lunes, 28 de junio de 2010

Estampas de Monsiváis

1. A la edad de 28 años Monsiváis escribe su autobiografía (México, Empresas Editoriales, 1966). Imagina una entrevista en la que se pregunta a sí mismo cómo fue su iniciación en la cultura. Y responde: “Aquel infausto día en que el instructor de la Guay me confesó que yo jamás podría nadar como Alberto Isaac, se decidió mi destino. De allí en adelante sería pedante y libresco. En la primaria, después de Homero y Virgilio y los clásicos protestantes, leí las divulgaciones freudianas de Gómez Nerea y agoté a Jane Austen y vislumbré a través de Mr. Pickwick, Mr. Tupman y Mr. Snodgrass, las posibilidades de la sátira, y me fascinaban las novelas de Martín Luis Guzmán y Rómulo Gallegos, los folletones de Eugenio Sue y Vicente Riva Palacio, las biografías de Ludwig y Zweig y Los Sertoes de Euclides da Cunha”. El entrevistador imaginario, entonces, lo interrumpe: “¿Seguro que no se está usted adornando?”. Monsiváis, chocarrero, revira: “Ya que no tuve niñez, déjeme tener currículum”.

2. Para aprehender el sentido monsivaisiano de la justicia, a un tiempo indulgente y severo, una parábola de su Nuevo catecismo para indios remisos (México, Siglo XXI, 1982): “Una virgen provinciana viajó a la gran ciudad a despedirse de su proveedor anual de obras pías que creía tener una leve enfermedad. Mientras lo buscaba, una virgen cosmopolita se desconcertó ante su aspecto conventual y misericordioso. ‘¿Tú qué sabes hacer?’, le preguntó con arrogancia. Tímida, la provinciana contestó: ‘Nunca tengo malos pensamientos, y sé hacer el bien, y me gusta consolar enfermos y…’ La cosmopolita la miró de arriba abajo: ‘¿Y en cuántos idiomas te comunicas con los ángeles?’ Reinó un silencio consternado. Animada por el éxito, prosiguió la feroz inquisidora: ‘¿Puedes resumirme tu idea del pecado en un aforismo brillante?’ Tampoco hubo respuesta. Exaltada, segura de su mundano conocimiento de lo divino, gritó la virgen cosmopolita: ‘¡Que me parta un rayo si ésta no es la criatura más dejada de la mano de Dios que he conocido!’ Se oyó un estruendo demoledor y a su término la virgen cosmopolita yacía en el suelo, partida literal y exactamente en seis porciones. Con un rezo entre dientes, la virgen provinciana se despidió con amabilidad de los restos simétricos prometiéndose nunca desafiar, ni por broma, a cielo alguno”.

3. A fines del 2006, durante la entrega del Premio FIL de Literatura, Monsiváis comenta a propósito del busto que la Universidad de Guadalajara devela en su honor: “Estoy convencido que mientras no haya bustos ecuestres, esta ciudad y el país entero no tienen derecho a decir que están homenajeando a nadie. Por ahora este busto será mi última tabla de salvación […] el espejo, el retrato, la esencia de lo que me hubiera gustado ser”. Y remata, muy a su manera, con su típica broma en serio: “Pero cuando me toque el momento y mis aspiraciones dejen de latir, que entierren primero al busto”.

-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 28 de junio de 2010

lunes, 21 de junio de 2010

Entre la consternación y el absurdo

Un día antes de que comenzara el mundial José Woldenberg escribió, en Reforma, que dos pesadillas lo acosaban. Una, que la selección mexicana no pasaba de la primera ronda y el país estallaba en furiosa consternación; otra, que la selección conquistaba el campeonato y entonces todo se volvía eufóricamente absurdo. Guardadas las proporciones, dos escenarios muy similares se configuraron en el tribunal de la opinión con respecto al dictamen del ministro Zaldívar sobre el caso de la guardería ABC.  

