Hace un mes, tras la primera vuelta en la elección presidencial chilena, Jorge Edwards publicó en El País una crítica de la campaña concertacionista: de su empeño infantil en “satanizar” a la derecha; de su “tendencia a creerse dueños del llamado progresismo, a arroparse en las banderas del pensamiento políticamente correcto”; de su abuso del término izquierda como “palabra mágica, una especie de escudo moral y mental”. Edwards remataba confesando que, por primera vez en su vida (tiene 78 años), votaría por la derecha. “Lo hago a conciencia, después de meditarlo bien y sin la menor hipocresía. Siempre he tenido un sentimiento de izquierda, pero el rótulo de izquierdista, el letrero, la aureola santurrona, no me interesan para nada”.
No sé qué tan justas sean las apreciaciones de Edwards con respecto a la candidatura de Frei, pero encuentro en su reflexión una veta muy a propósito de cierta retórica que desde hace tiempo abunda en la conversación pública mexicana. Me refiero a esa retórica que opone, como si se tratara de dos extremos ontológicos, de dos polos contrarios e incompatibles, a los políticos y a los ciudadanos. A los primeros los representa como la encarnación de todos los vicios; a los segundos, como un inagotable dechado de virtud.
Se trata de una retórica harto efectiva, que traduce el clásico antagonismo populista (pueblo auténtico vs. élites corrompidas) al lenguaje del desencanto democrático (ciudadanos vs. “partidocracia”) pero añadiéndole un curioso elemento de clase: la ciudadanía que celebra, antes que una condición de igualdad jurídica, es un emblema de estatus. No es una categoría de pertenencia a la comunidad política sino una forma de distinción social, una suerte de garantía de “calidad”.
Pienso, por ejemplo, en la campaña por el voto nulo durante las últimas elecciones. En los desplantes de superioridad moral que derrocharon sus más exaltados promotores; en el desprecio hacia quienes optaban por un partido que iba implícito en su cruzada; en los que incluso llegaron a insinuar que el electorado se dividía entre “voto ciudadano” (que era el voto nulo, el suyo) y “voto duro” (es decir el de los acarreados, la chusma política).
O pienso, también, en la ilusión con la que ahora se proponen las llamadas candidaturas independientes. En la fantasía de que basta con abrir un canal de participación al margen de los partidos para renovar la democracia; en la escasa probabilidad que tienen de ser candidaturas competitivas y en la todavía más escasa de que, si lo son, lo sean por su carácter “independiente”.
Entre su populismo para gente bien y su ingenuidad política, la retórica de esa santurronería ciudadana condena a quienes la cultivan, en el mejor de los casos, a la intrascendencia, o, en el peor, a hacer las veces de tontos útiles.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 1 de febrero de 2010)
domingo, 31 de enero de 2010
domingo, 24 de enero de 2010
De escopetazos y relojería
Decía Soledad Loaeza el jueves pasado, en La Jornada, que el proyecto de reforma política presentado por el presidente Calderón es como un “escopetazo”, es decir, como un disparo repentino y sin precisión.
Y es que la propuesta, efectivamente, no parece tener mucha coherencia. Abre la competencia política al permitir candidaturas por fuera de los partidos, pero la cierra al aumentar el umbral de votación mínima para acceder a la representación. Reduce el número de legisladores para “facilitar los mecanismos de negociación y concreción de acuerdos”, pero (1) promueve la reelección consecutiva, una medida que debilita la disciplina partidista y fragmenta la negociación, y (2) otorga a los ciudadanos el derecho, y a la Suprema Corte de Justicia la facultad, de presentar iniciativas de ley, con lo cual multiplica el número de jugadores en el proceso legislativo y convierte a la Corte en juez y parte del mismo.
En consecuencia, salvo por las disposiciones orientadas a fortalecer al Poder Ejecutivo (segunda vuelta, iniciativa preferente y veto parcial), es difícil encontrar la lógica, saber hacia dónde apunta, a qué le tira semejante escopetazo de enmiendas constitucionales.
Queda claro que se quieren hacer cambios, pero no si se entiende lo que se quiere cambiar ni cómo cambiarlo.
Porque a pesar del sentido de urgencia que ha imperado en buena parte de la discusión, y de la temeridad con la que se han emitido muchas opiniones al respecto, las constituciones son artefactos complejos que tienen sus propios ritmos y cuyo funcionamiento depende de multitud de factores circunstanciales y mecanismos internos engranados, de manera deliberada o fortuita, unos con otros. Así, como escribió María Amparo Casar en la revista Nexos de diciembre pasado, “cada reforma tiene un impacto distinto según el régimen en que se inscriba y el contexto en que se adopte. Sus efectos no son únicos ni automáticos. Varían al combinarse con el resto de los elementos de un sistema”. Para reformar las instituciones y conseguir los efectos deseados harían falta, pues, menos escopetazos y más labores de relojería.
Discutimos las reformas (electoral, fiscal, energética, laboral, del Estado, etc.) como si fueran un concurso de tiro al blanco en el que sólo se puede acertar de manera fulminante o fallar definitivamente, lo cual ha producido un ciclo muy perverso de inflación de expectativas y subsecuente decepción. Acaso convendría, esta vez, recuperar la dimensión tentativa, de ensayo y error, que caracteriza a la democracia realmente existente. Recordar que se trata de un experimento, de un régimen en el que no hay lugar para tiradores infalibles sino apenas un método para ir ajustando sobre la marcha, una y otra vez, nuestro reloj.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 25 de enero de 2010)
Y es que la propuesta, efectivamente, no parece tener mucha coherencia. Abre la competencia política al permitir candidaturas por fuera de los partidos, pero la cierra al aumentar el umbral de votación mínima para acceder a la representación. Reduce el número de legisladores para “facilitar los mecanismos de negociación y concreción de acuerdos”, pero (1) promueve la reelección consecutiva, una medida que debilita la disciplina partidista y fragmenta la negociación, y (2) otorga a los ciudadanos el derecho, y a la Suprema Corte de Justicia la facultad, de presentar iniciativas de ley, con lo cual multiplica el número de jugadores en el proceso legislativo y convierte a la Corte en juez y parte del mismo.
En consecuencia, salvo por las disposiciones orientadas a fortalecer al Poder Ejecutivo (segunda vuelta, iniciativa preferente y veto parcial), es difícil encontrar la lógica, saber hacia dónde apunta, a qué le tira semejante escopetazo de enmiendas constitucionales.
Queda claro que se quieren hacer cambios, pero no si se entiende lo que se quiere cambiar ni cómo cambiarlo.
Porque a pesar del sentido de urgencia que ha imperado en buena parte de la discusión, y de la temeridad con la que se han emitido muchas opiniones al respecto, las constituciones son artefactos complejos que tienen sus propios ritmos y cuyo funcionamiento depende de multitud de factores circunstanciales y mecanismos internos engranados, de manera deliberada o fortuita, unos con otros. Así, como escribió María Amparo Casar en la revista Nexos de diciembre pasado, “cada reforma tiene un impacto distinto según el régimen en que se inscriba y el contexto en que se adopte. Sus efectos no son únicos ni automáticos. Varían al combinarse con el resto de los elementos de un sistema”. Para reformar las instituciones y conseguir los efectos deseados harían falta, pues, menos escopetazos y más labores de relojería.
