lunes 9 de noviembre de 2009

Modernidad, modernidad

Hay una figura retórica, bastante común en nuestra conversación pública, que consiste en explicar las dificultades del presente como resabios de una época anterior que no se resigna, digamos, a sucumbir. Es un recurso del que se echa mano para expresar inconformidad con algún aspecto del estado de cosas que no responde a nuestros deseos o expectativas, una manera de decir la frustración que nos provoca el hecho de que el país insista en no ser como quisiéramos que fuera.

Se trata de una forma de interpretar la realidad típicamente moderna: optimista, muy segura de sí misma, ostentosamente convencida de que hace falta rehacerlo todo conforme a los dictados de su razón. Una mirada para la que México siempre ha sido un lugar sin mucho oficio ni beneficio, un vasto depósito de atavismos, herencias e inercias de los que hay que desprenderse para levantar el vuelo hacia la tierra prometida de la modernidad, es decir, al futuro.

Esa ha sido, en cierto sentido, nuestra historia. De los Austrias a los Borbones, de la independencia al Porfiriato, del nacionalismo revolucionario al neoliberalismo, de la transición al desencanto con la democracia, el verbo se repite una y otra vez: reformar, reformar y reformar.

Leo la prensa de los últimos meses y me encuentro, aquí y allá, con nuevos brotes de ese viejo voluntarismo, con abundantes diagnósticos sobre lo que haría falta cambiar para ser, ahora sí, “verdaderamente” modernos. En algunos casos el fardo son los partidos y la clase política; en otros, una sociedad sin cultura cívica; en algunos, la oligarquía empresarial y sus privilegios; en otros, las empresas paraestatales y sus sindicatos; en algunos, que los impuestos son demasiados; en otros, que los impuestos no son suficientes; en algunos, que las reglas que tenemos ya no sirven; en otros, que las reglas nunca se hacen respetar; etcétera.

No pongo en duda la existencia ni la gravedad de nuestros problemas. Me pregunto, más bien, si esa esquizofrenia reformadora no será, de hecho, síntoma de que ya accedimos a la modernidad. O de que siempre hemos habitado en ella. O de que queremos “los beneficios de la modernidad pero no la modernidad misma” (Edmundo O’Gorman). O de que la nuestra ha sido más bien una desmodernidad, “una aniquilación de tensiones por exceso de modernidad” (Roger Bartra).

No lo sé. Pero si tuviera que tomar partido, me quedaría con lo que dijo Henri Meschonnic: que la modernidad es una obra de teatro cuya trama consiste en no tener fin, una batalla que siempre está comenzando de nuevo, un eterno volver a empezar.

-- Carlos Bravo Regidor
(
La Razón, Lunes 9 de Noviembre de 2009)

lunes 2 de noviembre de 2009

Seriedad parlamentaria

Hay algo inquietante en el perfil que adquirió la discusión sobre la ley de ingresos para el próximo año, en la impresión general que dejan las negociaciones.

Está, en principio, el hecho de que ninguna de las partes involucradas en el proceso legislativo supo articular una propuesta puntual para hacerse cargo de la contracción en la actividad económica. Que a pesar de una caída del PIB estimada entre el 7 y el 8%, una tasa de desempleo que se calcula alrededor del 6.4% y una de subempleo que ronda el 9%, el grueso de los desacuerdos se concentró en cómo tapar el “boquete” en las finanzas públicas, es decir, en responder como si el problema fuera sólo fiscal.

Pero está, además, la absoluta falta de argumentos, la nula necesidad que tuvieron los partidos políticos de siquiera pretender que estaban considerando algún criterio de equidad o eficiencia recaudatoria. Que no hubo, pues, ningún esfuerzo de deliberación pública, de salir a explicar los pros y contras de las alternativas disponibles o las razones para votar de una u otra manera, sino apenas un duelo de declaraciones destinadas a achacarle los “costos” al adversario.

