oportunista, por último, es aquel que por necesidad económica o indiferencia política está dispuesto a vender su presencia en actos de campaña a cambio de una remuneración inmediata. 

Ocurre, sin embargo, que en contraste con ese énfasis en las desigualdades sociales implícitas en la figura de los "acarreados", en los últimos días el término ha adquirido un énfasis moral, convirtiéndose incluso en una especie de improvisado antónimo de "ciudadanos". Así, mientras que los ciudadanos se imaginan auténticos y libres, amos y señores de sus destinos, los acarreados se suponen artificiales y manipulados, mera carne de cañón política. De ahí a decir que los primeros son ejemplares y los segundos inferiores, la verdad, falta apenas un pasito…

Es interesante, sintomático, que tratando de enaltecer la democracia contra vicios como el corporativismo, la coerción o la corrupción derivemos en un discurso tan evidentemente discriminatorio. Que gritemos "¡acarreados!" como un insulto desde la imaginaria superioridad moral de una "ciudadanía" que, sin embargo, no parece estar interesada en reclamar que se atiendan los déficits y las carencias que hacen del acarreo una forma de participación política todavía normal para muchos mexicanos. Quienes, por cierto, no por "acarreados" son menos ciudadanos.

 -- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 28 de mayo de 2012

miércoles, 16 de mayo de 2012

El dinosaurio: la extinción de una metáfora


Durante los años dorados de la transición hubo una metáfora que capturó, como ninguna otra, la imaginación democrática de los mexicanos. Una metáfora que supo articular las sensaciones encontradas que inspiraba el sistema político priísta, en muchos aspectos obsoleto pero muy resistente, que daba tremendas señales de debilidad pero al mismo tiempo mostraba una sorprendente capacidad de supervivencia. Me refiero, desde luego, a la metáfora del dinosaurio.

No me ocupo de qué tan exacta o exagerada haya sido. Me ocupo tan solo de lo exitosa que resultó para representar a los adversarios del entusiasmo democratizador como feroces encarnaciones de un pasado que se negaba a morir, como amenazantes criaturas anacrónicas que insistían en aferrarse al poder para seguir gobernando un tiempo que ya no era el suyo. Y es que la metáfora del dinosaurio fue, en ese sentido, la expresión más acabada de una idea de la democracia en función de la cual al PRI no le quedaba más que extinguirse.

De hecho, tras las elecciones del 2000 abundaron análisis que quisieron ver en su derrota presidencial al meteorito que habría de acabar, finalmente, con el dinosaurio priísta. Sucede, sin embargo, que dos sexenios después el saldo es muy otro. La alternancia no provocó la súbita desaparición del dinosaurio; más bien, inauguró el paulatino desgaste de esa metáfora como recurso de crítica política.

En parte porque el tiempo pasa, la gente olvida, el electorado cambia. En parte porque los fiascos del foxismo, la “guerra” de Calderón y la presidencia “legítima” de López Obrador crearon las condiciones para que el PRI se reinventara como una nueva opción electoral: la del voto de castigo contra el PAN-gobierno, la del voto de desconfianza contra el PRD-oposición. Y en parte porque la reiterada impresión de estar gobernados por una punta de novatos incompetentes terminó por relativizar los defectos del dinosaurio hasta el punto, incluso, de hacerlos parecer una forma de eficacia.

Digamos, pues, que el 2012 nos despierta con la noticia de que la metáfora del dinosaurio ha perdido buena parte de la tracción política que tuvo. ¿Cómo explicar, si no, el hecho de que en el año 2000 alrededor del 42.5% de los electores votó por el candidato con más probabilidad de “sacar al PRI de los Pinos” y ahora, doce años después, un 45-50% manifiesta la intención de querer votar por su regreso?

Hay que acusar recibo: el vocabulario de la transición está agotado. No sirve ya ni para dar cuenta de lo que está pasando ni para influir significativamente en el rumbo de los acontecimientos. Admitirlo no implica renunciar a la crítica. Implica, en todo caso, reconocer que hace falta inventar un nuevo vocabulario crítico que recupere la efectividad que el de la transición ha perdido.