Discutimos las reformas (electoral, fiscal, energética, laboral, del Estado, etc.) como si fueran un concurso de tiro al blanco en el que sólo se puede acertar de manera fulminante o fallar definitivamente, lo cual ha producido un ciclo muy perverso de inflación de expectativas y subsecuente decepción. Acaso convendría, esta vez, recuperar la dimensión tentativa, de ensayo y error, que caracteriza a la democracia realmente existente. Recordar que se trata de un experimento, de un régimen en el que no hay lugar para tiradores infalibles sino apenas un método para ir ajustando sobre la marcha, una y otra vez, nuestro reloj.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 25 de enero de 2010)
lunes, 18 de enero de 2010
Nueva vieja izquierda
El 8 de marzo de 1994, tras el célebre discurso de Luis Donaldo Colosio en el monumento a la revolución, Humberto Musacchio (HM) escribió en Reforma: “El partido en el poder –veterano con 65 años de edad, numerosas cirugías, dos cambios de nombre y una notoria importancia para fecundar a la patria– aparece como vendedor de ilusiones […] Por repetidas experiencias, no puede evitarse la tentación de leer ese discurso como pieza demagógica, como un mero reciclaje de expectativas, proceso en el que el PRI tiene una luenga y reconocida capacidad”.
El 4 de julio del 2000, luego de que Francisco Labastida perdiera las elecciones presidenciales, HM escribió en Reforma: “Los votantes, en buena hora, decidieron defenestrar al PRI y llega a su fin no sólo la larga estancia de un partido en el poder, sino todo un régimen político que ya no servía para regular la convivencia de los mexicanos, no permitía superar contradicciones ni resolver los problemas sociales, que iban amontonándose en la contabilidad gubernamental sin que las partidas del haber compensaran las inmensas pérdidas de cada día”.
El 29 de agosto del 2000, a tres meses de que Ernesto Zedillo le entregara la banda presidencial a Vicente Fox, HM escribió en Reforma: “se avecinan los 100 días más largos en la historia del priísmo. Afortunadamente serán los últimos”.
El 22 de octubre de 2002, a propósito de la decepción que ya provocaba la gestión del Presidente Fox, HM escribió en Reforma: “En épocas de insatisfacción generalizada cobra corporeidad el falso recuerdo de una edad de oro. Siempre merodea, como fiera expulsada del paraíso, la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Por eso, un presente que no responde a las expectativas de cambio hace deseable el pretérito y suele convertirse en coartada sicológica para el retroceso”.
El 6 de septiembre de 2005, al dar cuenta del rompimiento entre Elba Esther Gordillo y Roberto Madrazo, HM escribió en Reforma: “Como rezaba el letrero a las puertas del infierno de Dante, el PRI bien podría colgar en la entrada de su edificio de Insurgentes aquello de ‘Dejad aquí toda esperanza…’. Sí, porque ese partido parece congénitamente impedido para cambiar”.
El 18 de septiembre de 2008, comentando el conflicto entre el Presidente Evo Morales y los prefectos de la Media Luna, HM escribió en Excélsior: “Lo cierto es que la democracia que siguió a la larga noche de las dictaduras sudamericanas no ha sido capaz de resolver los problemas de la gente común ni ha podido disminuir la pobreza de las mayorías […] Lo anterior prueba que la democracia representativa no es la vía para encauzar y resolver pacíficamente los conflictos sociales y dar respuesta a la pobreza, el analfabetismo, la insalubridad, la escasez de vivienda y otros problemas derivados de un pésimo reparto de la riqueza […] De poco sirve realizar elecciones si unos introducen recursos como los de la guerra sucia desplegados en México en 2006 o si la oligarquía pone sobre la mesa su dinero para comprar voluntades y desviar el voto, por no hablar de los infaltables fraudes […] Por eso, si se produce el golpe de Estado en Bolivia, cada latinoamericano muy bien podrá preguntarse para qué sirve la democracia y qué sentido tiene mantener esa simulación onerosa y carnavalesca que apuntala la desigualdad y la injusticia”.
En julio de 2009, cuando las encuestas ya indicaban que Enrique Peña Nieto era la figura con mayor intención de voto para la próxima elección presidencial, HM escribió en Examen (la revista publicada por el Comité Ejecutivo Nacional del PRI): “La renovación del país requiere de una conjunción de fuerzas variopintas, pero nadie puede descartar al viejo partido tricolor para encabezar los cambios que puedan sacar al país del hoyo profundo en que se encuentra”.
El 14 de enero de 2010, apenas la semana pasada, HM escribió en Excélsior: “el México posterior a 2000 poco tiene que ver con los años dorados del dominio priísta. Ya no hay legitimidad política, carecemos de movilidad social, se ahondan peligrosamente las diferencias en el reparto de la riqueza, la educación pública es un completo desastre, las instituciones de salud están en el abandono”.
El 10 de septiembre de 2009, celebrando la libertad de expresión, HM escribió en Excélsior: “Que cada quien se haga cargo de sus palabras”.
Pues eso, pero… ¿cuándo?
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 18 de enero de 2010)
El 4 de julio del 2000, luego de que Francisco Labastida perdiera las elecciones presidenciales, HM escribió en Reforma: “Los votantes, en buena hora, decidieron defenestrar al PRI y llega a su fin no sólo la larga estancia de un partido en el poder, sino todo un régimen político que ya no servía para regular la convivencia de los mexicanos, no permitía superar contradicciones ni resolver los problemas sociales, que iban amontonándose en la contabilidad gubernamental sin que las partidas del haber compensaran las inmensas pérdidas de cada día”.
El 29 de agosto del 2000, a tres meses de que Ernesto Zedillo le entregara la banda presidencial a Vicente Fox, HM escribió en Reforma: “se avecinan los 100 días más largos en la historia del priísmo. Afortunadamente serán los últimos”.
El 22 de octubre de 2002, a propósito de la decepción que ya provocaba la gestión del Presidente Fox, HM escribió en Reforma: “En épocas de insatisfacción generalizada cobra corporeidad el falso recuerdo de una edad de oro. Siempre merodea, como fiera expulsada del paraíso, la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Por eso, un presente que no responde a las expectativas de cambio hace deseable el pretérito y suele convertirse en coartada sicológica para el retroceso”.
El 6 de septiembre de 2005, al dar cuenta del rompimiento entre Elba Esther Gordillo y Roberto Madrazo, HM escribió en Reforma: “Como rezaba el letrero a las puertas del infierno de Dante, el PRI bien podría colgar en la entrada de su edificio de Insurgentes aquello de ‘Dejad aquí toda esperanza…’. Sí, porque ese partido parece congénitamente impedido para cambiar”.