Todo lo cual, a fin de cuentas, nos regaló perlas de seriedad parlamentaria como “debemos actuar responsablemente […] hoy, aquí, nuestra fracción ha dado muestras de que anteponemos nuestros intereses partidarios por el bienestar del país” (diputado Francisco Rojas); “el PAN es el que está en el gobierno, y el paquete es del gobierno […] no es el paquete del PRI. Que lo defiendan, que lo voten, etcétera. No es responsabilidad nuestra, salvo en lo que estamos en contra” (senador Carlos Jiménez Macías); “nosotros no medimos lo que hacemos en función de costos y menos de costos políticos. Medimos lo que hacemos en función del beneficio del país” (diputado Francisco Rojas); “el gobierno tiene que tener claro que gobernar implica costos y los deben de asumir, y no tienen por qué buscar que los asuman otros” (senador Carlos Jiménez Macías); “la cerrazón y la negativa de la mayoría del PRI a la propuesta de Calderón no dejó otra alternativa, la cual es insuficiente e incompleta” (diputado César Nava); “las diferencias que pudiésemos tener con el PRI no valían para interrumpir la aprobación del paquete fiscal. El país es más importante” (senador Santiago Creel); “¿por qué no suben a la tribuna a responderme si son tan hombrecitos?” (diputado Gerardo Fernández Noroña); “lo suyo no fue una abstención, fue una aprobación maricona” (senadora Beatriz Zavala); “es como cuando alguien tiene una amante: se quieren, hacen cosas juntos, pero las tienen que hacer a escondidas” (senador Federico Döring).

Así razonan nuestros legisladores ante la crisis económica: que la recesión se arregle sola, somos muy machos, la culpa es de los otros, es por el bien de la patria.

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 2 de Noviembre de 2009)

lunes 26 de octubre de 2009

"Latino in America"

La cadena CNN trasmitió, la semana pasada, un programa especial sobre la situación de la comunidad hispana en Estados Unidos: “Latino in America”.

El formato del programa se mantuvo, de principio a fin, fiel a la tradición norteamericana del periodismo narrativo. Un periodismo que busca ir más allá del rigor de los datos o las cifras, que no se conforma con reproducir las opiniones de los expertos, que contrasta con la premura y la despersonalización que imponen los vértigos del ciclo mediático para, en cambio, concentrarse en la experiencia cotidiana de las personas, en la trama menuda pero significativa de sus rutinas, sus esperanzas, sus frustraciones.

El resultado fue un mosaico de historias que supo reflejar, con gran empatía, la diversidad que existe al interior de la comunidad hispana: una exitosa chef venezolana en Miami; una pareja dominicana en Charlotte cuyos hijos, ciudadanos norteamericanos, ya no quieren identificarse a sí mismos como “latinos”; una adolescente de origen guatemalteco en Los Ángeles que, por falta de apoyo familiar y un embarazo no planeado, no logró graduarse a tiempo de high school; un actor Mexican-American que busca ampliar su repertorio con papeles que no sean de jardinero, inmigrante o delincuente; una niña que viajó sola desde Centroamérica para cruzar la frontera y tratar, sin éxito, de reencontrarse con su madre en Estados Unidos; un inmigrante mexicano asesinado brutalmente en el pequeño pueblo de Shenandoah, cuyos homicidas fueron castigados con sentencias mínimas; etc. Pero un mosaico que hizo evidente, también, los límites de la discusión sobre el tema en la propia CNN.

Y es que su barra de programación está el noticiero de uno de los líderes de opinión más hostiles contra la comunidad hispana, Lou Dobbs, célebre por difundir información falsa y dolosa contra los inmigrantes indocumentados (representándolos, por ejemplo, como leprosos, criminales o violadores) y por elogiar la labor “patriótica” de grupos vinculados con el supremacismo blanco. Nada de lo cual figuró en “Latino in America”.

Múltiples organizaciones comunitarias, promotoras de los derechos civiles y observatorios de medios se han congregado en una campaña, bastadobbs.com, para exigir a CNN que se haga cargo de la incongruencia: ¿quieren ser parte de la solución, promoviendo el entendimiento y la integración de la comunidad hispana, o parte del problema, dando espacio en su pantalla a un discurso de odio como el que promueve Dobbs?