-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, mayo de 2012

lunes, 30 de abril de 2012

El PRI: lo bueno, lo malo, lo feo


La narrativa de la transición mexicana siempre fue una narrativa fundamentalmente antipriísta. En la historia que nos contamos sobre el cambio político de los últimos veinte o treinta años el PRI, más que un actor o un espacio dentro del sistema, era el sistema mismo: la corrupción, el clientelismo, la negligencia, el corporativismo, la ilegalidad, el abuso, la opacidad, en fin, el PRI encarnaba todo aquello que aprendimos a identificar con ese “antiguo régimen” que el proceso de democratización prometía dejar atrás.

La experiencia democrática ha sido, sin embargo, poco congruente con dicha narrativa. Primero, porque muchas de esas prácticas que quisimos creer propias del autoritarismo han subsistido, hasta hoy, con un régimen bien que mal democrático. Segundo, porque la democracia nos ha obsequiado numerosos ejemplos de que, lejos de ser exclusivas del PRI, dichas prácticas pueden ser las de cualquier partido en el poder. Y tercero, porque si en la narrativa de la transición “la sociedad” solía ser caracterizada como una víctima más o menos inerme, ahora sabemos que “la sociedad” también es cómplice activa de esas prácticas cuya responsabilidad no podemos achacar sólo a los políticos –priístas o de cualquier otro partido.

Con todo, la alta probabilidad de que el PRI gane las próximas elecciones presidenciales (y, además, con mayoría absoluta en el Congreso) representa algo más que una incongruencia: constituye un auténtico corto circuito entre la narrativa de la transición y la experiencia democrática. La narrativa decía que la democratización mexicana pasaba por echar al PRI del poder; la experiencia apunta a que el PRI está por volver al poder por la vía democrática.

Lo bueno de este corto circuito es que, ciertamente, confirma que las fuerzas autoritarias del pasado están apostando por el juego democrático, que el otrora “brazo electoral” del Estado posrevolucionario supo convertirse en un partido político como los demás: que participa, que compite, que a veces gana y a veces pierde elecciones.

Lo malo es que esa conversión en lo relativo a la forma de acceder al poder no parece incluir una conversión en lo relativo a la forma de ejercer el poder. Véanse, si no, casos recientes en Coahuila, Veracruz o el Estado de México. Que el PRI esté dispuesto a competir democráticamente no significa que esté dispuesto a gobernar democráticamente: a rendir cuentas, a respetar la libertad de expresión, a promover la transparencia y el acceso a la información, etcétera. Y menos si tiene mayorías absolutas.  

Lo feo es que a sabiendas de lo anterior, de que el PRI no ha renovado su manera de gobernar, hoy son mayoría los mexicanos decididos a llevarlo de regreso al poder.

-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 30 de abril de 2012

lunes, 16 de abril de 2012

Una invitación a la historia (y al humor) electoral


Para Mauricio Tenorio

Hay muchas razones para lamentar el hecho de que la historia electoral mexicana sea un campo de estudio tan francamente raquítico. Desde luego hay algunos libros, unos cuantos artículos, uno que otro dato o anécdota apuntados por ahí, pero nada ni por asomo suficiente como para considerar que existe una literatura, una historiografía, al respecto.

Es lamentable, insisto, por muchas razones. Una de ellas, quizá no la más grave pero tampoco la menor, es que las elecciones ofrecen una oportunidad privilegiada para conocer el humor político de una época: los filos de su sátira, la chocarrería del ingenio popular, el trazo burlón de los caricaturistas de batalla, la chispa de una ocurrencia a la mitad de un discurso, la agilidad de una réplica lapidaria, etcétera. No importa que la elección haya sido más o menos limpia o fraudulenta. A fin de cuentas, como escribió el aventajado Lincoln Steffens (¡en 1904!), “no sólo los triunfos y los grandes estadistas, también las derrotas y los corruptos nos representan. Y acaso con la misma justicia. ¿Por qué no verlo y admitirlo?”

Hace algunos meses, buscando noticias electorales en una colección de periódicos viejos, me encontré con unos versos anónimos cuya historia tengo pendiente desentrañar. Como sea, en la emoción del hallazgo (los historiadores sabrán a qué me refiero) compartí dichos versos con varios amigos –uno me respondió con una culta especulación sobre quién podría ser el autor, otro tuvo la buena idea de “subirlos” a su blog.

La semana pasada recibí tres correos electrónicos (y quienes me los enviaron no sabían nada de lo anterior) de una “cadena” en la que están circulando, rescatados del olvido que habitaron durante casi un siglo, esos felices versos. Quisiera creer que la vida que han cobrado ya es, en cierto sentido, otra forma (quiero decir, una forma más allá de la “académica”) de confirmar que las horas gastadas entre archivos y papeles de otro tiempo tienen sentido. De que estudiar historia electoral puede ser también una manera de devolverle algo de humor político a un presente que, como apuntaba León Krauze hace unos días, por momentos parece carecer de él.

