lunes, 31 de mayo de 2010

De historia y futuro

Mi generación accedió a la mayoría de edad más o menos entre 1994 y 2000: por un lado, la entrada en vigor del TLC con Estados Unidos y Canadá, el levantamiento del EZLN en Chiapas, el asesinato de Luis Donaldo Colosio y la “crisis de diciembre”. Por el otro, las elecciones en las que el PRI perdió la Presidencia de la República. En cierto sentido somos la generación que cosechó la aspiración democrática que, a golpe de crisis y reformas electorales, cultivaron nuestros padres. Somos hijos e hijas, a fin de cuentas, de la generación de 1968.

Con todo, cuando procuramos ponderar las transformaciones que México ha experimentado en los últimos años, cuando tratamos de buscarle sentido al momento que nos tocó vivir, da la impresión de que no sabemos hacerlo más que en clave de desesperanza: como si habitáramos en un presente a la deriva entre un pretérito que no nos dice nada y un porvenir que no logramos imaginar. No es que seamos reos de la inercia ni que estemos atorados, como si no hubiera ninguna novedad en nuestra circunstancia, en las redes del pasado. Es, más bien, que tantos cambios en tan poco tiempo parecen habernos despojado de perspectiva histórica.

Múltiples factores se han combinado para producir esta sensación de desarticulación entre el ayer del que venimos y el mañana al que quisiéramos ir. Uno de los más significativos es, sin duda, la ausencia de narrativas que interpreten el pasado a la luz de los problemas y las inquietudes del presente, la falta de relatos que ofrezcan un horizonte temporal a los ciudadanos de un país que dejó de ser el que era. Y es que las viejas certezas de la historia (nacionalistas, revolucionarias, modernizadoras o, incluso, revisionistas) ya no sirven para encarar nuestras nuevas incertidumbres democráticas.

Todo proyecto de futuro requiere de un proyecto de pasado. Ocurre, sin embargo, que extraviados en el desencanto con la democracia, en un presente saturado de expectativas insatisfechas, no hemos sabido reconocer el hecho fundamental de que desmitificar la historia no es lo mismo que reescribirla. Denunciar las falsedades de la llamada “historia oficial”, desmentir las hazañas de los “héroes que nos dieron patria” o cuestionar qué motivos hay para celebrar doscientos años de ser “orgullosamente mexicanos” son ejercicios necesarios, más no suficientes, para reorientar nuestros destinos.

Porque la historia no puede limitarse a refutar las verdades de otro tiempo. Tiene, además, que arriesgarse a proponer otras más propicias para el nuestro.

Derribar monumentos no basta para construir futuro.

-- Carlos Bravo Regidor

La Razón, lunes 31 de mayo de 2010 

lunes, 24 de mayo de 2010

Un problema de percepción



El martes pasado, como parte de su gira de trabajo por España, el Presidente Felipe Calderón concedió una entrevista al programa “Los Desayunos de Televisión Española”. Fue una entrevista de poco más de veinte minutos en la que el Presidente pudo hablar a sus anchas, responder preguntas relativamente blandas, hacer un repaso general de la actualidad de México y el mundo. Calderón se veía cómodo, seguro, sereno. Lo que dijo, sin embargo, fue un tanto confuso.

Sobre la crisis económica se congratuló de que “hicimos la tarea”: por un lado, “tuvimos una política anticíclica muy activa, muy agresiva”; por el otro, “evitamos la tentación de seguir ampliando el gasto”, “liquidamos empresas públicas”, “tuvimos que incrementar la recaudación” y “eso ha permitido a México reducir su déficit”. O sea que fuimos buenos bomberos porque nuestra política para apagar el incendio consistió en… ahorrar agua.