El mercado de televidentes “latinos”, el de mayor crecimiento en los últimos años, está esperando su respuesta.

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, Lunes 26 de Octubre de 2009)

lunes 19 de octubre de 2009

1982 entre nosotros

Hay años que expresan épocas enteras. Que no siempre tienen la suerte (o la desgracia) de colarse en el calendario cívico, de convertirse en instrumentos para forjar patria, pero cuya influencia sobre el presente a veces es más palpable que la de aquellos cuyo aniversario conmemoramos con días de asueto, monumentos, desfiles, discursos o minutos de silencio.

1982 es, en la historia reciente de México, uno de esos años. No fue el último del milagro mexicano (que hizo agua desde fines de la década del sesenta) ni el primero de las privatizaciones (que arrancarían un par de años después), mas terminó convirtiéndose en el año emblemático de ese tránsito, digamos, entre el “desarrollo estabilizador” y el “neoliberalismo”.

Annus horribilis según cualquier indicador (PIB, tipo de cambio, inflación, deuda externa, desempleo, déficit público, precio del petróleo, etc.), quizás la imagen que mejor lo representa es la del presidente López Portillo en su último informe de gobierno: furioso, desesperado, patético, advirtiendo “no vengo a vender paraísos perdidos”, decretando la nacionalización de la banca porque “ya nos saquearon, no nos volverán a saquear” y pidiendo perdón, con lágrimas en los ojos y dando un puñetazo sobre el pódium, “a los desposeídos y marginados […] por no haber acertado a hacerlo mejor”.

Fue el año cero de la crisis, término que desde entonces empezó a significar no sólo una coyuntura difícil, una fase de inestabilidad económica, una encrucijada entre la recuperación o el colapso sino además, como lo ha explicado Claudio Lomnitz, “un grave obstáculo para la producción de imágenes creíbles sobre un futuro deseable”. Y eso que, en ese momento, todavía no sabíamos lo que nos depararía el sexenio del presidente Salinas.

Con todo, en los últimos años nos hemos empeñado en interpretar el desencanto ciudadano en clave democrática, como si fuera resultado del encuentro entre las abultadas expectativas que generó la alternancia en el poder y los resultados, más bien modestos, que ha reportado. Seguramente hay algo de eso en la antipatía que inspira hoy, como conjunto, la clase política.

Puede ser, sin embargo, que ese desencanto tenga que ver también con el legado de 1982. Que nuestra imposibilidad para imaginar el porvenir sea, pues, previa a la “transición”. Menos la consecuencia de una alternancia decepcionante que de una falta de credibilidad incubada, durante las últimas tres décadas, en la progresiva erosión de lo público, es decir, de la capacidad de habitar y darle sentido a un mundo en común. A que vivimos, desde hace más tiempo del que parecemos dispuestos a reconocer, en el país del sálvese quien pueda.

-- Carlos Bravo Regidor
(
La Razón, Lunes 19 de Octubre de 2009)

lunes 12 de octubre de 2009

25 años de La Jornada

Hubo un tiempo, no hace tanto, en que La Jornada era un periódico joven. Que ofrecía información fresca, diferente; que procuraba reflexiones originales, análisis precisos y punzantes; que brindaba una visión propositiva del país.

Fundada en 1984, supo convertirse en el espacio de encuentro para corrientes de opinión muy críticas: con el programa de ajuste económico que se puso en marcha luego de la crisis del 82; con el abandono de la política de masas del régimen de la Revolución Mexicana; con una cultura nacional que hacia las de coartada para todo tipo de abusos, intolerancias y atrasos.

El suyo nunca fue un periodismo imparcial, que pretendiera comunicar los hechos con distancia y sin tomar partido, sino un periodismo comprometido, explícitamente de izquierda. Era, pues, un periódico con proyecto: social, democrático, contestatario.