El 18 de septiembre de 2008, comentando el conflicto entre el Presidente Evo Morales y los prefectos de la Media Luna, HM escribió en Excélsior: “Lo cierto es que la democracia que siguió a la larga noche de las dictaduras sudamericanas no ha sido capaz de resolver los problemas de la gente común ni ha podido disminuir la pobreza de las mayorías […] Lo anterior prueba que la democracia representativa no es la vía para encauzar y resolver pacíficamente los conflictos sociales y dar respuesta a la pobreza, el analfabetismo, la insalubridad, la escasez de vivienda y otros problemas derivados de un pésimo reparto de la riqueza […] De poco sirve realizar elecciones si unos introducen recursos como los de la guerra sucia desplegados en México en 2006 o si la oligarquía pone sobre la mesa su dinero para comprar voluntades y desviar el voto, por no hablar de los infaltables fraudes […] Por eso, si se produce el golpe de Estado en Bolivia, cada latinoamericano muy bien podrá preguntarse para qué sirve la democracia y qué sentido tiene mantener esa simulación onerosa y carnavalesca que apuntala la desigualdad y la injusticia”.
En julio de 2009, cuando las encuestas ya indicaban que Enrique Peña Nieto era la figura con mayor intención de voto para la próxima elección presidencial, HM escribió en Examen (la revista publicada por el Comité Ejecutivo Nacional del PRI): “La renovación del país requiere de una conjunción de fuerzas variopintas, pero nadie puede descartar al viejo partido tricolor para encabezar los cambios que puedan sacar al país del hoyo profundo en que se encuentra”.
El 14 de enero de 2010, apenas la semana pasada, HM escribió en Excélsior: “el México posterior a 2000 poco tiene que ver con los años dorados del dominio priísta. Ya no hay legitimidad política, carecemos de movilidad social, se ahondan peligrosamente las diferencias en el reparto de la riqueza, la educación pública es un completo desastre, las instituciones de salud están en el abandono”.
El 10 de septiembre de 2009, celebrando la libertad de expresión, HM escribió en Excélsior: “Que cada quien se haga cargo de sus palabras”.
Pues eso, pero… ¿cuándo?
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 18 de enero de 2010)
lunes, 11 de enero de 2010
¿Y los otros panistas?
Decía Fernando Escalante hace unos días, en La Razón, que no cabe llamarse a sorpresa por las furibundas reacciones contra la reforma que aprobó la Asamblea Legislativa del Distrito Federal para reconocer el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo: la jerarquía eclesiástica, Mariana Gómez del Campo, El Colegio de Abogados Católicos, Esteban Arce y demás inquilinos de la caverna homofóbica, “cada uno está en lo suyo y todos haciendo su chamba”… excepto el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, que tiene bajo su responsabilidad hacer valer el artículo 130 de la Constitución, ese que prohíbe expresamente a los ministros de cualquier culto intervenir en política, hacer proselitismo, oponerse a las leyes o a las instituciones civiles.
El lunes pasado, en Reforma, Jesús Silva-Herzog Márquez insistió en el asunto. Repasando los argumentos esgrimidos por el PAN para oponerse a la susodicha reforma, mostró que en ellos no hay más lógica que la del dogma: “nunca como ahora se ha expuesto la relación de Acción Nacional con la ortodoxia, su disposición a convertirse en escudero de lo sagrado […] no ha podido más que defender las ofuscaciones clericales y exigir la sumisión de la política frente a la fe”.
Frente a estas y otras críticas que coinciden en la necesidad de secularizar la discusión, ¿qué tienen que decir quienes, desde la simple simpatía o la franca militancia, han querido reivindicar una veta liberal en la doctrina panista?
Pienso, concretamente, en el actual secretario de Educación, Alonso Lujambio: en sus interpretaciones sobre la historia del panismo; en sus escritos dedicados a Manuel Gómez Morín, a Adolfo Christlieb Ibarrola, incluso a Carlos Castillo Peraza; en cómo sus estudios sobre el Congreso, el federalismo y las elecciones han sabido enfatizar la aportación del PAN a la democracia mexicana. La de Lujambio ha sido, en ese sentido, de esas escasas obras que logran una combinación afortunada entre el rigor académico y la afinidad política. Una obra seria, de la que se desprende una visión compleja del PAN, pero claramente comprometida con la corriente interna que el propio Lujambio identifica como liberal, una corriente que desde sus orígenes fue antagónica a la de aquellos que querían hacer de la lucha política un medio para procurar la salvación de las almas (Christlieb Ibarrola los llamaba “piadosos meadores de agua bendita”).
Busco en la prensa, en el debate sobre la universalización del derecho al matrimonio, y no encuentro en ninguna parte la voz de esos panistas liberales –ni de Lujambio ni de sus pares ni de sus antecesores ni de sus discípulos ni de nadie dentro o al menos cerca del PAN. ¿Dónde están? ¿Existen?
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 11 de enero de 2010)
El lunes pasado, en Reforma, Jesús Silva-Herzog Márquez insistió en el asunto. Repasando los argumentos esgrimidos por el PAN para oponerse a la susodicha reforma, mostró que en ellos no hay más lógica que la del dogma: “nunca como ahora se ha expuesto la relación de Acción Nacional con la ortodoxia, su disposición a convertirse en escudero de lo sagrado […] no ha podido más que defender las ofuscaciones clericales y exigir la sumisión de la política frente a la fe”.
Frente a estas y otras críticas que coinciden en la necesidad de secularizar la discusión, ¿qué tienen que decir quienes, desde la simple simpatía o la franca militancia, han querido reivindicar una veta liberal en la doctrina panista?
Pienso, concretamente, en el actual secretario de Educación, Alonso Lujambio: en sus interpretaciones sobre la historia del panismo; en sus escritos dedicados a Manuel Gómez Morín, a Adolfo Christlieb Ibarrola, incluso a Carlos Castillo Peraza; en cómo sus estudios sobre el Congreso, el federalismo y las elecciones han sabido enfatizar la aportación del PAN a la democracia mexicana. La de Lujambio ha sido, en ese sentido, de esas escasas obras que logran una combinación afortunada entre el rigor académico y la afinidad política. Una obra seria, de la que se desprende una visión compleja del PAN, pero claramente comprometida con la corriente interna que el propio Lujambio identifica como liberal, una corriente que desde sus orígenes fue antagónica a la de aquellos que querían hacer de la lucha política un medio para procurar la salvación de las almas (Christlieb Ibarrola los llamaba “piadosos meadores de agua bendita”).
Busco en la prensa, en el debate sobre la universalización del derecho al matrimonio, y no encuentro en ninguna parte la voz de esos panistas liberales –ni de Lujambio ni de sus pares ni de sus antecesores ni de sus discípulos ni de nadie dentro o al menos cerca del PAN. ¿Dónde están? ¿Existen?
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 11 de enero de 2010)
lunes, 28 de diciembre de 2009
Recuerdo de Flandrau
Charles M. Flandrau, residente norteamericano en el México de Don Porfirio, solía hacer muchas preguntas sobre los horarios, la política o las costumbres de los mexicanos. Las respuestas de sus interlocutores, sin embargo, solían parecerle inexactas, incoherentes, ineficaces. “No es”, decía, “que sepan muy poco. Es que saben demasiado. El México teórico –el de las constituciones, las leyes de reforma, los estatutos o los libros de viajes– hace tiempo que dejó de importarles. Es el México de cada día, más bien, el que les interesa […] Y ese México cotidiano, práctico, es un México enteramente distinto, infinitamente más misterioso y fascinante”.
