lunes, 26 de octubre de 2009

"Latino in America"

La cadena CNN trasmitió, la semana pasada, un programa especial sobre la situación de la comunidad hispana en Estados Unidos: “Latino in America”.

El formato del programa se mantuvo, de principio a fin, fiel a la tradición norteamericana del periodismo narrativo. Un periodismo que busca ir más allá del rigor de los datos o las cifras, que no se conforma con reproducir las opiniones de los expertos, que contrasta con la premura y la despersonalización que imponen los vértigos del ciclo mediático para, en cambio, concentrarse en la experiencia cotidiana de las personas, en la trama menuda pero significativa de sus rutinas, sus esperanzas, sus frustraciones.

El resultado fue un mosaico de historias que supo reflejar, con gran empatía, la diversidad que existe al interior de la comunidad hispana: una exitosa chef venezolana en Miami; una pareja dominicana en Charlotte cuyos hijos, ciudadanos norteamericanos, ya no quieren identificarse a sí mismos como “latinos”; una adolescente de origen guatemalteco en Los Ángeles que, por falta de apoyo familiar y un embarazo no planeado, no logró graduarse a tiempo de high school; un actor Mexican-American que busca ampliar su repertorio con papeles que no sean de jardinero, inmigrante o delincuente; una niña que viajó sola desde Centroamérica para cruzar la frontera y tratar, sin éxito, de reencontrarse con su madre en Estados Unidos; un inmigrante mexicano asesinado brutalmente en el pequeño pueblo de Shenandoah, cuyos homicidas fueron castigados con sentencias mínimas; etc. Pero un mosaico que hizo evidente, también, los límites de la discusión sobre el tema en la propia CNN.

Y es que su barra de programación está el noticiero de uno de los líderes de opinión más hostiles contra la comunidad hispana, Lou Dobbs, célebre por difundir información falsa y dolosa contra los inmigrantes indocumentados (representándolos, por ejemplo, como leprosos, criminales o violadores) y por elogiar la labor “patriótica” de grupos vinculados con el supremacismo blanco. Nada de lo cual figuró en “Latino in America”.

Múltiples organizaciones comunitarias, promotoras de los derechos civiles y observatorios de medios se han congregado en una campaña, bastadobbs.com, para exigir a CNN que se haga cargo de la incongruencia: ¿quieren ser parte de la solución, promoviendo el entendimiento y la integración de la comunidad hispana, o parte del problema, dando espacio en su pantalla a un discurso de odio como el que promueve Dobbs?

El mercado de televidentes “latinos”, el de mayor crecimiento en los últimos años, está esperando su respuesta.

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, Lunes 26 de Octubre de 2009)

lunes, 19 de octubre de 2009

1982 entre nosotros

Hay años que expresan épocas enteras. Que no siempre tienen la suerte (o la desgracia) de colarse en el calendario cívico, de convertirse en instrumentos para forjar patria, pero cuya influencia sobre el presente a veces es más palpable que la de aquellos cuyo aniversario conmemoramos con días de asueto, monumentos, desfiles, discursos o minutos de silencio.

1982 es, en la historia reciente de México, uno de esos años. No fue el último del milagro mexicano (que hizo agua desde fines de la década del sesenta) ni el primero de las privatizaciones (que arrancarían un par de años después), mas terminó convirtiéndose en el año emblemático de ese tránsito, digamos, entre el “desarrollo estabilizador” y el “neoliberalismo”.

Annus horribilis según cualquier indicador (PIB, tipo de cambio, inflación, deuda externa, desempleo, déficit público, precio del petróleo, etc.), quizás la imagen que mejor lo representa es la del presidente López Portillo en su último informe de gobierno: furioso, desesperado, patético, advirtiendo “no vengo a vender paraísos perdidos”, decretando la nacionalización de la banca porque “ya nos saquearon, no nos volverán a saquear” y pidiendo perdón, con lágrimas en los ojos y dando un puñetazo sobre el pódium, “a los desposeídos y marginados […] por no haber acertado a hacerlo mejor”.