En sus páginas pioneras, a un tiempo militantes y desparpajadas, se consolidaron voces como el Por mi madre bohemios de Carlos Monsiváis, la Plaza pública de Miguel Ángel Granados Chapa, La ciencia en la calle de Luis González de Alba; la escuela de fotoperiodismo que fueron Pedro Valtierra, Rogelio Cuéllar y Frida Hartz; suplementos como las Histerietas de Jis y Trino, La Jornada Semanal de Roger Bartra o Juan Villoro, etc. Grandes artesanos de cuyos oficios renovadores ya no queda, en La Jornada de hoy, ni el polvo.

Iba que volaba para ser el periódico de la transición pero en algún momento (¿1994, 1997, 2000?) perdió la vitalidad, el ingenio, los talentos que lo habían caracterizado.

Así, mientras el país se abría a nuevas incertidumbres La Jornada se fue encerrando en sus viejas certezas hasta volverse eso que es hoy: un periódico sectario, amargo, sin matices ni complejidad, adicto a cargar las tintas y a encuadrarlo casi todo conforme a la lógica de una teoría de la conspiración. Un periódico al que, aparentemente, no le ha quedado más que compensar por las luces que ha perdido con una cada vez más inflamada combatividad.

La semana pasada, por ejemplo, informaba sobre el conflicto en Luz y Fuerza del Centro resumiendo: “Lozano Alarcón se lanza con todo y descabeza al SME”. En la Rayuela, esta ponderación: “Frente a la planta de luz rueda la cabeza con un mensaje garrapateado sobre una hoja: Para que aprendan a respetar”. Ayer mismo, su nota principal era “El gobierno asalta instalaciones de LFC, ordena su extinción”. Y en la Rayuela: “Parte de guerra: las armas nacionales se vistieron de gloria. Tropas al mando del general sin estrellas arremetieron contra trabajadores desarmados”.

Reviso ejemplares viejos de La Jornada y me convenzo de que estaba destinada a convertirse en El País mexicano. Leo los ejemplares de estos días y veo, ay, que terminó siendo el Alarma de la izquierda.

-- Carlos Bravo Regidor
(
La Razón, Lunes 12 de Octubre de 2009)

lunes 5 de octubre de 2009

Recortes a la cultura

Recibo un correo electrónico, de una persona que no conozco, invitándome a una “movilización contra recortes a la cultura”. El 2 de octubre, a las 15:30 horas, frente al Palacio de Bellas Artes. La sintaxis, aparentemente, ha sido la primera víctima de los recortes: “ante la crisis económica y social por la que atraviesa México los presupuestos a educación y cultura deben aumentarse, más que nunca el país requiere de apoyarse en estos sectores como la ÚNICA vía pacífica mediante la cual se evitará que el resquebrajamiento de la nación en oleadas de descontento y violencia”.

El mensaje, sin embargo, tiene su interés. No porque sea original (más o menos en esa misma tesitura se han expresado, para llevar agua a su molino, el rector de la UNAM, la Conferencia del Episcopado Mexicano, la bancada perredista en el Senado, el Consejo Coordinador Empresarial y la Confederación Nacional de Organizaciones Populares) sino por lo sintomático que resulta como forma de articular una demanda, de apelar a un repertorio simbólico.

Primero se advierte que hay dificultades, se menciona el presupuesto, se hace alusión a una violencia inevitable en caso de no darles lo que piden al “Frente en Defensa del Arte y la Cultura” y demás abajofirmantes. El lenguaje no podría ser más transparente, más afín al de una extorsión. Más teatro, más museos, más música… o, ya sabemos, ahí viene el 2010.

Luego sigue la referencia de rigor a la Constitución. La amenaza de ruptura elevada, entonces, a rango de garantía individual. Porque la movilización, dice el texto con toda solemnidad burocrática, se fundamenta en “la defensa de nuestro derecho a la cultura consagrado en la fracción novena del artículo cuarto constitucional”.