Sobre la lucha contra el narcotráfico, en un principio comentó que “estamos avanzando y golpeando muy fuerte a la delincuencia. Claro que eso se asocia a un debilitamiento estructural y a una inestabilidad interna de los cárteles mexicanos que desde hace algunos años se han comenzado a pelear entre ellos, y debilitados por la acción del gobierno, han exacerbado su inestabilidad, sus divisiones internas, y eso genera la mayor cantidad de casos de violencia”. Pero tres minutos después sostuvo lo contrario: “El noventa por ciento de los homicidios son precisamente efecto de la lucha que libran unos cárteles contra otros. Eso es independiente de la acción del gobierno. Hay quienes equivocadamente dicen que la acción del gobierno es la que ha provocado la violencia. No es así. La violencia entre los cárteles es lo que, entre otras cosas, motiva la acción del gobierno”. La lógica del razonamiento es redonda: la prueba del éxito de la estrategia es que desestabiliza a los cárteles, de ahí que haya más violencia… pero esa violencia no es consecuencia sino causa de la estrategia. 

Finalmente, el Presidente rechazó “la propuesta absurda que hacen mis críticos”, a saber, “que el gobierno mexicano debe simplemente replegarse, como si por arte de magia los criminales se conviertan en santos barones --se les aparezca, como a San Pablo, Jesucristo, y se conviertan en buenos”. Es decir que cuando sus críticos cuestionan la falta de trabajo de inteligencia para desmantelar las redes financieras y logísticas del crimen organizado, o la falta de programas de largo aliento para recomponer el llamado “tejido social”, Calderón sólo escucha de repliegues, santos barones y Jesucristo.

Con todo, lo anterior es testimonio de que tiene razón el Presidente: sí, tenemos “un problema de percepción”… pero empieza en los Pinos.


-- Carlos Bravo Regidor
La Razón, lunes 24 de mayo de 2010



lunes, 17 de mayo de 2010

Nostalgia

Dice Svetlana Boym que la nostalgia es la hija natural del encuentro entre un naufragio y una fantasía, la añoranza de una historia sin responsabilidad, una visión del pasado liberada de cualquier culpa o consecuencia. Advierte, sin embargo, que no todas son iguales, que hay de nostalgias a nostalgias. Por un lado las hay reflexivas, nostalgias que se reconocen como anhelos utópicos por escapar a la implacable tiranía del tiempo y que habitan en las ruinas de lo que fue. Por otro lado las hay restauradoras, nostalgias que se conciben como remedios urgentes contra los malestares de la actualidad y que buscan recuperar lo perdido erigiendo monumentos a lo que no pudo ser.

Entre la sensación de extravío que se instaló en la vida pública poco después del 2000 y la efervescencia política por el próximo proceso de sucesión presidencial en 2012, asistimos en México al surgimiento de una nostalgia que tiene algo de ambas: es reflexiva por lo que hay en ella de desilusión, es restauradora por su afán de hacerse nuevas ilusiones.

Pienso, por ejemplo, en la cantaleta de que hace falta un “proyecto de nación”, una especie de sustituto funcional del nacionalismo revolucionario, imponer por encima de nuestras discordias “mitos cohesionadores de repuesto” (Héctor Aguilar Camín). O pienso, también, en la idea de que el problema con el sistema político es que no produce “gobiernos de mayoría”, que ninguna fuerza puede mandar por sí sola, que la fórmula vigente para integrar el Congreso permite a las minorías “despojar al partido más grande de su eventual derecho a legislar” (José Córdoba). Y pienso, finalmente, en el desdén con que se minimiza el desprestigio del modelo económico, en la arrogancia con que se puede decir en un foro de reflexión sobre financiamiento y desarrollo que “no hay que hablar de cosas populares, hay que hablar de cosas importantes” (Pedro Aspe).

No se trata de una etérea nostalgia por el ideal democrático que había en los orígenes de la transición sino, más bien, de una nostalgia muy tangible por el programa de modernización autoritaria que quedó trunco en el pasado inmediato: por la épica del “liberalismo social”, por las mayorías absolutas previas a la reforma electoral de 1996, por la reputación de la tecnocracia hasta antes de la crisis de 1994.