Fue el año cero de la crisis, término que desde entonces empezó a significar no sólo una coyuntura difícil, una fase de inestabilidad económica, una encrucijada entre la recuperación o el colapso sino además, como lo ha explicado Claudio Lomnitz, “un grave obstáculo para la producción de imágenes creíbles sobre un futuro deseable”. Y eso que, en ese momento, todavía no sabíamos lo que nos depararía el sexenio del presidente Salinas.

Con todo, en los últimos años nos hemos empeñado en interpretar el desencanto ciudadano en clave democrática, como si fuera resultado del encuentro entre las abultadas expectativas que generó la alternancia en el poder y los resultados, más bien modestos, que ha reportado. Seguramente hay algo de eso en la antipatía que inspira hoy, como conjunto, la clase política.

Puede ser, sin embargo, que ese desencanto tenga que ver también con el legado de 1982. Que nuestra imposibilidad para imaginar el porvenir sea, pues, previa a la “transición”. Menos la consecuencia de una alternancia decepcionante que de una falta de credibilidad incubada, durante las últimas tres décadas, en la progresiva erosión de lo público, es decir, de la capacidad de habitar y darle sentido a un mundo en común. A que vivimos, desde hace más tiempo del que parecemos dispuestos a reconocer, en el país del sálvese quien pueda.

-- Carlos Bravo Regidor
(
La Razón, Lunes 19 de Octubre de 2009)

lunes, 12 de octubre de 2009

25 años de La Jornada

Hubo un tiempo, no hace tanto, en que La Jornada era un periódico joven. Que ofrecía información fresca, diferente; que procuraba reflexiones originales, análisis precisos y punzantes; que brindaba una visión propositiva del país.

Fundada en 1984, supo convertirse en el espacio de encuentro para corrientes de opinión muy críticas: con el programa de ajuste económico que se puso en marcha luego de la crisis del 82; con el abandono de la política de masas del régimen de la Revolución Mexicana; con una cultura nacional que hacia las de coartada para todo tipo de abusos, intolerancias y atrasos.

El suyo nunca fue un periodismo imparcial, que pretendiera comunicar los hechos con distancia y sin tomar partido, sino un periodismo comprometido, explícitamente de izquierda. Era, pues, un periódico con proyecto: social, democrático, contestatario.

En sus páginas pioneras, a un tiempo militantes y desparpajadas, se consolidaron voces como el Por mi madre bohemios de Carlos Monsiváis, la Plaza pública de Miguel Ángel Granados Chapa, La ciencia en la calle de Luis González de Alba; la escuela de fotoperiodismo que fueron Pedro Valtierra, Rogelio Cuéllar y Frida Hartz; suplementos como las Histerietas de Jis y Trino, La Jornada Semanal de Roger Bartra o Juan Villoro, etc. Grandes artesanos de cuyos oficios renovadores ya no queda, en La Jornada de hoy, ni el polvo.

Iba que volaba para ser el periódico de la transición pero en algún momento (¿1994, 1997, 2000?) perdió la vitalidad, el ingenio, los talentos que lo habían caracterizado.

Así, mientras el país se abría a nuevas incertidumbres La Jornada se fue encerrando en sus viejas certezas hasta volverse eso que es hoy: un periódico sectario, amargo, sin matices ni complejidad, adicto a cargar las tintas y a encuadrarlo casi todo conforme a la lógica de una teoría de la conspiración. Un periódico al que, aparentemente, no le ha quedado más que compensar por las luces que ha perdido con una cada vez más inflamada combatividad.

La semana pasada, por ejemplo, informaba sobre el conflicto en Luz y Fuerza del Centro resumiendo: “Lozano Alarcón se lanza con todo y descabeza al SME”. En la Rayuela, esta ponderación: “Frente a la planta de luz rueda la cabeza con un mensaje garrapateado sobre una hoja: Para que aprendan a respetar”. Ayer mismo, su nota principal era “El gobierno asalta instalaciones de LFC, ordena su extinción”. Y en la Rayuela: “Parte de guerra: las armas nacionales se vistieron de gloria. Tropas al mando del general sin estrellas arremetieron contra trabajadores desarmados”.

Reviso ejemplares viejos de La Jornada y me convenzo de que estaba destinada a convertirse en El País mexicano. Leo los ejemplares de estos días y veo, ay, que terminó siendo el Alarma de la izquierda.