Y finalmente, para completar el cuadro, está el toque de legitimidad histórica que ofrece una vaga evocación de Tlatelolco, la fantasía parasitaria de que la lucha de entonces y la de ahora son la misma: “hoy como hace 41 años es indispensable salir a la calle a la defensa de las libertades democráticas”.

Estos son, en suma, los términos en que se plantea la demanda: ¡más presupuesto o no respondo chipote con sangre fracción novena del artículo cuarto el pueblo unido jamás será vencido!

Con todo, no deja de haber algo involuntariamente conmovedor, triste, en este asunto. Porque más allá del amago chantajista y de la hueca retórica sesentayochera hay gente que perderá su trabajo, proyectos que quedarán inconclusos, públicos ávidos de oferta cultural. Todo lo cual merecería una formulación menos arcaica, propuestas serias, liderazgos más creativos. Otra cultura de la cultura.

-- Carlos Bravo Regidor
(
La Razón, Lunes 5 de Octubre)

lunes 28 de septiembre de 2009

Historia, ¿para qué?

Hace casi treinta años se publicó Historia, ¿para qué?, una colección de ensayos sobre el significado de la reflexión histórica en México luego de la matanza de Tlatelolco. No era una lección de revisionismo light ni una insulsa diatriba contra la “historia oficial”, como las que proliferan ahora, sino una apremiante meditación en torno a la legitimidad y la utilidad del pasado tras ese quiebre cultural en el que supo convertirse el 2 de octubre.

Casi todos habitantes paradigmáticos del flanco izquierdo de la generación del 68 (el casi son Luis Villoro, Luis González y José Joaquín Blanco), sus autores procuraban reivindicar una idea de la historia abiertamente politizada, militante, comprometida con un programa de transformación social. 

Y es que convencidos como estaban de que “en todo tiempo y lugar la recuperación del pasado, antes que científica, ha sido primordialmente política” (Enrique Florescano), les parecía “cada vez más insostenible la pretensión de desvincular la historia en la que se participa y se toma posición de la historia que se investiga y se escribe” (Carlos Pereyra). 

Querían, pues, una historia crítica que ejerciera de contrapeso al “discurso del poder” (Adolfo Gilly); una historia abocada a desenmascarar la Revolución Mexicana como nuestra “mayor hazaña ideológica […] la gran cortina de humo que ha ocultado, justificado, impugnado, enrarecido la percepción y la práctica del asunto fundamental: el desarrollo del capitalismo mexicano” (Héctor Aguilar Camín); una historia que le devolviera al presente un sentido de trascendencia, que fungiera como un  saber que “nos cohesiona y, de algún modo, nos instala en el porvenir” (Carlos Monsiváis). 

Mucha agua ha corrido, desde entonces, bajo el puente de aquel desafío. El país es otro pero no en el sentido que ellos, en aquel entonces, imaginaban. ¡Cuánta razón llevaba el viejo Marx en aquello de que los hombres hacen su propia historia pero no conforme a su propia voluntad! 

En la víspera de los centenarios, sin embargo, volver a Historia, ¿para qué? resulta un ejercicio a un tiempo anticuado e inquietante. 

Anticuado porque la de la historia ya no es, ya no puede ser, una sola voz, una misma visión, un único destino. Hoy la historia es, tiene que ser, varias voces, diversas visiones, muchos Méxicos. No la madre de un gran proyecto nacional sino la hija de una multitud de presentes más o menos democráticos. 

Inquietante porque esa pluralidad de presentes que somos hoy no inspira ni la ambición intelectual ni el apetito de futuro que le sobraban, hace treinta años, a ese proyecto que fue Historia, ¿para qué?

--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 28 de Septiembre de 2007)

lunes 21 de septiembre de 2009

Normalidad democrática

El paquete económico para 2010 presentado por el gobierno federal obedece, básicamente, a dos prioridades: a) la necesidad de cubrir el “boquete fiscal” (370 mil millones de pesos) que han dejado la recesión y la caída en la producción de petróleo; y b) el imperativo de mitigar los efectos de la recesión entre la población con menores ingresos.   