He ahí, quizás, una de las mayores ironías de la alternancia: lograr la transfiguración del pasado, como si los problemas de hoy no tuvieran historia, en una esperanza para el porvenir.

-- Carlos Bravo Regidor

La Razón, lunes 17 de mayo de 2010

lunes, 10 de mayo de 2010

El espejo de Arizona



Más allá de la condena de rigor y de los gestos de solidaridad, buena parte de la opinión pública mexicana ha reaccionado a la ley SB1070 de Arizona oscilando, a grandes rasgos, entre dos impulsos: rasgarse las vestiduras y darse golpes de pecho. Han sido, en general, reacciones entre furibundas y masoquistas, entre gruñonas y culpígenas, que dicen mucho sobre las rutinas mentales que todavía imperan en nuestra idea de la relación México-Estados Unidos.

El grueso de las reacciones comparte tres características. La primera es una perspectiva estrictamente nacionalista, casi diría que narcisista, del problema; que sólo sabe considerarlo, pues, desde el punto de vista de México. La segunda es un craso desinterés por tratar de entender la aprobación de la ley SB1070 en sus propios términos, es decir, por pensarla en función de la coyuntura electoral en Arizona. Y la tercera es una evidente incapacidad para reconocer, dentro del limitado margen de acción que tiene el gobierno mexicano en este caso, las respuestas concretas y plausibles que ya está instrumentando nuestra red consular.

Dos ejemplos. Por un lado, Rosario Green: “Llegó la hora de responderles en los mismos términos. Cerremos la frontera, echemos a los arizonenses que pisen tierra mexicana, hagamos un boicot comercial. La dignidad no tiene precio”. Y, por el otro lado, Salvador Camarena: “A mí no me preocupa Arizona. No me preocupa su ley racista, retrógrada. Ni sus líderes extremistas. Ni la gobernadora Brewer, ni el alguacil Arpaio, ni los Minutemen, ni las redadas. Ni su grilla electoral. Ni el apoyo de la gente, de los arizonenses, a la ley que criminaliza la inmigración. A mí me preocupa México […] Me preocupa que ni la amenaza externa nos une […] Que los mexicanos no hayamos encontrado aún los medios para presionar a la clase política a romper su pacto de conveniencia, que parezca inexistente el sentido de urgencia, que la indignación sea estéril, que encojamos los hombros ante la partida de primos, sobrinos, padres, amigos y desconocidos”.

Ocurre, sin embargo, que precisamente por lo que tiene de grotesco el desplante de Rosario Green --¡de la embajadora Rosario Green!-- es que tendría que importarnos, y mucho, lo que no le importa a Salvador Camarena: porque, hoy por hoy, es en el ámbito de la política interna estadounidense, no en el de la mexicana, donde se decide el futuro de los inmigrantes indocumentados --donde se “acaba el futuro”, como dice la desgarradora crónica de Pablo Ordaz en El País de ayer. Agotar nuestra legítima indignación en exabruptos y lamentaciones sirve para recoger los aplausos de la tribuna local pero es, a fin de cuentas, otra manera de no hacernos cargo de ellos. Mucho más escandalosa pero igual de estéril que encogernos de hombros.

--Carlos Bravo Regidor

La Razón, lunes 10 de mayo de 2010

lunes, 26 de abril de 2010

Demagogia del desencanto

Un espectro se cierne sobre nuestra conversación pública: es el espectro de una nueva demagogia. No es la demagogia de los candidatos en temporada de elecciones, tampoco la de los que proclaman “la insurrección que viene” ni la de los que ansían políticas de “mano dura”. Es una demagogia que cabalga a medio camino entre la aspiración populista (“no soy un hombre, soy un pueblo”) y la persuasión tecnocrática (“poca política, mucha administración”), una demagogia menos para las masas que para los medios, más de circunloquios y ceños fruncidos que de gritos y golpes en el podio. Es la demagogia del desencanto. 