-- Carlos Bravo Regidor
(
La Razón, Lunes 12 de Octubre de 2009)

lunes, 5 de octubre de 2009

Recortes a la cultura

Recibo un correo electrónico, de una persona que no conozco, invitándome a una “movilización contra recortes a la cultura”. El 2 de octubre, a las 15:30 horas, frente al Palacio de Bellas Artes. La sintaxis, aparentemente, ha sido la primera víctima de los recortes: “ante la crisis económica y social por la que atraviesa México los presupuestos a educación y cultura deben aumentarse, más que nunca el país requiere de apoyarse en estos sectores como la ÚNICA vía pacífica mediante la cual se evitará que el resquebrajamiento de la nación en oleadas de descontento y violencia”.

El mensaje, sin embargo, tiene su interés. No porque sea original (más o menos en esa misma tesitura se han expresado, para llevar agua a su molino, el rector de la UNAM, la Conferencia del Episcopado Mexicano, la bancada perredista en el Senado, el Consejo Coordinador Empresarial y la Confederación Nacional de Organizaciones Populares) sino por lo sintomático que resulta como forma de articular una demanda, de apelar a un repertorio simbólico.

Primero se advierte que hay dificultades, se menciona el presupuesto, se hace alusión a una violencia inevitable en caso de no darles lo que piden al “Frente en Defensa del Arte y la Cultura” y demás abajofirmantes. El lenguaje no podría ser más transparente, más afín al de una extorsión. Más teatro, más museos, más música… o, ya sabemos, ahí viene el 2010.

Luego sigue la referencia de rigor a la Constitución. La amenaza de ruptura elevada, entonces, a rango de garantía individual. Porque la movilización, dice el texto con toda solemnidad burocrática, se fundamenta en “la defensa de nuestro derecho a la cultura consagrado en la fracción novena del artículo cuarto constitucional”.

Y finalmente, para completar el cuadro, está el toque de legitimidad histórica que ofrece una vaga evocación de Tlatelolco, la fantasía parasitaria de que la lucha de entonces y la de ahora son la misma: “hoy como hace 41 años es indispensable salir a la calle a la defensa de las libertades democráticas”.

Estos son, en suma, los términos en que se plantea la demanda: ¡más presupuesto o no respondo chipote con sangre fracción novena del artículo cuarto el pueblo unido jamás será vencido!

Con todo, no deja de haber algo involuntariamente conmovedor, triste, en este asunto. Porque más allá del amago chantajista y de la hueca retórica sesentayochera hay gente que perderá su trabajo, proyectos que quedarán inconclusos, públicos ávidos de oferta cultural. Todo lo cual merecería una formulación menos arcaica, propuestas serias, liderazgos más creativos. Otra cultura de la cultura.

-- Carlos Bravo Regidor
(
La Razón, Lunes 5 de Octubre)

lunes, 28 de septiembre de 2009

Historia, ¿para qué?

Hace casi treinta años se publicó Historia, ¿para qué?, una colección de ensayos sobre el significado de la reflexión histórica en México luego de la matanza de Tlatelolco. No era una lección de revisionismo light ni una insulsa diatriba contra la “historia oficial”, como las que proliferan ahora, sino una apremiante meditación en torno a la legitimidad y la utilidad del pasado tras ese quiebre cultural en el que supo convertirse el 2 de octubre.

Casi todos habitantes paradigmáticos del flanco izquierdo de la generación del 68 (el casi son Luis Villoro, Luis González y José Joaquín Blanco), sus autores procuraban reivindicar una idea de la historia abiertamente politizada, militante, comprometida con un programa de transformación social. 

Y es que convencidos como estaban de que “en todo tiempo y lugar la recuperación del pasado, antes que científica, ha sido primordialmente política” (Enrique Florescano), les parecía “cada vez más insostenible la pretensión de desvincular la historia en la que se participa y se toma posición de la historia que se investiga y se escribe” (Carlos Pereyra). 