El meollo del dictamen eran dos propuestas. La primera consistía en darle un nuevo sentido a la facultad de investigación de la Suprema Corte, en asumirla como un recurso extraordinario (“cuando por el estado de cosas el ejercicio de otros recursos ordinarios no alcanza”) para determinar violaciones graves de las garantías individuales y, esto era lo fundamental, “señalar la responsabilidad […] de los funcionarios públicos que por acción u omisión incurrieron en ellas”. La segunda consistía en vincular la violación de garantías en el caso particular de la guardería ABC con la existencia de un “desorden generalizado en el otorgamiento de los contratos, operación y vigilancia de las guarderías subrogada” de modo que la responsabilidad se adjudicara no sólo a los funcionarios menores directamente implicados sino además, a los de la más alta jerarquía en el Instituto Mexicano del Seguro Social, el Gobierno de Sonora y el Ayuntamiento de Hermosillo.

El dictamen, a final de cuentas, perdió. La Suprema Corte reconoció que hubo violaciones graves de garantías, pero no señaló “responsables” ni admitió el vínculo entre la tragedia de la guardería ABC y el estado de “desorden generalizado” en el sistema, por lo que sólo nombró como “involucrados” a funcionarios menores. Es decir que, como consecuencia del fallo de la Corte, nadie fue removido de su cargo, nadie fue inhabilitado, nadie irá a la cárcel.

Ocurre, sin embargo, que de haber ganado el dictamen las consecuencias no serían muy distintas. Porque la Corte hubiera podido señalar “responsables” a lo largo de toda la cadena de mando hasta llegar a los funcionarios del más alto nivel, pero al carecer de “fuerza vinculante” su resolución no obligaría a que nadie fuera removido de su cargo, a que nadie fuera inhabilitado, ni a que nadie fuera a la cárcel. Sería, simplemente, un mero pronunciamiento.

Entiendo que la facultad es anómala y el caso complejo. Con todo, los hechos son que cuarenta y nueve menores murieron, ciento cuatro sufrieron lesiones, que la Suprema Corte decidió que no hubo responsables… y que aunque hubiera decidido que sí los hubo se trataría de una responsabilidad sin consecuencias.

Ese es el estado de la justicia en México: entre la consternación y el absurdo.

-- Carlos Bravo Regidor 

La Razón, lunes 21 de junio de 2010

lunes, 14 de junio de 2010

En las nubes

El viernes pasado, en Milenio, Ciro Gómez Leyva nos regaló un curioso apunte sobre su llegada a Sudáfrica con motivo del mundial. El texto, que llevaba por título “Bafana, Bafana. ¡Bah!”, no tiene desperdicio. No porque sus lectores nos enteremos de algo sobre Sudáfrica o el Mundial sino, más bien, por todo lo que nos enseña sobre cómo se ve África desde México según Ciro Gómez Leyva.

Sin rodeos, categórico, no termina de calentar la pluma y ya está derrochando desprecio: “Johannesburgo no es una fiesta […] Esta ciudad gigantesca y oscura está más bien apagada. Y retrasada. Hay cuadrillas de trabajadores negros plantando jardineras en avenidas. Se siente que los sudafricanos no terminaron de hacer la tarea. O que les dejaron demasiada tarea para el grado que cursan”. No son los contrastes sociales, la diversidad lingüística, el grado de urbanización, el clima o la geografía: el tema son las plantitas en las calles que conducen del aeropuerto hasta el hotel. ¿En qué otra cosa puede uno fijarse tras aterrizar en la ciudad más grande de Sudáfrica?

Tampoco son los estadios, el transporte público, la seguridad o las telecomunicaciones: el problema es que los sudafricanos apenas están terminando de poner las plantitas en cuestión. He ahí la prueba, para Ciro, de que a ese “país subdesarrollado” le queda grande el paquete de organizar una copa del mundo: la impuntualidad de su jardinería.

Luego viene el extraño reproche de que, según “la percepción que queda en las primeras horas de recorrido”, el país se parece demasiado a su propio estereotipo: “sigue siendo Mandela”, “el trompetista Hugh Masakela”, otra versión del viejo tema
Pata Pata y, ahora, los Bafana, Bafana (su equipo nacional) que, a decir de Ciro, “no existen, a nadie le importan, carecen de identidad y futuro”. Y es que, según nuestro corresponsal, son sólo “el equipo de los negros”; pues “los blancos seguirán el juego con alguna emoción patriotera y nada más porque lo suyo, lo suyo-suyo, es el rugby”. Es decir que, según la sociología racial de Gómez Leyva, si sólo los sigue el 80% de la población es que “a nadie le importan”.