En alguna ocasión, de paso por un pueblo en la sierra veracruzana, Flandrau le preguntó a una señora “¿llueve aquí en el verano tanto como en el invierno?”. Luego de un breve silencio, la señora se encogió de hombros y contestó “no hay reglas fijas, señor”. Semejante respuesta constituyó, para Flandrau, una revelación que marcaría el inicio de su romance con el país: “En eso, estoy seguro, yace mucho del indisputable encanto de México. No hay reglas fijas. La experiencia de cada quien es diferente y cada quien, en cierto sentido, es un pionero abriéndose brecha –como Cortés en su prodigiosa marcha desde la costa. Uno nunca sabe, desde la más amplia hasta la más insignificante circunstancia de la vida, qué esperar, no hay una verdad última. Esto no es así porque los mexicanos sean mentirosos fáciles e instintivos, sino porque no emplean los métodos habituales para determinar y difundir la información. En casa (quería decir en Estados Unidos) demandamos y obtenemos hechos. En México se subsiste con rumores y nunca se demanda nada más. Una persona rigurosa, sistemática y precisa siempre detestará México y muy rara vez sabrá decir nada amable sobre él, ni siquiera sobre el paisaje. Pero si uno no es proclive a exagerar la importancia de la exactitud y se muestra perpetuamente interesado en lo casual, en lo exuberante y en lo problemático, entonces México se le presenta como una larga novela, escrita con descuido pero cautivadora” (traduzco libremente de la edición de 1910 de su libro Viva Mexico!, publicado en Nueva York por D. Appleton and Company).
Hago memoria de las noticias que colmaron los periódicos durante el 2009, leo los resúmenes que aparecen en algunas columnas de opinión, repaso mis notas y subrayados sobre nuestra conversación pública y me asalta, de repente, el dichoso recuerdo de aquella vieja lectura de Flandrau. Será porque, cansado del entusiasmo de los teóricos y de la solemnidad de los quejumbrosos, echo de menos esa capacidad de mirar a México con afecto y, al mismo tiempo, con ironía: esa empatía ajena a toda condescendencia, esa crítica sin afán de pontificar.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 28 de Diciembre de 2009)
En alguna ocasión, de paso por un pueblo en la sierra veracruzana, Flandrau le preguntó a una señora “¿llueve aquí en el verano tanto como en el invierno?”. Luego de un breve silencio, la señora se encogió de hombros y contestó “no hay reglas fijas, señor”. Semejante respuesta constituyó, para Flandrau, una revelación que marcaría el inicio de su romance con el país: “En eso, estoy seguro, yace mucho del indisputable encanto de México. No hay reglas fijas. La experiencia de cada quien es diferente y cada quien, en cierto sentido, es un pionero abriéndose brecha –como Cortés en su prodigiosa marcha desde la costa. Uno nunca sabe, desde la más amplia hasta la más insignificante circunstancia de la vida, qué esperar, no hay una verdad última. Esto no es así porque los mexicanos sean mentirosos fáciles e instintivos, sino porque no emplean los métodos habituales para determinar y difundir la información. En casa (quería decir en Estados Unidos) demandamos y obtenemos hechos. En México se subsiste con rumores y nunca se demanda nada más. Una persona rigurosa, sistemática y precisa siempre detestará México y muy rara vez sabrá decir nada amable sobre él, ni siquiera sobre el paisaje. Pero si uno no es proclive a exagerar la importancia de la exactitud y se muestra perpetuamente interesado en lo casual, en lo exuberante y en lo problemático, entonces México se le presenta como una larga novela, escrita con descuido pero cautivadora” (traduzco libremente de la edición de 1910 de su libro Viva Mexico!, publicado en Nueva York por D. Appleton and Company).
Hago memoria de las noticias que colmaron los periódicos durante el 2009, leo los resúmenes que aparecen en algunas columnas de opinión, repaso mis notas y subrayados sobre nuestra conversación pública y me asalta, de repente, el dichoso recuerdo de aquella vieja lectura de Flandrau. Será porque, cansado del entusiasmo de los teóricos y de la solemnidad de los quejumbrosos, echo de menos esa capacidad de mirar a México con afecto y, al mismo tiempo, con ironía: esa empatía ajena a toda condescendencia, esa crítica sin afán de pontificar.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 28 de Diciembre de 2009)
lunes, 21 de diciembre de 2009
El “personaje periodístico” del 2009
Pregunta Leopoldo Gómez en Tercer Grado, de Televisa, cuáles fueron los “personajes periodísticos” del 2009. Joaquín López Dóriga contesta que él hubiera preferido quedarse con José Emilio Pacheco “y sus dos grandes premios, el Cervantes y el Reina Sofía” pero “ni modo, tengo que decirlo, es Juanito”. Respuesta interesante: no tanto por lo que dice del 2009 sino por lo que dice, más bien, de lo que se entiende por “periodístico” hoy en México.
De entrada, que el conductor del noticiario con mayor audiencia en la televisión sienta la necesidad de distinguirse de su propia elección, de hacer un deslinde entre su preferencia personal (un poeta galardonado en España) y la periodística (un vendedor ambulante metido a jefe delegacional en Iztapalapa) ofrece un primer indicio: que lo “periodístico”, en este caso, resultó algo tan indecoroso que hasta el señor que nos da las noticias todas las noches se toma sus distancias.
Pero hay más. Ciro Gómez Leyva, al igual que el resto de los integrantes del programa, coincidió con López Dóriga en darle el primer lugar a Juanito, mas agregó que en el segundo sitio estaría... Javier Aguirre. “Luego, el abismo” remató. Carlos Marín intervino para matizar: “encima de Javier Aguirre estaría, pero a una distancia abismal de Juanito, Barack Obama. Después Aguirre […] Obama pero muy debajo de Juanito”. En serio, eso dijo. Otro indicio: lo “periodístico” no requiere ningún sentido de las proporciones.
Finalmente, la discusión perdió todo el entusiasmo inicial cuando sus participantes recalaron en los nombres de algunos integrantes del gabinete y en los de otros figurones de la vida política. Tercer indicio: lo “periodístico” tiene que ser escandaloso o no es.
En cierto sentido, la malograda historia de Rafael Acosta en Iztapalapa es un elocuente comentario sobre la clase política perredista. Sobre sus pleitos de familia, su estratificación interna, su relación con la legalidad, sus bastiones clientelares, sus astucias y malas artes, en fin, sobre sus múltiples miserias y contradicciones. Que no son nada insólitas ni exclusivamente suyas, por cierto, pero que no todos los días se despliegan, como esta vez, con tanta franqueza y tan al aire libre.
La fascinación con Juanito, sin embargo, va mucho más allá de ese tema. Digamos, para abreviar, que retrata de cuerpo entero la “altura de miras” (¡como se les llena la boca cuando pronuncian esa frase!) que impera en nuestros medios. Señalarlo como el “personaje periodístico” del año que termina es un ilustrativo comentario sobre la calidad del periodismo que tenemos.
-- Carlos Bravo Regidor
lunes, 14 de diciembre de 2009
La otra violencia
Hay una violencia que satura nuestra conversación pública. Es una violencia explícita, directa, deliberada, muy visible por lo que hay en ella de transgresión al orden establecido, por cómo altera el curso esperado de las cosas, y que por más o menos frecuente que sea no podemos representárnosla salvo como un fenómeno escandaloso, excepcional, aberrante.