Para lo primero propone una combinación de más impuestos, algunos recortes, ajustes y un modesto aumento de la deuda. Para lo segundo, destinar más recursos para el combate a la pobreza.   

La oposición ha respondido, en términos generales, conforme a tres lógicas: 1) enojo por los excesos e ineficiencia en el manejo de los recursos públicos; 2) exigencia de contrarrestar los efectos de la recesión y reactivar la actividad económica; y 3) reclamo de aprovechar la oportunidad para adoptar otro modelo de desarrollo.   

La primera lógica demanda más austeridad, disminuir el gasto corriente, reducir sueldos y personal. La segunda pide expandir el gasto público, elevar la inversión, fomentar la generación de empleos. Y la tercera convoca a dotar al Estado de más instrumentos para intervenir en la economía y procurar una mayor redistribución de la riqueza.   

La propuesta del gobierno enfatiza la gravedad de la coyuntura y la debilidad de las finanzas públicas. En su visión imperan las dificultades, las restricciones, los compromisos financieros.     

La oposición enfatiza, en cambio, lo inadecuado o incompleto de las medidas propuestas y su falta de ambición. En su visión imperan las convicciones, la insatisfacción, las expectativas.   

El punto débil del gobierno ha sido no plantear la modificación de los llamados regímenes especiales (exenciones, deducciones, subsidios fiscales, tasas cero, etc.) y por los cuales este año se dejarán de percibir, según cifras del propio secretario de Hacienda, 465 mil millones de pesos (1.3 veces el monto del “boquete fiscal”).   

El punto débil de la oposición ha sido insistir en la alternativa del déficit para impulsar una política contracíclica, pues difícilmente los mercados ofrecerán créditos a tasas accesibles para financiarle una caída permanente de la producción petrolera a un país con una estructura fiscal tan endeble como México.           

Desde la perspectiva de la oposición parece que al gobierno le faltan decisión y audacia. Desde la perspectiva del gobierno parece que a la oposición le falta hacerse cargo de los costos y las consecuencias.   

En esas estamos: entre un gobierno sin margen de maniobra y una oposición sin responsabilidad.      

Ese es, hoy, el rostro de nuestra normalidad democrática.


--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 21 de Septiembre de 2009)

lunes 14 de septiembre de 2009

Voltaire, Tutino y el 2010

Decía Voltaire que la superstición es a la religión lo que la astrología a la astronomía: la hija idiota de una madre sabia. Advertía, sin embargo, que esas dos hijas proliferan en tiempos de confusión igual que en tiempos de carencia proliferan los falsificadores de billetes.           

Casi lo mismo hubiera podido escribir hoy, en la víspera de los centenarios, sobre esos augurios de “estallido social” que empiezan a abundar en nuestra conversación pública. Si en 1810 fue la independencia y en 1910 la revolución, en 2010… ¡Alarma!           

Con todo, más allá de la superchería cabalística, de la franca insidia o el mero sensacionalismo, la preocupación por los ciclos históricos y las crisis seculares en la historia de México ha producido algunas investigaciones muy instructivas. Quizás la más importante es la de John Tutino, De la Insurrección a la Revolución en México, un magnífico libro que explica la dinámica de la violencia agraria, desde fines del virreinato hasta el cardenismo, en función de dos factores: uno, los agravios que se gestan entre las clases campesinas por el deterioro en sus condiciones de vida y, dos, las oportunidades estratégicas para el levantamiento armado que ofrecen la debilidad o fragmentación de las élites en el poder.           

Hace un par de años, en un artículo sobre la posibilidad de nuevos levantamientos rurales (en el libro coordinado por Elisa Servín y Leticia Reina, Crisis, Reforma y Revolución), Tutino agregó un tercer factor a su modelo: las capacidades subversivas de los núcleos agrarios, es decir, el grado de liderazgo, organización, visión y sustento material necesarios para desafiar el orden establecido. Su argumento es que luego del último momento revolucionario (1910-1940) el campo mexicano experimentó un proceso de transformación muy profundo, inédito, cuyo resultado fue la erosión permanente de sus capacidades subversivas. Tal vez surjan otras formas de protesta o rebeldía, concluye Tutino, pero la era de las revoluciones tal y como las conocimos en los últimos dos siglos ha llegado a su fin.