A grandes rasgos, tres factores contribuyen a su surgimiento: primero, un proceso de democratización rápidamente rebasado por las propias ilusiones que lo impulsaron; segundo, una profunda descomposición del orden público que ha puesto en evidencia la debilidad de las instituciones; y, tercero, la larga agonía del nacionalismo revolucionario y la impresión de que, tras el fiasco del “liberalismo social”, el país ha carecido de un proyecto que le dé rumbo.

El resultado es una vaga sensación de crisis, de inseguridad e impotencia, muy propicia para la demagogia, es decir, para pregonar soluciones simples a problemas complejos. O, mejor dicho, no soluciones sino redención. Y no tanto de los problemas sino, más bien, de su complejidad: de que no hay soluciones fáciles, únicas, ni infalibles.

En ese contexto, decimos “desencanto” para referirnos a un amplio repertorio de malestares, de inquietudes e incertidumbres, porque el cambio de régimen no ha producido los frutos que esperábamos. Y al hacerlo reivindicamos, sin duda, un derecho democrático elemental: el derecho a no estar satisfechos.

Ocurre, sin embargo, que el desencanto forma parte constitutiva de la experiencia democrática: tener que negociar en las buenas y en las malas; tolerar que a veces se gana y a veces se pierde; participar en la toma de decisiones con las que uno puede estar en desacuerdo; en fin, admitir que hay expectativas que la democracia, por sí misma, no puede satisfacer. Pasar por alto ese hecho, hacer como si el desencanto fuera un ominoso indicio de que la transición nos quedó a deber y no una prueba de que la transición ocurrió como pudo ocurrir; pretender que el desencanto equivale a una dolencia que es necesario aliviar para que la democracia florezca armónica y dichosa, no a un síntoma de que habitamos ya en el territorio conflictivo y enfadoso de la democracia realmente existente; eso va más allá de ejercer el derecho a la insatisfacción. Eso es incurrir en la demagogia.

Porque la democracia posible es desencantadora… o no es.

-- Carlos Bravo Regidor
(
La Razón, lunes 26 de abril de 2010) 

lunes, 19 de abril de 2010

La voz de los intelectuales


En recuerdo del tiet Francisco Bergada

Hubo una época, no hace mucho, en la que los intelectuales se guardaban de vez en cuando. No estaban todo el tiempo en las pantallas, en la radio, en la prensa, sino que descendían de sus Olimpos sólo en los momentos importantes, como para certificar que había pasado algo sobresaliente, significativo. De ahí que su voz no se escuchara como la voz de un mortal, sino, más bien, como la de un Mesías: grave, profunda, grandilocuente. El suyo era un ministerio que consistía en dar fe, públicamente, de que algo fundamental estaba sucediendo.

Una de las consecuencias de los cambios ocurridos durante las últimas décadas ha sido el paulatino desgaste de esa concepción, digamos, oracular de los intelectuales. Conforme nuestra vida pública se fue democratizando, poco a poco se fueron erosionando las condiciones culturales sobre las que se asentaba esa majestad, esa mística, esa autoridad de los intelectuales. Ayer detentaban el privilegio de ser venerables predicadores que nos decían cuál era el sentido de la historia; hoy los ritmos del ciclo informativo les imponen la obligación de tener que decir algo, lo que sea, sobre la redundante actualidad de cada día.

Así, su voz dejó de ser la de “quienes hablan al mundo de manera trascendente” (Julien Benda) para convertirse, en cambio, en la de quienes hablan al mundo de manera permanente. Ya no es la voz despótica de la verdad revelada, sino una de las tantas voces que coexisten en la prolífica discordia de la conversación pública. Su opinión, antes imponente e inapelable, ahora es apenas otra más en el mar de opiniones —frívolas o lúcidas, coherentes o confusas, compatibles o contradictorias, todas coyunturales y discutibles— en el que estamos condenados a navegar por el hecho de vivir, bien que mal, en una democracia.