Querían, pues, una historia crítica que ejerciera de contrapeso al “discurso del poder” (Adolfo Gilly); una historia abocada a desenmascarar la Revolución Mexicana como nuestra “mayor hazaña ideológica […] la gran cortina de humo que ha ocultado, justificado, impugnado, enrarecido la percepción y la práctica del asunto fundamental: el desarrollo del capitalismo mexicano” (Héctor Aguilar Camín); una historia que le devolviera al presente un sentido de trascendencia, que fungiera como un  saber que “nos cohesiona y, de algún modo, nos instala en el porvenir” (Carlos Monsiváis). 

Mucha agua ha corrido, desde entonces, bajo el puente de aquel desafío. El país es otro pero no en el sentido que ellos, en aquel entonces, imaginaban. ¡Cuánta razón llevaba el viejo Marx en aquello de que los hombres hacen su propia historia pero no conforme a su propia voluntad! 

En la víspera de los centenarios, sin embargo, volver a Historia, ¿para qué? resulta un ejercicio a un tiempo anticuado e inquietante. 

Anticuado porque la de la historia ya no es, ya no puede ser, una sola voz, una misma visión, un único destino. Hoy la historia es, tiene que ser, varias voces, diversas visiones, muchos Méxicos. No la madre de un gran proyecto nacional sino la hija de una multitud de presentes más o menos democráticos. 

Inquietante porque esa pluralidad de presentes que somos hoy no inspira ni la ambición intelectual ni el apetito de futuro que le sobraban, hace treinta años, a ese proyecto que fue Historia, ¿para qué?

--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 28 de Septiembre de 2007)

lunes, 21 de septiembre de 2009

Normalidad democrática

El paquete económico para 2010 presentado por el gobierno federal obedece, básicamente, a dos prioridades: a) la necesidad de cubrir el “boquete fiscal” (370 mil millones de pesos) que han dejado la recesión y la caída en la producción de petróleo; y b) el imperativo de mitigar los efectos de la recesión entre la población con menores ingresos.   

Para lo primero propone una combinación de más impuestos, algunos recortes, ajustes y un modesto aumento de la deuda. Para lo segundo, destinar más recursos para el combate a la pobreza.   

La oposición ha respondido, en términos generales, conforme a tres lógicas: 1) enojo por los excesos e ineficiencia en el manejo de los recursos públicos; 2) exigencia de contrarrestar los efectos de la recesión y reactivar la actividad económica; y 3) reclamo de aprovechar la oportunidad para adoptar otro modelo de desarrollo.   

La primera lógica demanda más austeridad, disminuir el gasto corriente, reducir sueldos y personal. La segunda pide expandir el gasto público, elevar la inversión, fomentar la generación de empleos. Y la tercera convoca a dotar al Estado de más instrumentos para intervenir en la economía y procurar una mayor redistribución de la riqueza.   

La propuesta del gobierno enfatiza la gravedad de la coyuntura y la debilidad de las finanzas públicas. En su visión imperan las dificultades, las restricciones, los compromisos financieros.     

La oposición enfatiza, en cambio, lo inadecuado o incompleto de las medidas propuestas y su falta de ambición. En su visión imperan las convicciones, la insatisfacción, las expectativas.   

El punto débil del gobierno ha sido no plantear la modificación de los llamados regímenes especiales (exenciones, deducciones, subsidios fiscales, tasas cero, etc.) y por los cuales este año se dejarán de percibir, según cifras del propio secretario de Hacienda, 465 mil millones de pesos (1.3 veces el monto del “boquete fiscal”).   

El punto débil de la oposición ha sido insistir en la alternativa del déficit para impulsar una política contracíclica, pues difícilmente los mercados ofrecerán créditos a tasas accesibles para financiarle una caída permanente de la producción petrolera a un país con una estructura fiscal tan endeble como México.           

Desde la perspectiva de la oposición parece que al gobierno le faltan decisión y audacia. Desde la perspectiva del gobierno parece que a la oposición le falta hacerse cargo de los costos y las consecuencias.   

En esas estamos: entre un gobierno sin margen de maniobra y una oposición sin responsabilidad.      

Ese es, hoy, el rostro de nuestra normalidad democrática.


--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 21 de Septiembre de 2009)

lunes, 14 de septiembre de 2009

Voltaire, Tutino y el 2010

Decía Voltaire que la superstición es a la religión lo que la astrología a la astronomía: la hija idiota de una madre sabia. Advertía, sin embargo, que esas dos hijas proliferan en tiempos de confusión igual que en tiempos de carencia proliferan los falsificadores de billetes.           