Finalmente, como para calentar la víspera del partido inaugural entre México y Sudáfrica, Ciro cerró agitando la matraca chovinista: “No hay pretexto, pues. Desde Johannesburgo, México se ve grande: futbolística, social, culturalmente”. La ironía es que, unos días antes, despotricó contra los críticos de la
Iniciativa México llamándolos “reaccionarios lacrados por la incapacidad que intentan esconder su resentimiento”...

El marcador final del México-Sudáfrica, por cierto, fue 1-1.

-- Carlos Bravo Regidor

 La Razón, lunes 14 de junio de 2010

lunes, 7 de junio de 2010

La metáfora del "tejido social"

Desde hace algunos meses circula en la conversación pública mexicana una metáfora que, de tanto repetirse, ya acusa toda la fisonomía de un lugar común: a saber, que para erradicar tal o cual problema lo que hace falta es “reconstruir el tejido social”. La usan lo mismo analistas políticos que periodistas, legisladores que activistas, candidatos que arzobispos, líderes de partidos que ciudadanos apartidistas. Vamos, hasta el Presidente Calderón y Andrés Manuel López Obrador han coincidido, más de una vez, en recurrir a ella. Está, digamos, de moda.

Ocurre, sin embargo, que se trata de una metáfora muy problemática.

En primer lugar, porque sugiere que la sociedad es una especie de organismo intrínsecamente armónico, virtuoso, y que los problemas que se buscan resolver reparando su “tejido” son meros trastornos, aberraciones, con respecto a esa armonía intrínseca. En otras palabras, la metáfora supone que la cohesión social es sinónimo inequívoco de virtud y, en consecuencia, que el conflicto no es consustancial sino ajeno, externo, a la sociedad.

En segundo lugar, porque pretende ofrecer una solución genérica a problemas con distintas causas y distintas envergaduras –el narcotráfico, la impunidad, la marginación, la violencia, la corrupción, etcétera–, como si en el fondo todo se redujera a recomponer los vínculos de cooperación y confianza, a establecer normas de reciprocidad y respeto, a multiplicar las asociaciones horizontales, en fin, a hacer como si todos los problemas fueran a final de cuentas lo mismo: que la sociedad no está suficientemente imbricada consigo misma.

Y en tercer lugar, porque la metáfora no permite distinguir entre las diversas geografías de los problemas en cuestión. Porque no significa lo mismo “reconstruir el tejido social” en Ciudad Juárez que en Apatzingán, en San Pedro Garza García que en Matlatónoc, en Reynosa que en Lázaro Cárdenas, en Badiraguato que en la Costa Grande, en Tijuana que en Tepito. Hay comunidades en las que la violencia ha deteriorado el “tejido social”, pero hay otras en las que el crimen organizado se ha dedicado a “reconstruirlo”, a su manera, muy eficientemente; hay regiones en las que la descomposición del “tejido” tiene que ver con la ausencia de autoridades públicas, mas hay otras en las que éste se ha dañado precisamente por las acciones de la autoridad; hay sitios en los que autoridad y crimen organizado son indistinguibles y eso tiene efectos, para bien o para mal, en las relaciones sociales, y hay sitios en que los problemas locales no tienen que ver con que haya más o menos redes de sociabilidad.

Suena bonita, pero la metáfora del “tejido social” oscurece más de lo que ilumina.

--Carlos Bravo Regidor 

La Razón, lunes 7 de junio de 2010 

lunes, 31 de mayo de 2010

De historia y futuro

Mi generación accedió a la mayoría de edad más o menos entre 1994 y 2000: por un lado, la entrada en vigor del TLC con Estados Unidos y Canadá, el levantamiento del EZLN en Chiapas, el asesinato de Luis Donaldo Colosio y la “crisis de diciembre”. Por el otro, las elecciones en las que el PRI perdió la Presidencia de la República. En cierto sentido somos la generación que cosechó la aspiración democrática que, a golpe de crisis y reformas electorales, cultivaron nuestros padres. Somos hijos e hijas, a fin de cuentas, de la generación de 1968.