De hecho, el término para denominarlos ya ni siquiera es “intelectual” sino, “analista político”; el verbo con el que ellos mismos identifican su oficio ya no es “pensar”, sino “opinar”; su expresión distintiva ya no son los monólogos insufribles, sino las mesas de debate en las que se arrebatan la palabra unos a otros. En fin, su voz perdió en magnificencia lo que ganó en ubicuidad.

Los hay sobrios, que han sabido admitir con mucho decoro esa nueva condición y asumir que no hablan más que por su propia conciencia; pero los hay también nostálgicos, que no se han enterado de que el país ya no es lo que era, y que siguen queriendo hablar como si fueran portavoces plenipotenciarios de la historia —ahora en clave de “el interés nacional”, “la opinión pública” o “la sociedad civil”—. La voz de los primeros se aboca a hacer la modesta crónica del presente. La de los segundos, a azuzar la furiosa demagogia del desencanto.

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, lunes 19 de abril de 2010)

domingo, 11 de abril de 2010

Retrato de los tiempos

Tengo frente a mí un ejemplar de la revista Proceso de la semana pasada. En portada, la fotografía de dos figuras contrastantes: Julio Scherer, “Don Julio”, viejo decano del periodismo mexicano, e Ismael Zambada, “el Mayo”, uno de los hombres fuertes del cártel de Sinaloa.

Scherer se ve desmejorado: añoso, sin peinar, con una mueca desencajada y las manos refugiadas en los bolsillos del pantalón. Su mirada, entre ausente y perpleja, nos mira con desconcierto. Su cuerpo luce contraído y tenso. Se le nota cohibido, incómodo, inseguro. No sólo no está en su territorio sino que ni siquiera sabe dónde está. Inerme, se deja ver a merced de quien lo ha llevado hasta ese lugar, aunque con su pleno consentimiento, para ofrecerle una entrevista en la que él mismo se reconoce “debilitado”.

Zambada, en cambio, se ve entero: hincha el pecho, alza el mentón e inclina ligeramente la cabeza hacia atrás, una mano bien puesta en la cintura y la otra abrazando por encima del hombro a su entrevistador. Su gesto es a un tiempo parco y altanero, protector y amenazante. Su mirada entrecerrada, inescrutable, se nos oculta bajo la sombra de una gorra. Su cuerpo se ve recio, corpulento, macizo “como una fortaleza”. Se le nota dueño de sí mismo y en absoluto control de la situación. Altivo, campante, seguro.

En la crónica de la entrevista aparecen algunas frases que ponen la imagen en contexto. De Scherer: “A propósito de su hijo, ¿vive usted su extradición con remordimientos que lo destrocen en su amor de padre?”; “Zambada lleva el monte en el cuerpo, pero posee su propio encierro […] Para él no son los cumpleaños, las celebraciones en los santos, pasteles para los niños, la alegría de los quince años, la música, el baile”; “Zambada no objeta la persecución que el gobierno emprende para capturarlo. Está en su derecho y es su deber. Sin embargo, rechaza las acciones bárbaras del Ejército”. Y de Zambada: “Si me atrapan o me matan, nada cambia”; “Me pueden agarrar en cualquier momento o nunca”; “En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí”.

La fotografía, dice Scherer, es para probar “la veracidad del encuentro con el capo”. A mí, sin embargo, me parece que la imagen dice –literalmente– lo contrario: que es el capo quien ha querido dejar un testimonio muy público de su encuentro con el periodista.

En cualquier caso, el retrato de Scherer y Zambada captura con precisión lo que los románticos llamaban “el espíritu de los tiempos”: que la prensa no sabe, bien a bien, qué hacer con el narco; pero los narcos saben perfectamente bien lo que están haciendo con la prensa.

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, lunes 12 de abril de 2010)

lunes, 5 de abril de 2010

Parálisis, mayoría e imaginario democrático

Durante los últimos meses, buena parte de la discusión sobre la reforma política se ha concentrado en un problema falso y una solución ficticia. El problema falso es que la democracia mexicana padece una parálisis legislativa; la solución ficticia, que hay que fabricar mayorías absolutas favorables al Presidente.