Y bueno, ya sin más rodeos, he aquí esos versos que bajo el título de “La elección” encontré publicados en las páginas de El Cronista del Valle, un periódico de Brownsville, Texas, el 26 de mayo de 1926:

El león falleció ¡triste desgracia!
y van, con la más pura democracia,
a nombrar nuevo rey los animales.
Las propagandas hubo electorales,
prometieron la mar los oradores,
y… aquí tenéis algunos electores:
aunque parézcales a Ustedes bobo
las ovejas votaron por el lobo;
como son unos buenos corazones
por el gato votaron los ratones;
a pesar de su fama de ladinas
por la zorra votaron las gallinas;
la paloma inocente,
inocente votó por la serpiente;
las moscas, nada hurañas,
querían que reinaran las arañas;
el sapo ansía, y la rana sueña
con el feliz reinar de la cigüeña;
con un gusano topo
que a votar se encamina por el topo;
el topo no se queja,
más da su voto por la comadreja;
los peces, que sucumben por su boca,
eligieron gustosos a la foca;
el caballo y el perro, no os asombre,
votaron por el hombre,
y con profundo dolor
por no poder encaminarse al trote,
arrastrábase un asno moribundo
a dar su voto por el zopilote.
Caro lector que inconsecuencias notas,
dime: ¿no haces lo mismo cuando votas?

-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 16 de abril de 2012

lunes, 2 de abril de 2012

El kitsch electoral

Ofrezco, para empezar, tres definiciones del concepto de kitsch. Un ideal estético que afirma el imperio de los buenos sentimientos sobre la razón y que, al hacerlo, esquiva la mirada frente a cualquier aspecto desagradable de la existencia (M. Kundera). Una visión del mundo como un espejo autocelebratorio, que nos devuelve una imagen de nosotros mismos carente de inconvenientes, conflictos o contradicciones (H. Broch). Un arte deliberadamente previsible que trata, ante todo, de agradar: que no enfrenta, no arriesga, no cuestiona (H. Rosenberg).
            
Aunque el kitsch sea un concepto proveniente de la teoría del arte bien puede servir para analizar otros fenómenos, digamos, ajenos al ámbito de la creación artística. Por ejemplo, las campañas electorales. Y es que hay mucho de kitsch en la imagen que proyectan los candidatos, en lo que dicen que harían si llegan al poder, en la forma que se imaginan a los votantes.
            
Todos los candidatos procuran encarnar un papel que los haga atractivos, encuestas y grupos de enfoque mediante, para sus electores. Ser candidato es, pues, aprender a representar un personaje reconocible con quien los votantes puedan identificarse y sentirse cómodos. Es saber apelar a sus valores, sus anhelos, sus miedos, para hacer que vean en la imagen del candidato aquello que quieren ver en una figura de autoridad. Ser candidato es, en suma, tratar incesantemente de agradar.

Cada campaña intenta construir, asimismo, un relato sobre el país basado en buenas intenciones y fuerza de voluntad. Que promete resolver esto o aquello como si fuera sólo cuestión de querer el bien y echarle ganas. Cuenta una historia en la que, en caso de ganar, la nobleza de “nuestras” aspiraciones se impone por encima de cualquier consideración sobre su viabilidad. En el cuento que cuentan del futuro no hay dificultades, ni costos, ni consecuencias contraproducentes.

Y por último, ¿qué idea de los electores revelan las campañas al repetir sus spots millones de veces; al ubicar por todas partes esos pendones en que los candidatos exhiben orgullosos sus caras y pulgares; al insistir en demostrar, con cada discurso y cada entrevista, que no saben ni les interesa hilar tres ideas coherentes? ¿Qué clase de seres de ínfima inteligencia imaginan que son los votantes al tratar de comunicarse con ellos de esa manera? Seres, aparentemente, que sólo existen para celebrarlos y aplaudirlos.        

Como ha escrito Martín Plot en un recomendable librito sobre el tema (El kitsch político, Buenos Aires, Prometeo, 2003), “lo único que la política kitsch logra en el mismo momento de su acción es proscribirse a sí misma la posibilidad de convertirse en una acción plenamente política”. Es decir, en una acción que proponga algo. En todo caso, el kitsch electoral propone proponer y, al hacerlo, no propone nada.