Con todo, cuando procuramos ponderar las transformaciones que México ha experimentado en los últimos años, cuando tratamos de buscarle sentido al momento que nos tocó vivir, da la impresión de que no sabemos hacerlo más que en clave de desesperanza: como si habitáramos en un presente a la deriva entre un pretérito que no nos dice nada y un porvenir que no logramos imaginar. No es que seamos reos de la inercia ni que estemos atorados, como si no hubiera ninguna novedad en nuestra circunstancia, en las redes del pasado. Es, más bien, que tantos cambios en tan poco tiempo parecen habernos despojado de perspectiva histórica.

Múltiples factores se han combinado para producir esta sensación de desarticulación entre el ayer del que venimos y el mañana al que quisiéramos ir. Uno de los más significativos es, sin duda, la ausencia de narrativas que interpreten el pasado a la luz de los problemas y las inquietudes del presente, la falta de relatos que ofrezcan un horizonte temporal a los ciudadanos de un país que dejó de ser el que era. Y es que las viejas certezas de la historia (nacionalistas, revolucionarias, modernizadoras o, incluso, revisionistas) ya no sirven para encarar nuestras nuevas incertidumbres democráticas.

Todo proyecto de futuro requiere de un proyecto de pasado. Ocurre, sin embargo, que extraviados en el desencanto con la democracia, en un presente saturado de expectativas insatisfechas, no hemos sabido reconocer el hecho fundamental de que desmitificar la historia no es lo mismo que reescribirla. Denunciar las falsedades de la llamada “historia oficial”, desmentir las hazañas de los “héroes que nos dieron patria” o cuestionar qué motivos hay para celebrar doscientos años de ser “orgullosamente mexicanos” son ejercicios necesarios, más no suficientes, para reorientar nuestros destinos.

Porque la historia no puede limitarse a refutar las verdades de otro tiempo. Tiene, además, que arriesgarse a proponer otras más propicias para el nuestro.

Derribar monumentos no basta para construir futuro.

-- Carlos Bravo Regidor

La Razón, lunes 31 de mayo de 2010 

lunes, 24 de mayo de 2010

Un problema de percepción



El martes pasado, como parte de su gira de trabajo por España, el Presidente Felipe Calderón concedió una entrevista al programa “Los Desayunos de Televisión Española”. Fue una entrevista de poco más de veinte minutos en la que el Presidente pudo hablar a sus anchas, responder preguntas relativamente blandas, hacer un repaso general de la actualidad de México y el mundo. Calderón se veía cómodo, seguro, sereno. Lo que dijo, sin embargo, fue un tanto confuso.

Sobre la crisis económica se congratuló de que “hicimos la tarea”: por un lado, “tuvimos una política anticíclica muy activa, muy agresiva”; por el otro, “evitamos la tentación de seguir ampliando el gasto”, “liquidamos empresas públicas”, “tuvimos que incrementar la recaudación” y “eso ha permitido a México reducir su déficit”. O sea que fuimos buenos bomberos porque nuestra política para apagar el incendio consistió en… ahorrar agua.

Sobre la lucha contra el narcotráfico, en un principio comentó que “estamos avanzando y golpeando muy fuerte a la delincuencia. Claro que eso se asocia a un debilitamiento estructural y a una inestabilidad interna de los cárteles mexicanos que desde hace algunos años se han comenzado a pelear entre ellos, y debilitados por la acción del gobierno, han exacerbado su inestabilidad, sus divisiones internas, y eso genera la mayor cantidad de casos de violencia”. Pero tres minutos después sostuvo lo contrario: “El noventa por ciento de los homicidios son precisamente efecto de la lucha que libran unos cárteles contra otros. Eso es independiente de la acción del gobierno. Hay quienes equivocadamente dicen que la acción del gobierno es la que ha provocado la violencia. No es así. La violencia entre los cárteles es lo que, entre otras cosas, motiva la acción del gobierno”. La lógica del razonamiento es redonda: la prueba del éxito de la estrategia es que desestabiliza a los cárteles, de ahí que haya más violencia… pero esa violencia no es consecuencia sino causa de la estrategia. 

Finalmente, el Presidente rechazó “la propuesta absurda que hacen mis críticos”, a saber, “que el gobierno mexicano debe simplemente replegarse, como si por arte de magia los criminales se conviertan en santos barones --se les aparezca, como a San Pablo, Jesucristo, y se conviertan en buenos”. Es decir que cuando sus críticos cuestionan la falta de trabajo de inteligencia para desmantelar las redes financieras y logísticas del crimen organizado, o la falta de programas de largo aliento para recomponer el llamado “tejido social”, Calderón sólo escucha de repliegues, santos barones y Jesucristo.