El problema es falso porque no hay tal parálisis. Lo que hay son cuatro o cinco temas (energía, impuestos, telecomunicaciones, trabajo, educación) con respecto a los cuales impera una cierta urgencia por tomar decisiones pero sin que existan consensos entre los partidos políticos. ¿Y por qué no existen esos consensos? Por poderosos intereses que se oponen a cualquier cambio, por discrepancias al interior de los propios partidos, por temor a tener que asumir los “costos”, por la multiplicidad de diferencias que segmentan al electorado. En pocas palabras, porque a veces así es la democracia realmente existente: intrincada, reacia, frustrante.

La solución es ficticia porque quiere resolver ese falso problema fabricando mayorías absolutas adeptas al Presidente donde, simple y llanamente, no tiene por qué haberlas. No sólo porque desde 1997 (es decir, desde que México es una democracia) ninguna fuerza política ha logrado reunir más de la mitad de los votos en ninguna elección federal sino, además, porque los mexicanos han optado por votar dividido (por un partido para el Congreso, por otro para la Presidencia) una y otra vez. De modo que adoptar fórmulas que trastoquen deliberadamente la relación entre sufragios y escaños (como la cláusula de gobernabilidad o la eliminación del tope a la sobrerrepresentación) es tanto como enmendarle la plana a los electores.

Con todo, la discusión ha servido para exhibir los límites del imaginario democrático de una parte nada desdeñable de nuestra comentocracia. Por un lado, la predecible dificultad para tomar decisiones con respecto a algunos temas muy complicados y polémicos se la representan, sin mayores matices, como una “parálisis” generalizada. Por el otro, asumen que la mejor respuesta ante semejante dificultad consiste en soslayar la dispersión del poder que impone la voluntad soberana de los ciudadanos, es decir, en forzar la integración de mayorías absolutas donde no las hay. Y, para terminar, suponen que lo ideal sería que esas mayorías absolutas fueran las del partido del Presidente.

En suma, imaginan una democracia de decisiones fáciles, en la que el Congreso no refleje la diversidad que hay en el país y en la que el Presidente mande sin que haya demasiada oposición. Seamos francos: esa “democracia” que imaginan se parece mucho a la que tuvimos con el PRI.

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 5 de abril de 2010)

domingo, 28 de marzo de 2010

¿Otra vez la falsa conciencia?

Había entre los viejos marxistas más ramplones, los que creían que lo suyo era ciencia y lo demás ideología, una manera de desdeñar opiniones adversas a la suya que consistía en relativizarlas como producto de una “falsa conciencia”, de una percepción distorsionada de las cosas. La fórmula suponía que había una realidad objetiva de las relaciones sociales y, por ende, una única percepción correcta de la misma: la propia. Todas las que no coincidieran con ella eran directamente subjetivas, interesadas, inválidas.

Acudir al expediente de la “falsa conciencia” era, pues, una forma de deslegitimar cualquier otro criterio; de zanjar la discusión incluso antes de comenzarla; de cancelar, en suma, la posibilidad de un intercambio democrático entre diferentes puntos de vista.

De aquel marxismo chabacano ya no quedan más que ruinas. Pero variaciones del argumento de la “falsa conciencia” siguen circulando todos los días, en nuestra conversación pública, haciéndose pasar por análisis o crítica. Tres ejemplos.

Guillermo J. García, sobre la reforma política, en el blog de Nexos: “México está lleno de mitos que no nos permiten innovar políticamente […] Para discutir cambios sistémicos hay que quemar mentalmente los mitos que asustan al cambio […] Lo que necesitamos es romper paradigmas y generar nuevos incentivos. Las candidaturas ciudadanas y la reelección son uno de ellos. Es un cambio de incentivos. Es un cambio de actitud. Es romper telarañas mentales que sólo atrasan el cambio en el país”.