Casi lo mismo hubiera podido escribir hoy, en la víspera de los centenarios, sobre esos augurios de “estallido social” que empiezan a abundar en nuestra conversación pública. Si en 1810 fue la independencia y en 1910 la revolución, en 2010… ¡Alarma!           

Con todo, más allá de la superchería cabalística, de la franca insidia o el mero sensacionalismo, la preocupación por los ciclos históricos y las crisis seculares en la historia de México ha producido algunas investigaciones muy instructivas. Quizás la más importante es la de John Tutino, De la Insurrección a la Revolución en México, un magnífico libro que explica la dinámica de la violencia agraria, desde fines del virreinato hasta el cardenismo, en función de dos factores: uno, los agravios que se gestan entre las clases campesinas por el deterioro en sus condiciones de vida y, dos, las oportunidades estratégicas para el levantamiento armado que ofrecen la debilidad o fragmentación de las élites en el poder.           

Hace un par de años, en un artículo sobre la posibilidad de nuevos levantamientos rurales (en el libro coordinado por Elisa Servín y Leticia Reina, Crisis, Reforma y Revolución), Tutino agregó un tercer factor a su modelo: las capacidades subversivas de los núcleos agrarios, es decir, el grado de liderazgo, organización, visión y sustento material necesarios para desafiar el orden establecido. Su argumento es que luego del último momento revolucionario (1910-1940) el campo mexicano experimentó un proceso de transformación muy profundo, inédito, cuyo resultado fue la erosión permanente de sus capacidades subversivas. Tal vez surjan otras formas de protesta o rebeldía, concluye Tutino, pero la era de las revoluciones tal y como las conocimos en los últimos dos siglos ha llegado a su fin.

Para algunos será una conclusión acertada o tranquilizadora; para otros, incorrecta o triste. En cualquier caso, se trata de un planteamiento bien fundamentado, riguroso, serio, con el que tendrían que habérselas quienes auguran, como si nada hubiera cambiado en los últimos veinte o cincuenta o cien o doscientos años, un 2010 puntual e irremediablemente revolucionario. 

De lo contrario sabremos, a la Voltaire, que lo suyo es falsificar el futuro para lucrar en tiempos de incertidumbre, que sus profecías no son más que hijas idiotas de esa madre sabia que es la historia.    

-- Carlos Bravo Regidor 
(La Razón, Lunes 14 de Septiembre, 2009) 

lunes, 7 de septiembre de 2009

Estampas mexicanas desde Chicago

1. Talentosa periodista y escritora, con muchas horas de vuelo en temas mexicanos, viene a la Universidad de Chicago a dar una charla.          

Con profunda desazón, repasa la actualidad de un país roto, recuerda las promesas de nuestro viejo nacionalismo, contrasta el México lindo y querido de Chucho Monge con el de Gimme tha power de Molotov. Lamenta, sobre todo, que la identidad nacional se nos haya vuelto sinónimo de derrota. Al terminar su exposición, arranca un nutrido intercambio de preguntas y comentarios. En el público, todos estudiantes, hay dos Méxicos: el de México y el de Estados Unidos. Los mexicanos de México confirman el diagnóstico, asienten entre furiosos y alicaídos, comparten su testimonio del desaliento. Los mexicanos de Estados Unidos discrepan, fruncen el ceño, no se reconocen en ese abatimiento. Una joven, hija de inmigrantes indocumentados, hace entonces una recia y conmovedora defensa de lo que para ella significa ser Mexican. Tras su intervención se hace un vasto, irrefutable silencio. Una voz concluye, lacónica, nombrando la ironía que ha quedado al descubierto: “quizás ocurre que hoy sólo se puede ser orgullosamente mexicano aquí, en Estados Unidos”.        

2. Conferencia sobre “consolidación de la democracia en México”. Asiste lo más granado de la academia, la política y los medios mexicanos. Entre el público están los estudiantes de siempre, algunos funcionarios del consulado y un considerable contingente de líderes y compañeros de organizaciones comunitarias de los barrios mexicanos de Chicago.        