-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 2 de abril de 2012

lunes, 19 de marzo de 2012

Caso Cassez: opiniones sin argumento


Hay algo frustrante en la deriva que ha tomado nuestra conversación pública en torno al caso Cassez, algo enojoso en el hecho de que buena parte del debate se reduzca a una mera expresión de diferencias en la que –según la disparatada fórmula al uso– “todas las opiniones son respetables”. Porque no, no lo son. Lo respetable son las personas y su libertad para opinar. Las opiniones son, todas, otra cosa: cuestionables, disputables, criticables. No dan lo mismo, no son iguales unas que otras. 

Vale la pena, en ese sentido, rescatar la distinción que propuso hace unos días Ángel Gabilondo, en El País, entre las opiniones argumentadas y las opiniones sin argumento. Las primeras, decía, toman en serio la inteligencia del público al que van dirigidas, esgrimen razones, dan cuenta de la complejidad de los asuntos. Las segundas, en cambio, apelan a los prejuicios y a la desinformación, no se apoyan en información verificable, remiten a certezas aparentemente incontestables. 

Veamos, como botón de muestra, un ejemplo paradigmático: la opinión de Sanjuana Martínez, en sinembargo.mx, a propósito del caso Cassez. 

Primero, sobre el debido proceso, los testimonios y la condena. “Si no tuvo ‘debido proceso’ deberían eliminarse las pruebas obtenidas, pero no anularse la sentencia […] La falta de debido proceso no convierte a Cassez en inocente. Tampoco en culpable, pero si en actora de unos hechos delictivos. Sus víctimas la reconocieron plenamente”. Por un lado, Martínez admite que la violación de derechos y el montaje invalidan los testimonios en función de los cuales Cassez fue condenada; pero, por el otro, insiste en que se sostenga su condena. ¿Por qué? ¡Por lo que dicen las propias pruebas incriminatorias, es decir los testimonios, que ella misma reconoce que deben eliminarse! 

Luego, sobre las contradicciones de las víctimas y el sistema de justicia. “No conozco ninguna víctima que no entre en contradicciones o inconsistencias a la hora de declarar [...] La mayoría de los procesos en México están fincados en mentiras y medias verdades. Así funciona todo el aparato de justicia. Y ministerios, abogados, magistrados, policías o periodistas lo sabemos. Por eso urge una reforma integral de la procuración de justicia en nuestro país […] Los hechos, sin embargo, son los hechos. Hay unas víctimas que reconocen a la señora Cassez como su verduga”. O sea que no hay que esperar consistencia en las declaraciones de las víctimas pero de todos modos hay que darles valor probatorio. Y hay que reformar el sistema para evitar más casos como los de Cassez pero ella, por eso mismo, debe seguir en la cárcel. Su culpabilidad está en entredicho pero, Sanjuana Martínez mediante, de todos modos es culpable. 

Finalmente, sobre la Suprema Corte. “¿Por qué la SCJN no encarcela a los que realizaron el montaje encabezados por García Luna? ¿Por qué no cuestiona al aparato de seguridad de Felipe Calderón? […] ¿Por qué sólo se centra en Cassez?” Parece que Sanjuana Martínez no está enterada de que en este caso la facultad de la Corte es determinar si se violaron garantías, no fincar responsabilidades; de que el proyecto del ministro Zaldívar va precisamente en el sentido de cuestionar la actuación de la policía; ni tampoco de que el juicio de amparo, por la llamada “fórmula Otero”, sólo tiene efectos particulares para los individuos que lo promueven. Su furioso reproche no tiene, pues, ningún fundamento. 

Las opiniones argumentadas construyen conversación. Las opiniones sin argumento convierten la deliberación pública, según la elocuente expresión de Gabilondo, en un mero “festín de los topetazos”. Q.E.D. 

-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 19 de marzo de 2012.

lunes, 5 de marzo de 2012

La efectividad del "discurso amoroso"

Buena parte de los análisis que han circulado en nuestra conversación pública sobre el llamado “discurso amoroso” de Andrés Manuel López Obrador se ha referido, fundamentalmente, a sus problemas: a sus contradicciones, a si se trata de un ardid o si es genuino, a su vaguedad, a las propensiones autoritarias o intolerantes que acusa o a sus incongruencias con lo que cabría esperar de alguien que se dice de izquierda.