Con todo, lo anterior es testimonio de que tiene razón el Presidente: sí, tenemos “un problema de percepción”… pero empieza en los Pinos.


-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 24 de mayo de 2010



lunes, 17 de mayo de 2010

Nostalgia

Dice Svetlana Boym que la nostalgia es la hija natural del encuentro entre un naufragio y una fantasía, la añoranza de una historia sin responsabilidad, una visión del pasado liberada de cualquier culpa o consecuencia. Advierte, sin embargo, que no todas son iguales, que hay de nostalgias a nostalgias. Por un lado las hay reflexivas, nostalgias que se reconocen como anhelos utópicos por escapar a la implacable tiranía del tiempo y que habitan en las ruinas de lo que fue. Por otro lado las hay restauradoras, nostalgias que se conciben como remedios urgentes contra los malestares de la actualidad y que buscan recuperar lo perdido erigiendo monumentos a lo que no pudo ser.

Entre la sensación de extravío que se instaló en la vida pública poco después del 2000 y la efervescencia política por el próximo proceso de sucesión presidencial en 2012, asistimos en México al surgimiento de una nostalgia que tiene algo de ambas: es reflexiva por lo que hay en ella de desilusión, es restauradora por su afán de hacerse nuevas ilusiones.

Pienso, por ejemplo, en la cantaleta de que hace falta un “proyecto de nación”, una especie de sustituto funcional del nacionalismo revolucionario, imponer por encima de nuestras discordias “mitos cohesionadores de repuesto” (Héctor Aguilar Camín). O pienso, también, en la idea de que el problema con el sistema político es que no produce “gobiernos de mayoría”, que ninguna fuerza puede mandar por sí sola, que la fórmula vigente para integrar el Congreso permite a las minorías “despojar al partido más grande de su eventual derecho a legislar” (José Córdoba). Y pienso, finalmente, en el desdén con que se minimiza el desprestigio del modelo económico, en la arrogancia con que se puede decir en un foro de reflexión sobre financiamiento y desarrollo que “no hay que hablar de cosas populares, hay que hablar de cosas importantes” (Pedro Aspe).

No se trata de una etérea nostalgia por el ideal democrático que había en los orígenes de la transición sino, más bien, de una nostalgia muy tangible por el programa de modernización autoritaria que quedó trunco en el pasado inmediato: por la épica del “liberalismo social”, por las mayorías absolutas previas a la reforma electoral de 1996, por la reputación de la tecnocracia hasta antes de la crisis de 1994.

He ahí, quizás, una de las mayores ironías de la alternancia: lograr la transfiguración del pasado, como si los problemas de hoy no tuvieran historia, en una esperanza para el porvenir.

-- Carlos Bravo Regidor

La Razón, lunes 17 de mayo de 2010

lunes, 10 de mayo de 2010

El espejo de Arizona



Más allá de la condena de rigor y de los gestos de solidaridad, buena parte de la opinión pública mexicana ha reaccionado a la ley SB1070 de Arizona oscilando, a grandes rasgos, entre dos impulsos: rasgarse las vestiduras y darse golpes de pecho. Han sido, en general, reacciones entre furibundas y masoquistas, entre gruñonas y culpígenas, que dicen mucho sobre las rutinas mentales que todavía imperan en nuestra idea de la relación México-Estados Unidos.

El grueso de las reacciones comparte tres características. La primera es una perspectiva estrictamente nacionalista, casi diría que narcisista, del problema; que sólo sabe considerarlo, pues, desde el punto de vista de México. La segunda es un craso desinterés por tratar de entender la aprobación de la ley SB1070 en sus propios términos, es decir, por pensarla en función de la coyuntura electoral en Arizona. Y la tercera es una evidente incapacidad para reconocer, dentro del limitado margen de acción que tiene el gobierno mexicano en este caso, las respuestas concretas y plausibles que ya está instrumentando nuestra red consular.