Comienza la discusión: reformas, instituciones, Congreso… Cada tanto hay una pausa para que la amable concurrencia participe. Y cada tanto la concurrencia, en voz de los líderes y compañeros, insiste en la misma pregunta: “¿y los inmigrantes?” Los conferencistas le sacan el bulto, dicen cualquier cosa, alguno arroja un par de cifras sobre las remesas y cambia de tema. A otro se le prende el foco y comienza a hablar del voto de los mexicanos en el extranjero. La concurrencia tiene la amabilidad de abuchearlo. El ambiente se crispa. 

De pronto, un mexicano que estudia business (el mismo que cuando vino Salinas de Gortari le dijo que era su “fan número uno”) le arrebata el micrófono a un modesto compatriota que empezaba a preguntar, otra vez, sobre los inmigrantes. Le espeta algo que no alcanzo a escuchar pero con un gesto muy agresivo que lo dice todo. Un profesor, visiblemente molesto, le exige que le devuelva el micrófono al señor y lo deje hablar. El compatriota hace entonces una pregunta de ocho minutos que nadie tiene la amabilidad de entender, pero cuando termina todos le aplaudimos.            

3. Leyenda en la camiseta de un estudiante Mexican-American: “Nosotros no cruzamos la frontera. La frontera nos cruzó a nosotros”.           

--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 7 de Septiembre, 2009)   

lunes, 31 de agosto de 2009

Inercias

Escribe Jesús Silva-Herzog Márquez, en su columna del lunes pasado en Reforma, que el nuestro es un pluralismo sin calado, epidérmico: “los votos castigan y premian […] pero debajo de ese flujo de recompensas y escarmientos se solidifica un extensísimo territorio inmutable. Bajo la sociedad abierta de los votos, la sociedad cerrada de los intereses petrificados”.  

Escribe Héctor Aguilar Camín, en su columna del miércoles en Milenio, que el Presidente Calderón no parece dispuesto ni a la menor audacia: “percibo, como muchos, una indefinición del gobierno sobre el horizonte de debilidad en que lo dejan los resultados electorales de julio. Percibo también síntomas de un enconchamiento defensivo en la trinchera reforzada de los leales”. 

Y escribe Luis F. Aguilar, en su columna del mismo miércoles en Reforma, que nuestra sobredosis cotidiana de “malas noticias y opiniones calamitosas” comienza a producir una rutina perversa: “la costumbre de pensar que la realidad del país es así y no puede ser de otra manera y la costumbre de volvernos distantes e indiferentes” ante ella.            

He ahí, en tres trazos, la narrativa más acabada de nuestro presente. Un presente que hemos convenido relatar en función de inercias: las de los intereses intocables (monopolios, televisoras, partidos, sindicatos), las de un gobierno impotente (porque no tiene mayoría en el Congreso, porque las finanzas públicas están colapsadas, por el estilo personal de gobernar en turno) y las de una sociedad derrotada por tantos problemas (pobreza, crimen organizado, desempleo, corrupción, influenza, etc.).          

Se trata de un relato en el que las inercias se refuerzan entre sí, no sólo para que todo se conserve como está sino, además, para que no nos quede más que resignarnos. Porque los “costos” son demasiado altos, porque no existen las “condiciones” o los “incentivos”, por que falta el “liderazgo” o el “proyecto de naciión”, porque la “cultura política”... en fin, porque aparentemente no hay fuerza que pueda alterar el estado de cosas.          

Sospecho, sin embargo, que la inercia está sobre todo en esa manera de interpretar nuestra circunstancia. En la perspectiva desde la que miramos al país, en la impaciencia de que no sea lo que quisiéramos, en la frustración que nos provoca lo que es. ¿Hay mayor inercia que la de contarnos nuestra historia como la de una desesperante colección de inercias?   

Y es que, para decirlo a la manera de Fidel Velázquez (que algo sabía al respecto), llevamos doscientos años diciéndonos que las cosas no pueden seguir así.         

-- Carlos Bravo Regidor 
(La Razón, Lunes 31 de Agosto de 2009)   

lunes, 24 de agosto de 2009

Profesionales de la opinión

Una de las consecuencias más visibles de la “transición” en nuestros medios de comunicación ha sido el surgimiento de un nuevo tipo de figura pública: el profesional de la opinión.