Otra parte se ha ocupado, a su vez, de tratar de aprehender su significado o de reinterpretar dicho discurso en clave de “lo que en realidad quiso decir”. Así, no han faltado elaboraciones en torno al amor como un concepto mediante el cual López Obrador propone reconstruir vínculos de solidaridad, humanizar la convivencia social, reintroducir valores morales en la función pública, reafirmar la empatía hacia el prójimo o inaugurar una nueva forma de hacer política.

Con todo, más allá de la discusión sobre si su contenido es equívoco o pertinente, ha hecho falta otro tipo de análisis. Un análisis, digamos, menos sustantivo y más instrumental, que examine ese discurso en función de su efectividad en términos electorales. Veamos.

Según mis pesquisas, aunque varios de sus elementos vienen de tiempo atrás, el “discurso amoroso” de López Obrador cobró forma como tal entre marzo y agosto del 2011. (Todas las cifras que menciono a continuación, redondeadas, provienen de encuestas de Consulta Mitofsky). Tomemos como primer punto de referencia, entonces, febrero de dicho año: sus positivos (personas con una buena opinión de él) rondaban el 18%; sus negativos (personas con una mala opinión de él) llegaban al 38%; su saldo de opinión (positivos menos negativos) era -20; y su intención de voto (personas que declaraban su intención de votar por él) era 17%.

Siete meses después, en septiembre, la introducción del “discurso amoroso” arrojaba los siguientes resultados: positivos, 21%; negativos, 29%; saldo de opinión, -8; e intención de voto, 17%. En los rubros relativos a su imagen (positivos, negativos y saldo de opinión) el “discurso amoroso” tuvo un efecto positivo. En el rubro de intención de voto, no obstante, el efecto fue nulo.

Posteriormente, mediando su victoria de noviembre sobre Marcelo Ebrard en la definición de la candidatura perredista a la presidencia, para febrero del 2012 sus números eran éstos: positivos, 23%; negativos, 33%; saldo de opinión, -10; e intención de voto, 18%. En cuanto a su imagen, los efectos positivos del “discurso amoroso” comenzaban a deslavarse. En cuanto a intención de voto, su crecimiento fue apenas de un punto porcentual.

No se me oculta que probablemente no todos y cada uno de esos vaivenes en las cifras son imputables sólo al “discurso amoroso” como causa única. Pero tampoco se me oculta que, en términos generales, de esas cifras se desprenden dos conclusiones claras. Una, que el “discurso amoroso” fue efectivo para mejorar la imagen de López Obrador pero no para aumentar su intención de voto. Y dos, que dicha efectividad va en declive.

En suma, el “discurso amoroso” ya sirvió para lo que podía servir.

-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 4 de marzo de 2012

lunes, 20 de febrero de 2012

Noticias que no son noticia: la pobreza

Hace casi dos semanas se dio a conocer el informe 2011 del CONEVAL, el diagnóstico más serio y exhaustivo con el que contamos para evaluar la política social en México.  Es difícil exagerar el valor de dicho documento: para los funcionarios, por su utilidad como instrumento para tomar decisiones; para los medios, por la riqueza de los datos que presenta; para los ciudadanos, por su relevancia como insumo para la reflexión, el análisis y la crítica.

El informe (cuya versión electrónica puede consultarse en http://bit.ly/zV0NzM) da cuenta de cómo entre 2008 y 2010 la crisis financiera internacional, el alza en el precio de los alimentos y las bajas tasas de crecimiento económico acumuladas durante los últimos veinte años provocaron un aumento en el número de personas “en situación de pobreza” (que pasó de 48.8 a 52 millones) pero diferenciado en cuanto a las carencias que padecen o a los grupos sociodemográficos a los que pertenecen.

Así, por ejemplo, hoy hay más mexicanos “vulnerables por ingreso” (de 4.9 a 6.5 millones) y que carecen de “acceso a la alimentación” (de 23.8 a 28 millones), pero menos sin acceso a los servicios de salud (de 44.8 a 35.8 millones) o a servicios básicos en la vivienda (de 21.1 a 18.5 millones).  Los grupos más afectados por la pobreza son los adultos mayores (45.7%), los menores de 18 años (52.8%), los hablantes de lengua indígena (79.3%) y los residentes en zonas más marginadas (77.8%). La mayor carencia sigue siendo, por mucho, el acceso a la seguridad social (de 71.3 a 68.3 millones). 