Dos ejemplos. Por un lado, Rosario Green: “Llegó la hora de responderles en los mismos términos. Cerremos la frontera, echemos a los arizonenses que pisen tierra mexicana, hagamos un boicot comercial. La dignidad no tiene precio”. Y, por el otro lado, Salvador Camarena: “A mí no me preocupa Arizona. No me preocupa su ley racista, retrógrada. Ni sus líderes extremistas. Ni la gobernadora Brewer, ni el alguacil Arpaio, ni los Minutemen, ni las redadas. Ni su grilla electoral. Ni el apoyo de la gente, de los arizonenses, a la ley que criminaliza la inmigración. A mí me preocupa México […] Me preocupa que ni la amenaza externa nos une […] Que los mexicanos no hayamos encontrado aún los medios para presionar a la clase política a romper su pacto de conveniencia, que parezca inexistente el sentido de urgencia, que la indignación sea estéril, que encojamos los hombros ante la partida de primos, sobrinos, padres, amigos y desconocidos”.

Ocurre, sin embargo, que precisamente por lo que tiene de grotesco el desplante de Rosario Green --¡de la embajadora Rosario Green!-- es que tendría que importarnos, y mucho, lo que no le importa a Salvador Camarena: porque, hoy por hoy, es en el ámbito de la política interna estadounidense, no en el de la mexicana, donde se decide el futuro de los inmigrantes indocumentados --donde se “acaba el futuro”, como dice la desgarradora crónica de Pablo Ordaz en El País de ayer. Agotar nuestra legítima indignación en exabruptos y lamentaciones sirve para recoger los aplausos de la tribuna local pero es, a fin de cuentas, otra manera de no hacernos cargo de ellos. Mucho más escandalosa pero igual de estéril que encogernos de hombros.

--Carlos Bravo Regidor

La Razón, lunes 10 de mayo de 2010

lunes, 26 de abril de 2010

Demagogia del desencanto

Un espectro se cierne sobre nuestra conversación pública: es el espectro de una nueva demagogia. No es la demagogia de los candidatos en temporada de elecciones, tampoco la de los que proclaman “la insurrección que viene” ni la de los que ansían políticas de “mano dura”. Es una demagogia que cabalga a medio camino entre la aspiración populista (“no soy un hombre, soy un pueblo”) y la persuasión tecnocrática (“poca política, mucha administración”), una demagogia menos para las masas que para los medios, más de circunloquios y ceños fruncidos que de gritos y golpes en el podio. Es la demagogia del desencanto. 

A grandes rasgos, tres factores contribuyen a su surgimiento: primero, un proceso de democratización rápidamente rebasado por las propias ilusiones que lo impulsaron; segundo, una profunda descomposición del orden público que ha puesto en evidencia la debilidad de las instituciones; y, tercero, la larga agonía del nacionalismo revolucionario y la impresión de que, tras el fiasco del “liberalismo social”, el país ha carecido de un proyecto que le dé rumbo.

El resultado es una vaga sensación de crisis, de inseguridad e impotencia, muy propicia para la demagogia, es decir, para pregonar soluciones simples a problemas complejos. O, mejor dicho, no soluciones sino redención. Y no tanto de los problemas sino, más bien, de su complejidad: de que no hay soluciones fáciles, únicas, ni infalibles.

En ese contexto, decimos “desencanto” para referirnos a un amplio repertorio de malestares, de inquietudes e incertidumbres, porque el cambio de régimen no ha producido los frutos que esperábamos. Y al hacerlo reivindicamos, sin duda, un derecho democrático elemental: el derecho a no estar satisfechos.

Ocurre, sin embargo, que el desencanto forma parte constitutiva de la experiencia democrática: tener que negociar en las buenas y en las malas; tolerar que a veces se gana y a veces se pierde; participar en la toma de decisiones con las que uno puede estar en desacuerdo; en fin, admitir que hay expectativas que la democracia, por sí misma, no puede satisfacer. Pasar por alto ese hecho, hacer como si el desencanto fuera un ominoso indicio de que la transición nos quedó a deber y no una prueba de que la transición ocurrió como pudo ocurrir; pretender que el desencanto equivale a una dolencia que es necesario aliviar para que la democracia florezca armónica y dichosa, no a un síntoma de que habitamos ya en el territorio conflictivo y enfadoso de la democracia realmente existente; eso va más allá de ejercer el derecho a la insatisfacción. Eso es incurrir en la demagogia.