Es la violencia de la que hablamos cuando hablamos de la inseguridad.
Hay otra violencia, sin embargo, que no figura en nuestra conversación pública. Es una violencia implícita, silenciosa, involuntaria, que lejos de representar una perturbación constituye el propio orden establecido, que no trastoca sino que es en sí misma el curso esperado de las cosas. Es una violencia a la que estamos perfectamente acostumbrados, que no vemos porque hemos aprendido a convivir con ella todos los días, que forma parte de nuestra idea de la normalidad.
Es la violencia de la que no hablamos cuando hablamos de la pobreza.
Pienso, por ejemplo, en la cobertura que hacen los medios de comunicación. En que dar las noticias sobre la inseguridad significa relatar robos, asaltos, secuestros, ejecuciones, tratar de identificar a los perpetradores, entrevistar a víctimas o testigos, fotografiar las escenas del crimen, denunciar a las autoridades negligentes o coludidas, mientras que dar las noticias sobre la pobreza es, si acaso, reportar los cálculos más recientes del CONEVAL.
Así, la inseguridad son historias de todos los días; la pobreza, estadísticas de vez en cuando.
El resultado es un clima de opinión muy susceptible ante la inseguridad, incrédulo o incluso hostil contra los intentos de medir esa violencia o de ponerla en perspectiva, pero muy indiferente al crecimiento de la pobreza, impasible ante el drama de esa otra violencia que son el hambre, las carencias, la falta de oportunidades. Un clima de opinión que oscila, selectivamente, entre gritos de sobresalto y bostezos de desinterés, y en el que encuentran mucha más resonancia la oferta Verde de restaurar la pena de muerte o los coqueteos paramilitares del alcalde de San Pedro que la propuesta Levy de crear un sistema de seguridad social universal.
Un clima de opinión, en resumidas cuentas, más propicio para una política del miedo que para políticas de redistribución.
En esas estamos.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 14 de Diciembre de 2009)
Es la violencia de la que hablamos cuando hablamos de la inseguridad.
Hay otra violencia, sin embargo, que no figura en nuestra conversación pública. Es una violencia implícita, silenciosa, involuntaria, que lejos de representar una perturbación constituye el propio orden establecido, que no trastoca sino que es en sí misma el curso esperado de las cosas. Es una violencia a la que estamos perfectamente acostumbrados, que no vemos porque hemos aprendido a convivir con ella todos los días, que forma parte de nuestra idea de la normalidad.
Es la violencia de la que no hablamos cuando hablamos de la pobreza.
Pienso, por ejemplo, en la cobertura que hacen los medios de comunicación. En que dar las noticias sobre la inseguridad significa relatar robos, asaltos, secuestros, ejecuciones, tratar de identificar a los perpetradores, entrevistar a víctimas o testigos, fotografiar las escenas del crimen, denunciar a las autoridades negligentes o coludidas, mientras que dar las noticias sobre la pobreza es, si acaso, reportar los cálculos más recientes del CONEVAL.
Así, la inseguridad son historias de todos los días; la pobreza, estadísticas de vez en cuando.
El resultado es un clima de opinión muy susceptible ante la inseguridad, incrédulo o incluso hostil contra los intentos de medir esa violencia o de ponerla en perspectiva, pero muy indiferente al crecimiento de la pobreza, impasible ante el drama de esa otra violencia que son el hambre, las carencias, la falta de oportunidades. Un clima de opinión que oscila, selectivamente, entre gritos de sobresalto y bostezos de desinterés, y en el que encuentran mucha más resonancia la oferta Verde de restaurar la pena de muerte o los coqueteos paramilitares del alcalde de San Pedro que la propuesta Levy de crear un sistema de seguridad social universal.
Un clima de opinión, en resumidas cuentas, más propicio para una política del miedo que para políticas de redistribución.
En esas estamos.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 14 de Diciembre de 2009)
lunes, 7 de diciembre de 2009
Ironía de la reelección
Es muy común escuchar que los representantes en el Congreso no nos representan, que miran por sus intereses particulares antes que por el bien del país, que la nuestra más que una democracia es una “partidocracia”, etcétera. Son frases hechas, que no comunican una idea clara sino acaso una confusa sensación de malestar, pero que a fuerza de repetirse una y otra vez se han convertido en una muletilla, casi en un mantra, de nuestra conversación pública.
También es muy común escuchar que el remedio estriba en modificar la Constitución para permitir la reelección inmediata, que de ese modo los representantes se verían obligados a rendir cuentas sobre sus decisiones para intentar permanecer en el cargo, a tratar satisfacer las expectativas de los ciudadanos, y que éstos contarían así con un instrumento para premiar o castigar en las urnas el desempeño individual de sus legisladores. Se trata de una medida que, teóricamente, crearía un incentivo para resolver el supuesto déficit de representación que padece nuestro régimen político.
Tras las elecciones de julio pasado, la Fundación Este País, el IPN y el ITAM organizaron una encuesta sobre el “sentir ciudadano” en estos asuntos (Este País, no. 222, septiembre 2009). Los resultados confirmaron lo que predica la muletilla: que 47% de los que votaron por un partido, y 62% de los que anularon su voto o se abstuvieron de votar, no se sienten representados por sus legisladores. Sin embargo, a la sesgada pregunta “¿qué tan de acuerdo estaría usted con que se apruebe una ley que permita a los diputados que hayan cumplido con sus electores volver a ser candidatos en la siguiente elección?”, sólo el 49% de los que votaron por un partido, el 43% de los que anularon su voto y el 45% de los abstencionistas, estuvieron de acuerdo con la posibilidad de permitir la reelección.
El jueves pasado, Reforma publicó otras dos encuestas. En la primera, el 74% de los diputados federales respondió que estaba a favor de permitir la reelección legislativa. En la segunda, el 68% de los ciudadanos se manifestó en desacuerdo con ella. Es decir que en este tema, efectivamente, las preferencias de los representantes no corresponden con las de sus representados.
La ironía, pues, es que quienes apuestan por la reelección como fórmula para hacer más representativa, para “mejorar la calidad” de nuestra democracia, están promoviendo, al hacerlo, una reforma que no refleja la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, sino la voluntad de la mayoría de esos legisladores que, según la muletilla, no nos representan.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 7 de Diciembre)
También es muy común escuchar que el remedio estriba en modificar la Constitución para permitir la reelección inmediata, que de ese modo los representantes se verían obligados a rendir cuentas sobre sus decisiones para intentar permanecer en el cargo, a tratar satisfacer las expectativas de los ciudadanos, y que éstos contarían así con un instrumento para premiar o castigar en las urnas el desempeño individual de sus legisladores. Se trata de una medida que, teóricamente, crearía un incentivo para resolver el supuesto déficit de representación que padece nuestro régimen político.
Tras las elecciones de julio pasado, la Fundación Este País, el IPN y el ITAM organizaron una encuesta sobre el “sentir ciudadano” en estos asuntos (Este País, no. 222, septiembre 2009). Los resultados confirmaron lo que predica la muletilla: que 47% de los que votaron por un partido, y 62% de los que anularon su voto o se abstuvieron de votar, no se sienten representados por sus legisladores. Sin embargo, a la sesgada pregunta “¿qué tan de acuerdo estaría usted con que se apruebe una ley que permita a los diputados que hayan cumplido con sus electores volver a ser candidatos en la siguiente elección?”, sólo el 49% de los que votaron por un partido, el 43% de los que anularon su voto y el 45% de los abstencionistas, estuvieron de acuerdo con la posibilidad de permitir la reelección.