Se trata de una figura híbrida, un tanto camaleónica, en la que se reúnen la solemnidad de una autoridad clerical (que pontifica desde el púlpito del deber ser), el prestigio de un intelectual moderno (que acusa, que denuncia, que le dice sus verdades al poder) y la ubicuidad de la popularidad mediática (que les da la fama por la fama misma). Es una figura que conjuga, en suma, algo de sacerdote, algo de agitador y algo de celebridad. 

Algunos provienen de la academia, aunque entre más éxito cosechan en el oficio de opinar menos suelen ejercer la investigación y la docencia. Otros se formaron en la propia prensa, eran reporteros o redactores o corresponsales que crecieron hasta volverse, digamos, periodistas de altos vuelos. Y otros más han gravitado en la intersección de la política y los negocios, ya sea porque fueron funcionarios o asesores, ya porque tienen sus consultorías, ya porque conocen a quien hay que conocer.  

Como sea, están en todos los medios (radio, periódicos, televisión, revistas, internet), incluso varias veces a la semana. La profesión les exige estar al día, aprender a pensar de botepronto, mucha improvisación y hartas tablas.

En ocasiones, no deja de sorprender su capacidad para decir cosas interesantes sobre temas que parecen aburridísimos, para hacer análisis muy lúcidos o críticas certeras. Pero en otras ocasiones, no deja de decepcionar que no tengan nada que aportar, que su opinión sea tan poco original o que de plano repitan lo que ya han dicho en otro lado u otras veces. Cuando lo primero, se les notan la destreza de pensamiento, el buen juicio y la agilidad verbal. Cuando lo segundo, sin embargo, también se les nota que no tienen tanta idea de lo que hablan, que creen que el público no se da cuenta o que simplemente no se cansan de escucharse a sí mismos.     

Su ascenso sobrevino durante los años noventa, su auge ocurre en la década que está por terminar. En cierto sentido, son heraldos de la incertidumbre, voces que supieron multiplicarse en tiempos de crisis, de cambio, de esperanzas y desilusión.  

Tengo la impresión, no obstante, de que comienzan a perder el lustre que tuvieron: que su nicho ya se saturó, que ya no se les toma tan en serio, que la  figura como la hemos conocido ya no tiene mucho más que dar. Será que las condiciones ambiente que les permitieron desarrollarse ya no son lo que eran, que la autocomplacencia les está ganando, que la creatividad se les acaba, o que la serpiente se les desencantó. 

--Carlos Bravo Regidor (La Razón, Lunes 24 de Agosto de 2009)

domingo, 16 de agosto de 2009

Metamorfosis

La metamorfosis de los medios de comunicación ha sido uno de los espectáculos más agridulces de los últimos años en México.

Hoy hay más apertura, más competencia, más denuncia. La censura ya no es, ya no puede ser, lo que era; la batalla por ganar la nota, por atraer auditorio y anunciantes, no tiene tregua; y la libertad de expresión se ejerce como nunca antes. 

Pero hay, también, poca ecuanimidad, más sensacionalismo y mucha impunidad. Los comunicadores editorializan constantemente; el morbo y la estridencia, típicos de la peor prensa amarilla, son cada vez menos la excepción y más la regla; y en el ámbito de la opinión todo vale.          

Varios vicios del viejo periodismo mexicano (los trascendidos, la “declaracionitis”, las gacetillas) encontraron acomodo junto con los nuevos (la imposición de vetos, el desacato de normas, la fabricación de figuras a modo), mientras ciertas virtudes de una prensa democrática (el manejo escrupuloso de las fuentes, el rigor investigativo, el compromiso con el público) no acaban de desarrollarse en nuestros medios. 

Ciertamente, no todos son iguales. Hay líneas editoriales, hay estilos, hay diversidad. El menú es más o menos amplio, pero esa variedad no oculta el hecho de que el grueso de la participación del mercado se concentra en muy pocas manos ni de que no haya un solo medio de alcance nacional que ofrezca una perspectiva del país que no sea, en el fondo, la de la Ciudad de México.      