Porque la democracia posible es desencantadora… o no es.

-- Carlos Bravo Regidor
(
La Razón, lunes 26 de abril de 2010) 

lunes, 19 de abril de 2010

La voz de los intelectuales


En recuerdo del tiet Francisco Bergada

Hubo una época, no hace mucho, en la que los intelectuales se guardaban de vez en cuando. No estaban todo el tiempo en las pantallas, en la radio, en la prensa, sino que descendían de sus Olimpos sólo en los momentos importantes, como para certificar que había pasado algo sobresaliente, significativo. De ahí que su voz no se escuchara como la voz de un mortal, sino, más bien, como la de un Mesías: grave, profunda, grandilocuente. El suyo era un ministerio que consistía en dar fe, públicamente, de que algo fundamental estaba sucediendo.

Una de las consecuencias de los cambios ocurridos durante las últimas décadas ha sido el paulatino desgaste de esa concepción, digamos, oracular de los intelectuales. Conforme nuestra vida pública se fue democratizando, poco a poco se fueron erosionando las condiciones culturales sobre las que se asentaba esa majestad, esa mística, esa autoridad de los intelectuales. Ayer detentaban el privilegio de ser venerables predicadores que nos decían cuál era el sentido de la historia; hoy los ritmos del ciclo informativo les imponen la obligación de tener que decir algo, lo que sea, sobre la redundante actualidad de cada día.

Así, su voz dejó de ser la de “quienes hablan al mundo de manera trascendente” (Julien Benda) para convertirse, en cambio, en la de quienes hablan al mundo de manera permanente. Ya no es la voz despótica de la verdad revelada, sino una de las tantas voces que coexisten en la prolífica discordia de la conversación pública. Su opinión, antes imponente e inapelable, ahora es apenas otra más en el mar de opiniones —frívolas o lúcidas, coherentes o confusas, compatibles o contradictorias, todas coyunturales y discutibles— en el que estamos condenados a navegar por el hecho de vivir, bien que mal, en una democracia.

De hecho, el término para denominarlos ya ni siquiera es “intelectual” sino, “analista político”; el verbo con el que ellos mismos identifican su oficio ya no es “pensar”, sino “opinar”; su expresión distintiva ya no son los monólogos insufribles, sino las mesas de debate en las que se arrebatan la palabra unos a otros. En fin, su voz perdió en magnificencia lo que ganó en ubicuidad.

Los hay sobrios, que han sabido admitir con mucho decoro esa nueva condición y asumir que no hablan más que por su propia conciencia; pero los hay también nostálgicos, que no se han enterado de que el país ya no es lo que era, y que siguen queriendo hablar como si fueran portavoces plenipotenciarios de la historia —ahora en clave de “el interés nacional”, “la opinión pública” o “la sociedad civil”—. La voz de los primeros se aboca a hacer la modesta crónica del presente. La de los segundos, a azuzar la furiosa demagogia del desencanto.

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, lunes 19 de abril de 2010)

domingo, 11 de abril de 2010

Retrato de los tiempos

Tengo frente a mí un ejemplar de la revista Proceso de la semana pasada. En portada, la fotografía de dos figuras contrastantes: Julio Scherer, “Don Julio”, viejo decano del periodismo mexicano, e Ismael Zambada, “el Mayo”, uno de los hombres fuertes del cártel de Sinaloa.

Scherer se ve desmejorado: añoso, sin peinar, con una mueca desencajada y las manos refugiadas en los bolsillos del pantalón. Su mirada, entre ausente y perpleja, nos mira con desconcierto. Su cuerpo luce contraído y tenso. Se le nota cohibido, incómodo, inseguro. No sólo no está en su territorio sino que ni siquiera sabe dónde está. Inerme, se deja ver a merced de quien lo ha llevado hasta ese lugar, aunque con su pleno consentimiento, para ofrecerle una entrevista en la que él mismo se reconoce “debilitado”.