El jueves pasado, Reforma publicó otras dos encuestas. En la primera, el 74% de los diputados federales respondió que estaba a favor de permitir la reelección legislativa. En la segunda, el 68% de los ciudadanos se manifestó en desacuerdo con ella. Es decir que en este tema, efectivamente, las preferencias de los representantes no corresponden con las de sus representados.
La ironía, pues, es que quienes apuestan por la reelección como fórmula para hacer más representativa, para “mejorar la calidad” de nuestra democracia, están promoviendo, al hacerlo, una reforma que no refleja la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, sino la voluntad de la mayoría de esos legisladores que, según la muletilla, no nos representan.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 7 de Diciembre)
lunes, 30 de noviembre de 2009
Para pensar los centenarios
En septiembre de 1910, como parte de las celebraciones del centenario de la independencia en la Ciudad de México, el Presidente Porfirio Díaz inauguró el Hemiciclo a Juárez, un complejo escultórico en mármol de Carrera que adorna, desde entonces, el flanco sur de la Alameda Central.
Con ese monumento Díaz honraba a Juárez por partida doble: primero, como líder del partido liberal que impulsó las leyes de reforma entre 1859 y 1860; segundo, como segundo padre de la patria luego de su heroico papel en la “segunda guerra de independencia” (así se llegó a denominar, por un tiempo, a la guerra de intervención francesa que tuvo lugar entre 1862 y 1867).
Las múltiples pugnas entre los hombres de aquella generación, y más específicamente entre Díaz y Juárez a partir de la restauración de la República en 1867, así como el fallido levantamiento armado que el propio Díaz encabezó contra el presidente Juárez en 1871 (conocido como “rebelión de la Noria”), quedaban convenientemente sepultadas bajo el peso del mármol que inmortalizaba al prócer Juárez.
La posteridad, en la pax porfiriana, los reconciliaba.
Durante esas mismas festividades el Presidente Díaz encabezó otra ceremonia, esta para colocar la primera piedra de un nuevo Palacio Legislativo. A los pocos meses, la estructura de acero que sostendría la cúpula central estaba casi terminada. Sin embargo, tras el estallido de la revolución mexicana y la renuncia de Díaz a la presidencia (en mayo de 1911), la construcción quedó suspendida.
Y así permaneció, como un espectral esqueleto, por más de veinte años. Hasta que en 1933 el arquitecto Carlos Obregón Santacicilia propuso readaptar el proyecto para hacer, aprovechando el armazón metálico que ya estaba edificado, un monumento a la gesta revolucionaria. De modo que el recinto originalmente destinado al espacio parlamentario que Don Porfirio nunca pudo inaugurar terminó convertido, en 1938, en monumento a la revolución que lo había derrocado.
Con los años, los restos de Venustiano Carranza, Francisco I. Madero, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Pancho Villa, varios aliados y varios enemigos en vida, serían reunidos en el mausoleo que se encuentra en su interior.
La posteridad, ahora en la pax posrevolucionaria, a todos volvía a reconciliar.
Aprendamos, pues, del pragmatismo de aquellas conmemoraciones, de su capacidad para imaginar una posteridad en la que cupieran todos: no para rendirle pleitesía al pasado ni para reprocharle al presente que no encontramos nada que celebrar, sino para convocar al porvenir que podemos darnos.
Será el de una pax democrática o no será.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 16 de Noviembre)
Con ese monumento Díaz honraba a Juárez por partida doble: primero, como líder del partido liberal que impulsó las leyes de reforma entre 1859 y 1860; segundo, como segundo padre de la patria luego de su heroico papel en la “segunda guerra de independencia” (así se llegó a denominar, por un tiempo, a la guerra de intervención francesa que tuvo lugar entre 1862 y 1867).
Las múltiples pugnas entre los hombres de aquella generación, y más específicamente entre Díaz y Juárez a partir de la restauración de la República en 1867, así como el fallido levantamiento armado que el propio Díaz encabezó contra el presidente Juárez en 1871 (conocido como “rebelión de la Noria”), quedaban convenientemente sepultadas bajo el peso del mármol que inmortalizaba al prócer Juárez.
La posteridad, en la pax porfiriana, los reconciliaba.
Durante esas mismas festividades el Presidente Díaz encabezó otra ceremonia, esta para colocar la primera piedra de un nuevo Palacio Legislativo. A los pocos meses, la estructura de acero que sostendría la cúpula central estaba casi terminada. Sin embargo, tras el estallido de la revolución mexicana y la renuncia de Díaz a la presidencia (en mayo de 1911), la construcción quedó suspendida.
Y así permaneció, como un espectral esqueleto, por más de veinte años. Hasta que en 1933 el arquitecto Carlos Obregón Santacicilia propuso readaptar el proyecto para hacer, aprovechando el armazón metálico que ya estaba edificado, un monumento a la gesta revolucionaria. De modo que el recinto originalmente destinado al espacio parlamentario que Don Porfirio nunca pudo inaugurar terminó convertido, en 1938, en monumento a la revolución que lo había derrocado.
Con los años, los restos de Venustiano Carranza, Francisco I. Madero, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Pancho Villa, varios aliados y varios enemigos en vida, serían reunidos en el mausoleo que se encuentra en su interior.
La posteridad, ahora en la pax posrevolucionaria, a todos volvía a reconciliar.
Aprendamos, pues, del pragmatismo de aquellas conmemoraciones, de su capacidad para imaginar una posteridad en la que cupieran todos: no para rendirle pleitesía al pasado ni para reprocharle al presente que no encontramos nada que celebrar, sino para convocar al porvenir que podemos darnos.
Será el de una pax democrática o no será.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 16 de Noviembre)
lunes, 23 de noviembre de 2009
¿Adiós al PRI?
Fue hace casi veinticinco años que Gabriel Zaid escribió aquella frase magnífica, simultáneamente serena y perturbadora, de complejísima sencillez, que inauguraba un horizonte hasta entonces inexplorado en nuestra reflexión política: “sería muy extraño que el PRI fuera eterno”.
Así comenzaba “Escenarios sobre el fin del PRI” (Vuelta, no. 103, junio de 1985), un ensayo en el que Zaid supo desafiar los límites de la imaginación histórica y perfilar lo que en ese momento era un futuro inminente pero inconcebible: no el fin del PRI como organización partidista sino el fin de su ciclo hegemónico, de su virtual monopolio del sistema político mexicano.
Y es que durante los años previos, todavía bajo la presión de la crisis de 1982, el PRI había reconocido su derrota en varios comicios municipales pero, al mismo tiempo, había recurrido al fraude para imponerse en otros. El partido-sistema parecía debatirse, titubeante, entre admitir las victorias de la oposición o atrincherarse a como diera lugar. Era en ese contexto, y en la víspera de las elecciones para gobernador en Chihuahua (en las que se anticipaba que el PAN daría una batalla sin precedentes), que Zaid lanzaba su desafío: habrá vida más allá del PRI, es decir, habrá futuro.