Además, el informe revisa múltiples políticas en materia de desarrollo social y detalla su impacto en términos redistributivos y de equidad. Así, por ejemplo, muestra que las políticas más progresivas suelen ser las transferencias dirigidas (como Oportunidades o Empleo Temporal), mientras que las más regresivas suelen ser los subsidios (al consumo de energéticos o a las escuelas privadas vía colegiaturas deducibles). O que el efecto redistributivo de las pensiones puede ser muy desigual, pues las puede haber progresivas (como los programas para adultos mayores en los estados o 70 y más) o regresivas (como las del ISSSTE, las de adultos mayores en el Distrito Federal o las del IMSS).

El informe, queda claro, contiene mucha información importante. Pero la cobertura que le han dado los periódicos ha sido escandalosamente omisa. No fue noticia de ocho columnas salvo en un diario nacional (El Universal ) y de primera plana sólo en otro (La Jornada). En los demás apenas se consignó en notas interiores, pasando incluso desapercibido en las columnas de opinión. Las nimiedades de los precandidatos presidenciales, los jaloneos con el IFE, las grillas al interior de los partidos resultaron de mayor interés para nuestra prensa.

No pregunto ya por las historias de carne y hueso, por un periodismo que sepa transmitir el significado de esas cifras en la vida cotidiana de personas concretas --como el que hace, por ejemplo, el New York Times. Ni siquiera la evolución general de la pobreza durante los últimos años, la eficacia o ineficacia de las políticas dedicadas a combatirla, fue ni es noticia.

¿Por qué? 

-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, 20 de febrero de 2012.

lunes, 6 de febrero de 2012

Costos electorales


En la Letras Libres del mes pasado Roger Bartra publicó un ensayo explicando el probable regreso del PRI a Los Pinos como consecuencia, básicamente, de tres factores: 1) la sensación de que el país padece una espiral de violencia incontrolable; 2) la impresión de que el PRI podría negociar, como antes, con el crimen organizado; y 3) la reacción de una sociedad “llena de miedo […] que se resiste a abandonar la vieja cultura política, a renunciar a hábitos profundamente arraigados”.

Hace una semana, en Reforma¸ Jesús Silva-Herzog Márquez propuso una interpretación distinta. El crecimiento del PRI durante los últimos años es, en su lectura, resultado de dos fenómenos: 1) el descrédito que acusa el PAN como partido en el poder y 2) la ubicación del PRI como el principal partido de oposición. Así, el motor que impulsa al PRI para regresar a la Presidencia no es una dramática nostalgia autoritaria sino un cálculo democrático elemental: querer castigar al partido que gobierna votando por su adversario más fuerte.

Bartra pone el énfasis en el daño que para el PAN ha implicado la “guerra” de Calderón; Silva-Herzog Márquez, en el hecho de que el PRI supo asumirse como oposición.

Pero hagamos cuentas. Según una encuesta de Mitofsky, en enero de 2006 la preferencia efectiva por el candidato del PAN era 31%; por el del PRD, 39%; y por el del PRI, 29%. (Como sabemos, el resultado final de la elección fue PAN 36%, PRD 35% y PRI 22%). Hoy, según otra encuesta de Mitofsky, en enero de 2012 la preferencia efectiva por la precandidata más competitiva del PAN es 28%; por el precandidato del PRD, 22%; y por el precandidato del PRI, 50%.

Lo primero que indican esas cifras es que para el PAN el costo electoral de la “guerra” ha sido mínimo: apenas 3 puntos porcentuales menos si comparamos preferencias efectivas en enero del 2006 y en enero del 2012. Más de cincuenta mil muertos después de que la toma de posesión de Calderón, el PAN arranca su campaña presidencial 10% debajo de donde arrancó hace seis años.

Lo segundo es que para el PRD el costo electoral de la estrategia lopezobradorista ha sido mayúsculo: la friolera de 17 puntos porcentuales menos si comparamos, otra vez, enero del 2006 y enero del 2012. Una presidencia “legítima” después de perder la constitucional, el PRD arranca su campaña presidencial 44% debajo de donde arrancó hace seis años.

El PRI, sin ofrecer “nada interesante, nada nuevo, nada imaginativo” (Bartra) ni haber “hecho una crítica pública de su pasado” (Silva-Herzog Márquez), tiene hoy 21 puntos porcentuales más de preferencia efectiva que en enero del 2006. Una “guerra” y una presidencia “legítima” después de haberse rezagado hasta el tercer lugar, el PRI arranca su campaña presidencial 72% arriba de donde arrancó hace seis años.