Zambada, en cambio, se ve entero: hincha el pecho, alza el mentón e inclina ligeramente la cabeza hacia atrás, una mano bien puesta en la cintura y la otra abrazando por encima del hombro a su entrevistador. Su gesto es a un tiempo parco y altanero, protector y amenazante. Su mirada entrecerrada, inescrutable, se nos oculta bajo la sombra de una gorra. Su cuerpo se ve recio, corpulento, macizo “como una fortaleza”. Se le nota dueño de sí mismo y en absoluto control de la situación. Altivo, campante, seguro.

En la crónica de la entrevista aparecen algunas frases que ponen la imagen en contexto. De Scherer: “A propósito de su hijo, ¿vive usted su extradición con remordimientos que lo destrocen en su amor de padre?”; “Zambada lleva el monte en el cuerpo, pero posee su propio encierro […] Para él no son los cumpleaños, las celebraciones en los santos, pasteles para los niños, la alegría de los quince años, la música, el baile”; “Zambada no objeta la persecución que el gobierno emprende para capturarlo. Está en su derecho y es su deber. Sin embargo, rechaza las acciones bárbaras del Ejército”. Y de Zambada: “Si me atrapan o me matan, nada cambia”; “Me pueden agarrar en cualquier momento o nunca”; “En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí”.

La fotografía, dice Scherer, es para probar “la veracidad del encuentro con el capo”. A mí, sin embargo, me parece que la imagen dice –literalmente– lo contrario: que es el capo quien ha querido dejar un testimonio muy público de su encuentro con el periodista.

En cualquier caso, el retrato de Scherer y Zambada captura con precisión lo que los románticos llamaban “el espíritu de los tiempos”: que la prensa no sabe, bien a bien, qué hacer con el narco; pero los narcos saben perfectamente bien lo que están haciendo con la prensa.

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, lunes 12 de abril de 2010)

lunes, 5 de abril de 2010

Parálisis, mayoría e imaginario democrático

Durante los últimos meses, buena parte de la discusión sobre la reforma política se ha concentrado en un problema falso y una solución ficticia. El problema falso es que la democracia mexicana padece una parálisis legislativa; la solución ficticia, que hay que fabricar mayorías absolutas favorables al Presidente.

El problema es falso porque no hay tal parálisis. Lo que hay son cuatro o cinco temas (energía, impuestos, telecomunicaciones, trabajo, educación) con respecto a los cuales impera una cierta urgencia por tomar decisiones pero sin que existan consensos entre los partidos políticos. ¿Y por qué no existen esos consensos? Por poderosos intereses que se oponen a cualquier cambio, por discrepancias al interior de los propios partidos, por temor a tener que asumir los “costos”, por la multiplicidad de diferencias que segmentan al electorado. En pocas palabras, porque a veces así es la democracia realmente existente: intrincada, reacia, frustrante.

La solución es ficticia porque quiere resolver ese falso problema fabricando mayorías absolutas adeptas al Presidente donde, simple y llanamente, no tiene por qué haberlas. No sólo porque desde 1997 (es decir, desde que México es una democracia) ninguna fuerza política ha logrado reunir más de la mitad de los votos en ninguna elección federal sino, además, porque los mexicanos han optado por votar dividido (por un partido para el Congreso, por otro para la Presidencia) una y otra vez. De modo que adoptar fórmulas que trastoquen deliberadamente la relación entre sufragios y escaños (como la cláusula de gobernabilidad o la eliminación del tope a la sobrerrepresentación) es tanto como enmendarle la plana a los electores.

Con todo, la discusión ha servido para exhibir los límites del imaginario democrático de una parte nada desdeñable de nuestra comentocracia. Por un lado, la predecible dificultad para tomar decisiones con respecto a algunos temas muy complicados y polémicos se la representan, sin mayores matices, como una “parálisis” generalizada. Por el otro, asumen que la mejor respuesta ante semejante dificultad consiste en soslayar la dispersión del poder que impone la voluntad soberana de los ciudadanos, es decir, en forzar la integración de mayorías absolutas donde no las hay. Y, para terminar, suponen que lo ideal sería que esas mayorías absolutas fueran las del partido del Presidente.

En suma, imaginan una democracia de decisiones fáciles, en la que el Congreso no refleje la diversidad que hay en el país y en la que el Presidente mande sin que haya demasiada oposición. Seamos francos: esa “democracia” que imaginan se parece mucho a la que tuvimos con el PRI.

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 5 de abril de 2010)