Su pregunta no era cuándo, sino cómo. Descartaba, por exaltadas y quiméricas, las soluciones escatológicas: un golpe de Estado, una revolución, el súbito encumbramiento de un “ayatola” que purifique la vida pública, un terremoto que devore a la clase política, una traición o un asesinato que rompan todos los equilibrios. “Hacen falta”, decía, “escenarios de fin por maduración, que también son posibles y quizás más probables, a través de cambios graduales, invisibles, acumulativos, de esos que acaban con un imperio, una tradición o simplemente un negocio”.
La respuesta empezaba, para Zaid, en la política local, en respetar la voluntad de los electores en los estados, en “democratizar la provincia”. Así, concluía que “bastarían unas cuantas gubernaturas reconocidas a la oposición para que la reacción en cadena fuera incontenible, para dar esperanzas y reanimar decisivamente a toda la sociedad, para desencadenar la madurez política del país”.
Entre entonces y ahora, dieciocho estados y el Distrito Federal han experimentado la alternancia. En seis de ellos (Chihuahua, Nuevo León, Nayarit, Yucatán, Querétaro y San Luis Potosí), los electores han decidido devolverle, con sus votos, el poder al PRI. Ya vimos lo que pasó con la negociación del presupuesto este año, ya sabemos quién es el precandidato que encabeza las intenciones de voto para la próxima elección presidencial…
Tenía razón Zaid en aquello de que después del PRI-sistema no vendría la catástrofe. Lo que vino, tras asentarse los polvos de la alternancia, son los gobernadores del PRI.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 23 de Noviembre de 2009)
Así comenzaba “Escenarios sobre el fin del PRI” (Vuelta, no. 103, junio de 1985), un ensayo en el que Zaid supo desafiar los límites de la imaginación histórica y perfilar lo que en ese momento era un futuro inminente pero inconcebible: no el fin del PRI como organización partidista sino el fin de su ciclo hegemónico, de su virtual monopolio del sistema político mexicano.
Y es que durante los años previos, todavía bajo la presión de la crisis de 1982, el PRI había reconocido su derrota en varios comicios municipales pero, al mismo tiempo, había recurrido al fraude para imponerse en otros. El partido-sistema parecía debatirse, titubeante, entre admitir las victorias de la oposición o atrincherarse a como diera lugar. Era en ese contexto, y en la víspera de las elecciones para gobernador en Chihuahua (en las que se anticipaba que el PAN daría una batalla sin precedentes), que Zaid lanzaba su desafío: habrá vida más allá del PRI, es decir, habrá futuro.
Su pregunta no era cuándo, sino cómo. Descartaba, por exaltadas y quiméricas, las soluciones escatológicas: un golpe de Estado, una revolución, el súbito encumbramiento de un “ayatola” que purifique la vida pública, un terremoto que devore a la clase política, una traición o un asesinato que rompan todos los equilibrios. “Hacen falta”, decía, “escenarios de fin por maduración, que también son posibles y quizás más probables, a través de cambios graduales, invisibles, acumulativos, de esos que acaban con un imperio, una tradición o simplemente un negocio”.
La respuesta empezaba, para Zaid, en la política local, en respetar la voluntad de los electores en los estados, en “democratizar la provincia”. Así, concluía que “bastarían unas cuantas gubernaturas reconocidas a la oposición para que la reacción en cadena fuera incontenible, para dar esperanzas y reanimar decisivamente a toda la sociedad, para desencadenar la madurez política del país”.
Entre entonces y ahora, dieciocho estados y el Distrito Federal han experimentado la alternancia. En seis de ellos (Chihuahua, Nuevo León, Nayarit, Yucatán, Querétaro y San Luis Potosí), los electores han decidido devolverle, con sus votos, el poder al PRI. Ya vimos lo que pasó con la negociación del presupuesto este año, ya sabemos quién es el precandidato que encabeza las intenciones de voto para la próxima elección presidencial…
Tenía razón Zaid en aquello de que después del PRI-sistema no vendría la catástrofe. Lo que vino, tras asentarse los polvos de la alternancia, son los gobernadores del PRI.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 23 de Noviembre de 2009)
lunes, 9 de noviembre de 2009
Modernidad, modernidad
Hay una figura retórica, bastante común en nuestra conversación pública, que consiste en explicar las dificultades del presente como resabios de una época anterior que no se resigna, digamos, a sucumbir. Es un recurso del que se echa mano para expresar inconformidad con algún aspecto del estado de cosas que no responde a nuestros deseos o expectativas, una manera de decir la frustración que nos provoca el hecho de que el país insista en no ser como quisiéramos que fuera.
Se trata de una forma de interpretar la realidad típicamente moderna: optimista, muy segura de sí misma, ostentosamente convencida de que hace falta rehacerlo todo conforme a los dictados de su razón. Una mirada para la que México siempre ha sido un lugar sin mucho oficio ni beneficio, un vasto depósito de atavismos, herencias e inercias de los que hay que desprenderse para levantar el vuelo hacia la tierra prometida de la modernidad, es decir, al futuro.
Esa ha sido, en cierto sentido, nuestra historia. De los Austrias a los Borbones, de la independencia al Porfiriato, del nacionalismo revolucionario al neoliberalismo, de la transición al desencanto con la democracia, el verbo se repite una y otra vez: reformar, reformar y reformar.
Leo la prensa de los últimos meses y me encuentro, aquí y allá, con nuevos brotes de ese viejo voluntarismo, con abundantes diagnósticos sobre lo que haría falta cambiar para ser, ahora sí, “verdaderamente” modernos. En algunos casos el fardo son los partidos y la clase política; en otros, una sociedad sin cultura cívica; en algunos, la oligarquía empresarial y sus privilegios; en otros, las empresas paraestatales y sus sindicatos; en algunos, que los impuestos son demasiados; en otros, que los impuestos no son suficientes; en algunos, que las reglas que tenemos ya no sirven; en otros, que las reglas nunca se hacen respetar; etcétera.
No pongo en duda la existencia ni la gravedad de nuestros problemas. Me pregunto, más bien, si esa esquizofrenia reformadora no será, de hecho, síntoma de que ya accedimos a la modernidad. O de que siempre hemos habitado en ella. O de que queremos “los beneficios de la modernidad pero no la modernidad misma” (Edmundo O’Gorman). O de que la nuestra ha sido más bien una desmodernidad, “una aniquilación de tensiones por exceso de modernidad” (Roger Bartra).
No lo sé. Pero si tuviera que tomar partido, me quedaría con lo que dijo Henri Meschonnic: que la modernidad es una obra de teatro cuya trama consiste en no tener fin, una batalla que siempre está comenzando de nuevo, un eterno volver a empezar.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 9 de Noviembre de 2009)
Se trata de una forma de interpretar la realidad típicamente moderna: optimista, muy segura de sí misma, ostentosamente convencida de que hace falta rehacerlo todo conforme a los dictados de su razón. Una mirada para la que México siempre ha sido un lugar sin mucho oficio ni beneficio, un vasto depósito de atavismos, herencias e inercias de los que hay que desprenderse para levantar el vuelo hacia la tierra prometida de la modernidad, es decir, al futuro.