Nos hemos acostumbrado a tener medios muy alertas, muy exigentes, muy críticos de lo que hacen o dejan de hacer las autoridades. No nos hemos hecho a la costumbre, sin embargo, de estar tan alertas, de ser tan exigentes ni tan críticos con lo que hacen o dejan de hacer los medios.          

Aunque hay expertos, organizaciones civiles, observatorios y revistas especializadas que llevan ya tiempo haciendo esa labor, digamos, de vigilar a los vigilantes, los medios en general no se han mostrado particularmente dispuestos a admitir que su trabajo también es susceptible de ser fiscalizado bajo la lupa de sus propios métodos.         

Así, es el caso que todavía se apela a consideraciones mercantiles para relativizar la discusión sobre la responsabilidad de los medios, que se desdeñan los imperativos éticos como rollo moralista, que se rechaza cualquier tentativa de regulación como una amenaza a la libertad. 

Hay nuevos espacios, nuevas voces, nuevos formatos, pero ¿hay un nuevo periodismo? Tenemos una idea muy hecha, obvia, del tipo de relación que no queremos entre medios y poder público, pero ¿tenemos una idea clara sobre el tipo de relación que queremos entre medios y sociedad?


--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 17 de Agosto de 2009)

lunes, 10 de agosto de 2009

De incompetentes y sabelotodos

De vez en cuando, luego de leer columnas de opinión, de escuchar a algún comentarista o ver un programa de debate (aunque debate no haya mucho pues todos parecen estar de acuerdo en que México atraviesa por una fase de transición a la hecatombe), uno corre el riesgo de quedarse con la impresión de que quienes nos gobiernan nunca saben hacer nada y quienes no nos gobiernan, desde los medios, siempre saben lo que se debería de hacer. Es como si al país todo le saliera mal salvo la autoflagelación.     
     
Se trata de una impresión un tanto esquizofrénica pero muy elocuente, que dice mucho del desdén ante la complejidad que a veces impera en nuestra conversación pública.          

Hace unos días, por ejemplo, dos analistas discutían en la radio el tema del “rentismo”, ese comportamiento mediante el cual ciertos grupos se organizan para obtener beneficios particulares (rentas) sin agregar valor al conjunto de la economía, es decir, para hacer más grande su rebanada del pastel sin hacer el pastel más grande. Discutían, específicamente, los casos del monopolio de PEMEX, de la falta de competencia en el sector telecomunicaciones y de los privilegios que detenta el sindicato de maestros.

Uno repetía, convencido, que la solución era “más mercado y menos Estado” (como si no hubiera rentismo en el sector privado). El otro, que acabó cayendo en la trampa de admitir el planteamiento en esos términos, respondió algo así como que tras nuestra experiencia con el modelo neoliberal “ya nadie se cree el cuento” de las virtudes de la privatización y que no tiene caso seguir insistiendo en “ese tipo de reformas estructurales que nomás no van a pasar”. El primero, entonces, replicó muy orondo: “el hecho de que no vayan a pasar no quiere decir que no sean la solución”.

Es difícil imaginar una conclusión más vana, que renuncie tan olímpicamente a hacerse cargo de la realidad: de la multiplicidad de intereses en pugna; de las restricciones que impone un arreglo de poderes compartidos; de las dificultades y costos que implican las decisiones públicas.

No me refiero a los méritos o defectos del argumento sino a la manera de argumentar. “Que no vayan a pasar no quiere decir que no sean la solución”. La frase es de lo más sintomático. Ubica al que la pronuncia por encima de cualquier consideración práctica y a quien tiene que lidiar con lo práctico lo condena, de antemano, a ser parte del problema –por transigir con ese molesto obstáculo, la realidad, que le impide a la solución “pasar”.

Quizás cabría imaginar una modesta prueba para evitar que nuestras discusiones se reduzcan a esa lógica de sabelotodos contra incompetentes: si una solución, la que sea, no “pasa”, no es solución porque no resuelve nada. 

--Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 10 de Agosto de 2008) 

Nota: Por un error de comunicación, en el periódico apareció una versión distinta (preliminar) del final de este artículo. Aquí aparece la versión definitiva. Una disculpa.