Para algunos será una conclusión acertada o tranquilizadora; para otros, incorrecta o triste. En cualquier caso, se trata de un planteamiento bien fundamentado, riguroso, serio, con el que tendrían que habérselas quienes auguran, como si nada hubiera cambiado en los últimos veinte o cincuenta o cien o doscientos años, un 2010 puntual e irremediablemente revolucionario. 

De lo contrario sabremos, a la Voltaire, que lo suyo es falsificar el futuro para lucrar en tiempos de incertidumbre, que sus profecías no son más que hijas idiotas de esa madre sabia que es la historia.    

-- Carlos Bravo Regidor 
(La Razón, Lunes 14 de Septiembre, 2009) 

lunes 7 de septiembre de 2009

Estampas mexicanas desde Chicago

1. Talentosa periodista y escritora, con muchas horas de vuelo en temas mexicanos, viene a la Universidad de Chicago a dar una charla.          

Con profunda desazón, repasa la actualidad de un país roto, recuerda las promesas de nuestro viejo nacionalismo, contrasta el México lindo y querido de Chucho Monge con el de Gimme tha power de Molotov. Lamenta, sobre todo, que la identidad nacional se nos haya vuelto sinónimo de derrota. Al terminar su exposición, arranca un nutrido intercambio de preguntas y comentarios. En el público, todos estudiantes, hay dos Méxicos: el de México y el de Estados Unidos. Los mexicanos de México confirman el diagnóstico, asienten entre furiosos y alicaídos, comparten su testimonio del desaliento. Los mexicanos de Estados Unidos discrepan, fruncen el ceño, no se reconocen en ese abatimiento. Una joven, hija de inmigrantes indocumentados, hace entonces una recia y conmovedora defensa de lo que para ella significa ser Mexican. Tras su intervención se hace un vasto, irrefutable silencio. Una voz concluye, lacónica, nombrando la ironía que ha quedado al descubierto: “quizás ocurre que hoy sólo se puede ser orgullosamente mexicano aquí, en Estados Unidos”.        

2. Conferencia sobre “consolidación de la democracia en México”. Asiste lo más granado de la academia, la política y los medios mexicanos. Entre el público están los estudiantes de siempre, algunos funcionarios del consulado y un considerable contingente de líderes y compañeros de organizaciones comunitarias de los barrios mexicanos de Chicago.        

Comienza la discusión: reformas, instituciones, Congreso… Cada tanto hay una pausa para que la amable concurrencia participe. Y cada tanto la concurrencia, en voz de los líderes y compañeros, insiste en la misma pregunta: “¿y los inmigrantes?” Los conferencistas le sacan el bulto, dicen cualquier cosa, alguno arroja un par de cifras sobre las remesas y cambia de tema. A otro se le prende el foco y comienza a hablar del voto de los mexicanos en el extranjero. La concurrencia tiene la amabilidad de abuchearlo. El ambiente se crispa. 

De pronto, un mexicano que estudia business (el mismo que cuando vino Salinas de Gortari le dijo que era su “fan número uno”) le arrebata el micrófono a un modesto compatriota que empezaba a preguntar, otra vez, sobre los inmigrantes. Le espeta algo que no alcanzo a escuchar pero con un gesto muy agresivo que lo dice todo. Un profesor, visiblemente molesto, le exige que le devuelva el micrófono al señor y lo deje hablar. El compatriota hace entonces una pregunta de ocho minutos que nadie tiene la amabilidad de entender, pero cuando termina todos le aplaudimos.            

3. Leyenda en la camiseta de un estudiante Mexican-American: “Nosotros no cruzamos la frontera. La frontera nos cruzó a nosotros”.           

--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 7 de Septiembre, 2009)