Esa ha sido, en cierto sentido, nuestra historia. De los Austrias a los Borbones, de la independencia al Porfiriato, del nacionalismo revolucionario al neoliberalismo, de la transición al desencanto con la democracia, el verbo se repite una y otra vez: reformar, reformar y reformar.
Leo la prensa de los últimos meses y me encuentro, aquí y allá, con nuevos brotes de ese viejo voluntarismo, con abundantes diagnósticos sobre lo que haría falta cambiar para ser, ahora sí, “verdaderamente” modernos. En algunos casos el fardo son los partidos y la clase política; en otros, una sociedad sin cultura cívica; en algunos, la oligarquía empresarial y sus privilegios; en otros, las empresas paraestatales y sus sindicatos; en algunos, que los impuestos son demasiados; en otros, que los impuestos no son suficientes; en algunos, que las reglas que tenemos ya no sirven; en otros, que las reglas nunca se hacen respetar; etcétera.
No pongo en duda la existencia ni la gravedad de nuestros problemas. Me pregunto, más bien, si esa esquizofrenia reformadora no será, de hecho, síntoma de que ya accedimos a la modernidad. O de que siempre hemos habitado en ella. O de que queremos “los beneficios de la modernidad pero no la modernidad misma” (Edmundo O’Gorman). O de que la nuestra ha sido más bien una desmodernidad, “una aniquilación de tensiones por exceso de modernidad” (Roger Bartra).
No lo sé. Pero si tuviera que tomar partido, me quedaría con lo que dijo Henri Meschonnic: que la modernidad es una obra de teatro cuya trama consiste en no tener fin, una batalla que siempre está comenzando de nuevo, un eterno volver a empezar.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 9 de Noviembre de 2009)
lunes, 2 de noviembre de 2009
Seriedad parlamentaria
Hay algo inquietante en el perfil que adquirió la discusión sobre la ley de ingresos para el próximo año, en la impresión general que dejan las negociaciones.
Está, en principio, el hecho de que ninguna de las partes involucradas en el proceso legislativo supo articular una propuesta puntual para hacerse cargo de la contracción en la actividad económica. Que a pesar de una caída del PIB estimada entre el 7 y el 8%, una tasa de desempleo que se calcula alrededor del 6.4% y una de subempleo que ronda el 9%, el grueso de los desacuerdos se concentró en cómo tapar el “boquete” en las finanzas públicas, es decir, en responder como si el problema fuera sólo fiscal.
Pero está, además, la absoluta falta de argumentos, la nula necesidad que tuvieron los partidos políticos de siquiera pretender que estaban considerando algún criterio de equidad o eficiencia recaudatoria. Que no hubo, pues, ningún esfuerzo de deliberación pública, de salir a explicar los pros y contras de las alternativas disponibles o las razones para votar de una u otra manera, sino apenas un duelo de declaraciones destinadas a achacarle los “costos” al adversario.
Todo lo cual, a fin de cuentas, nos regaló perlas de seriedad parlamentaria como “debemos actuar responsablemente […] hoy, aquí, nuestra fracción ha dado muestras de que anteponemos nuestros intereses partidarios por el bienestar del país” (diputado Francisco Rojas); “el PAN es el que está en el gobierno, y el paquete es del gobierno […] no es el paquete del PRI. Que lo defiendan, que lo voten, etcétera. No es responsabilidad nuestra, salvo en lo que estamos en contra” (senador Carlos Jiménez Macías); “nosotros no medimos lo que hacemos en función de costos y menos de costos políticos. Medimos lo que hacemos en función del beneficio del país” (diputado Francisco Rojas); “el gobierno tiene que tener claro que gobernar implica costos y los deben de asumir, y no tienen por qué buscar que los asuman otros” (senador Carlos Jiménez Macías); “la cerrazón y la negativa de la mayoría del PRI a la propuesta de Calderón no dejó otra alternativa, la cual es insuficiente e incompleta” (diputado César Nava); “las diferencias que pudiésemos tener con el PRI no valían para interrumpir la aprobación del paquete fiscal. El país es más importante” (senador Santiago Creel); “¿por qué no suben a la tribuna a responderme si son tan hombrecitos?” (diputado Gerardo Fernández Noroña); “lo suyo no fue una abstención, fue una aprobación maricona” (senadora Beatriz Zavala); “es como cuando alguien tiene una amante: se quieren, hacen cosas juntos, pero las tienen que hacer a escondidas” (senador Federico Döring).
Así razonan nuestros legisladores ante la crisis económica: que la recesión se arregle sola, somos muy machos, la culpa es de los otros, es por el bien de la patria.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 2 de Noviembre de 2009)
Está, en principio, el hecho de que ninguna de las partes involucradas en el proceso legislativo supo articular una propuesta puntual para hacerse cargo de la contracción en la actividad económica. Que a pesar de una caída del PIB estimada entre el 7 y el 8%, una tasa de desempleo que se calcula alrededor del 6.4% y una de subempleo que ronda el 9%, el grueso de los desacuerdos se concentró en cómo tapar el “boquete” en las finanzas públicas, es decir, en responder como si el problema fuera sólo fiscal.
Pero está, además, la absoluta falta de argumentos, la nula necesidad que tuvieron los partidos políticos de siquiera pretender que estaban considerando algún criterio de equidad o eficiencia recaudatoria. Que no hubo, pues, ningún esfuerzo de deliberación pública, de salir a explicar los pros y contras de las alternativas disponibles o las razones para votar de una u otra manera, sino apenas un duelo de declaraciones destinadas a achacarle los “costos” al adversario.
Todo lo cual, a fin de cuentas, nos regaló perlas de seriedad parlamentaria como “debemos actuar responsablemente […] hoy, aquí, nuestra fracción ha dado muestras de que anteponemos nuestros intereses partidarios por el bienestar del país” (diputado Francisco Rojas); “el PAN es el que está en el gobierno, y el paquete es del gobierno […] no es el paquete del PRI. Que lo defiendan, que lo voten, etcétera. No es responsabilidad nuestra, salvo en lo que estamos en contra” (senador Carlos Jiménez Macías); “nosotros no medimos lo que hacemos en función de costos y menos de costos políticos. Medimos lo que hacemos en función del beneficio del país” (diputado Francisco Rojas); “el gobierno tiene que tener claro que gobernar implica costos y los deben de asumir, y no tienen por qué buscar que los asuman otros” (senador Carlos Jiménez Macías); “la cerrazón y la negativa de la mayoría del PRI a la propuesta de Calderón no dejó otra alternativa, la cual es insuficiente e incompleta” (diputado César Nava); “las diferencias que pudiésemos tener con el PRI no valían para interrumpir la aprobación del paquete fiscal. El país es más importante” (senador Santiago Creel); “¿por qué no suben a la tribuna a responderme si son tan hombrecitos?” (diputado Gerardo Fernández Noroña); “lo suyo no fue una abstención, fue una aprobación maricona” (senadora Beatriz Zavala); “es como cuando alguien tiene una amante: se quieren, hacen cosas juntos, pero las tienen que hacer a escondidas” (senador Federico Döring).
Así razonan nuestros legisladores ante la crisis económica: que la recesión se arregle sola, somos muy machos, la culpa es de los otros, es por el bien de la patria.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 2 de Noviembre de 2009)
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