Las cifras hacen evidente, con todo, que el grueso de la delantera con que el PRI llega al 2012 no tiene que ver con el desgaste del PAN como gobierno (i.e., 3%). Tiene que ver, más bien, con el colapso del PRD como oposición (i.e., 17 %). La amplia ventaja que disfruta Enrique Peña Nieto hoy (i.e., 22%) le debe más, mucho más, a Andrés Manuel López Obrador que a Felipe Calderón.
    
-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 6 de febrero de 2012

lunes, 23 de enero de 2012

De gritones y aguafiestas

Durante las últimas semanas, siguiendo el despuntar de las campañas presidenciales en Estados Unidos, he topado con dos figuras extremas: los gritones y los aguafiestas. Los primeros se toman las elecciones demasiado en serio, como si les fuera la vida en ellas. Los segundos apenas les prestan atención, como si no hicieran prácticamente diferencia. El hábitat natural de los gritones son los medios; el de los aguafiestas, la academia. 

Los gritones suelen concebir el proceso electoral en clave de parteaguas, no como un episodio con sus complejidades y matices sino como una auténtica señal del génesis o el apocalipsis. En su registro, la elección representa un momento crucial, una disyuntiva ineludible, una especie de cita urgente con la posteridad. Los aguafiestas, en cambio, suelen observar el proceso electoral en clave de rutina, no como el acto fundamental de la soberanía democrática sino apenas como otra revisión periódica del pulso ciudadano. En su registro, las elecciones son poco más que una encuesta pero con resultados vinculantes.

Los gritones viven la elección con la intensidad de las campañas, al apremiante son de la coyuntura y el ciclo mediático. Los aguafiestas estudian la elección por sus consecuencias en términos de políticas públicas, al moroso compás de la experiencia y el conocimiento acumulados. Para los primeros, el sentido de la elección se define en la furiosa llamarada del presente; para los segundos, se mide en el fuego lento de la historia.

Hace algún tiempo Christopher Beam publicó en Slate una parodia de ambos estilos, redactando una noticia como lo hacen los gritones y, acto seguido, insertando un enunciado típico de los aguafiestas. Traduzco y ajusto libremente un par de párrafos:

“Obama ha enfrentado multitud de retos difíciles en su presidencia […] Aunque la narrativa sobre esos retos afecte las fugaces percepciones del público, en última instancia los electores juzgarán a Obama según el desempleo y la economía”.

“La intención de voto por los demócratas entre los electores independientes va en franco desplome. Esa frase, por cierto, no significa nada: los electores podrán auto-identificarse como ‘independientes’ pero en casi todos los casos se inclinan por uno u otro partido”.

“En su elección interna, los republicanos tendrán que optar entre un candidato moderado de la cúpula o uno más conservador que represente a las bases. La realidad, sin embargo, es que cualquiera de esos dos candidatos propondrá las mismas políticas en la elección general”. 

“Quien quiera que sea el abanderado republicano tendrá que enfrentarse con Obama, cuyo carisma, historia personal y capacidad de operación política siguen siendo formidables. Pero Obama probablemente ganará por el simple hecho de ser el Presidente en turno y porque los electores siempre votan por el candidato más alto”.

Me quedo con la impresión, al ver despuntar las campañas presidenciales en México, de que quizás acá nos sobran gritones y nos faltan aguafiestas.

-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 23 de enero de 2012

lunes, 9 de enero de 2012

Estado de derechismo II

En la última entrega del año pasado interpreté un par de caricaturas de Paco Calderón (una sobre el papel de los defensores de Derechos Humanos en la “guerra” contra el crimen organizado, otra sobre el asesinato de dos estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa durante una manifestación de protesta) como síntomas de un fenómeno cultural que propuse llamar “estado de derechismo”: una visión que asume la legalidad menos como un valor para crear ciudadanía que como un instrumento punitivo de clase.

Hoy reincido en el tema para tratar de ahondar en su significado y, sobre todo, de ampliar el inventario de sus manifestaciones.

Y es que con “estado de derechismo” quisiera referirme no sólo a casos extremos como los abusos cometidos por las fuerzas de seguridad o la criminalización del activismo o la protesta, sino también a otros casos aparentemente soterrados o no tan explícitos que, sin embargo, están muy presentes en nuestra vida pública y que expresan esa misma concepción de la ley no como un patrimonio común de derechos y obligaciones que nos igualan sino como un recurso privilegiado que perpetúa las desigualdades que nos diferencian.

Pienso, por ejemplo, en el contraste entre la imagen de los comerciantes ambulantes como una abominable mafia que se apropia ilegalmente de “nuestras” calles y la imagen de las asociaciones vecinales que cierran el tránsito en “sus” colonias como modelos de sociedad civil organizada.

O pienso en quienes insisten, por un lado,  en la necesidad de “flexibilizar” los derechos laborales para hacer más competitiva la economía mexicana pero, por el otro, ni siquiera consideran la posibilidad de hacer lo mismo con los derechos de propiedad de quienes incurren en prácticas monopólicas.

O pienso en que en una sociedad con nuestros niveles de desigualdad la queja mediática más socorrida es que los mexicanos “pagamos demasiados impuestos” (aunque en términos comparativos nuestra recaudación tributaria sea de las más bajas) y no que la mayor parte del gasto público es, de hecho, regresiva (i.e., se concentra en la población de mayores ingresos).

O pienso, por último, en lo que implican el crecimiento constante de la población penitenciaria, la exigencia de penas más severas o incluso de reinstaurar la pena de muerte cuando sabemos que nuestro sistema de impartición de justicia suele encarcelar no a los criminales más peligrosos o que causan mayor daño sino a quienes no tienen recursos para pagarse una defensa adecuada o para sobornar a las autoridades.

He ahí, pues, otros rostros no tan evidentes pero no por ello menos inquietantes del estado de derechismo. De ese querer mano invisible en la economía pero mano dura en la cuestión social.

-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 9 de enero de 2012

lunes, 26 de diciembre de 2011

Estado de derechismo

Tengo frente a mí dos caricaturas de Paco Calderón recientemente publicadas en Reforma. La primera (http://j.mp/vLRLJ6), a propósito del informe “Ni seguridad, ni derechos: ejecuciones, desapariciones y tortura en la ‘guerra contra el narcotráfico’ de México” de Human Rights Watch, propone que los defensores de los derechos humanos protegen a los narcotraficantes. La segunda (http://bit.ly/rGfZog), con motivo del asesinato de dos estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa durante una manifestación, presenta a los muertos como un gracioso regalo navideño de la policía para los “mitoteros”.

Detengámonos en ambas caricaturas por un momento. Preguntémonos: ¿qué quieren decir?, ¿en qué contexto?, ¿a qué tratan de apelar? Nótense detalles como el color de la piel de cada uno de los personajes, su ropa, su lenguaje corporal, los símbolos con que el caricaturista escoge dotarlos de identidad. Nótese, también, que se publican cuando el hostigamiento y las agresiones contra defensores de derechos humanos e integrantes de movimientos sociales registran un franco recrudecimiento —véanse, por ejemplo, el informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (http://bit.ly/vBQEfu), la declaración de la Delegación de la Unión Europea en México (http://bit.ly/uPQc9S), el estudio de Pablo Romo Cedano (http://bit.ly/sIF649) o los boletines compilados por el Centro Nacional de Comunicación Social (http://bit.ly/stdjwu) al respecto. Y nótese, finalmente, que ninguna de las imágenes cuestiona la responsabilidad de las autoridades ni en la violación de los derechos humanos ni en el uso excesivo de la fuerza contra la población civil.

No me interesa el caricaturista como autor. Me interesan, más bien, sus caricaturas como síntoma, como expresión de un fenómeno que propondría denominar “estado de derechismo”: una manera de interpretar la realidad en la que se conjugan una creciente ansiedad de clase con una idea ávidamente punitiva de la legalidad; una forma de representar el conflicto en la que la función de la ley es solamente mantener el orden y repartir castigos (e.g., multas, toletazos, cárcel, balazos), no promover la participación ni garantizar derechos (e.g., al debido proceso, a la información, a la presunción de inocencia, a la libre manifestación); una mirada en la que cualquier tipo de interpelación, denuncia o crítica al poder, de activismo, movilización o protesta social, es susceptible de ser deslegitimado como un acto de provocación, de rebeldía o, incluso, de complicidad con el crimen.

No se trata de un fenómeno marginal ni pasajero. El estado de derechismo es, hoy, el producto cultural más acabado y más exitoso del sexenio que termina.


-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 26 de diciembre de 2011