Macario Schettino, sobre la supuesta parálisis legislativa, en El Universal: “El problema es la incapacidad de salir de esa forma de pensar que llamamos nacionalismo revolucionario, que se refleja en no poder explotar el petróleo como país civilizado, ni poder cobrar impuestos como es debido, ni destruir el corporativismo obrero, ni terminar con los subsidios a los campesinos, ni meter en orden a la educación pública, hasta los más altos niveles. Esta mentalidad se mantiene en el PRD y en buena parte del PRI. Y es eso lo que ha impedido las decisiones”.

Heriberto Yépez, sobre la educación superior, en Milenio: “En las universidades repartimos los más altos saberes sin entender que su posesión tendrá un inevitable efecto psíquico, cuya manifestación visible será desde una arrogancia gremial hasta neurosis individuales muy marcadas. Enseñar filosofía, artes, letras o psicología sin un proceso de preparación psíquica del aprendiz es como darle una pistola a un borracho. Sin saberlo, hacemos eso que el libro que más inflación psíquica ha producido en el mundo –la Biblia– llamaba dar perlas a los cerdos”.

Contra la soberbia implícita en esa forma de denigrar a quienes piensan distinto (como si estuvieran confundidos, fueran débiles mentales o padecieran trastornos psicológicos) convendría tener muy presentes las palabras de Pascal: “El error no es lo contrario de la verdad, es el olvido de la verdad contraria”.

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 29 de marzo de 2010)

domingo, 21 de marzo de 2010

La otra informalidad

Decía la semana pasada que en México tenemos una relación francamente esquizofrénica con la economía informal: en las solemnes alturas de la conversación pública nos la representamos como un problema; pero en el ajetreo cotidiano de nuestras calles se trata, para cada vez más personas, de una solución.

Con todo, hay algo muy discutible en esa manera de plantear el tema. No me refiero al término “solución”, que evidentemente tiene un sentido más descriptivo que prescriptivo, sino a aquello de que la informalidad es un fenómeno que ocurre en “nuestras calles”. La expresión quizás sea válida como metáfora --decir que algo pasa “en las calles” para dar a entender que pasa en la vida real, a ras de suelo, en la trama menuda de todos los días-- mas resulta equívoca por lo susceptible que es de ser interpretada literalmente, como si la economía informal fuera sinónimo del comercio ambulante. Porque no, no lo es.

De hecho, según los datos más recientes (2003) del INEGI, la composición de la economía informal es la siguiente: servicios comunales, sociales y personales, 33.6%; comercio, restaurantes y hoteles, 32.7%; industrias manufactureras, 17.9%; transporte, almacenaje y comunicaciones, 8.7%; y construcción, 7.1%.

Así, a pesar de constituir menos de la tercera parte de la economía informal, el comercio ambulante se ha convertido en el ejemplo paradigmático de la misma y en el villano favorito de sus detractores, es decir, de quienes insisten en ver la informalidad como el mal en sí y no como un síntoma.

Los habrá que quieran explicar ese estigma como consecuencia de que los vendedores ambulantes son el rostro más visible de la economía informal, precisamente porque se instalan en plena calle y a la luz del día. Y sí, tal vez haya algo de eso. Pero también es posible que el estigma sea producto no tanto de que los ambulantes son su rostro más visible sino, más bien, de que hay un sesgo de clase en nuestra manera de ver la informalidad.

Porque si admitimos una definición mínima de la economía informal como el intercambio de bienes y servicios por el que no se pagan impuestos, que escapa a la regulación por parte del Estado y en el que no se respetan los derechos y obligaciones establecidos en la ley, ¿dónde está nuestra indignación contra la informalidad laboral que padecen, por ejemplo, sirvientas, choferes, nanas, cocineras, jardineros y demás trabajadores que se desempeñan en el servicio doméstico? ¿Por qué nos molesta tanto la economía informal que hay en las calles pero tan poco la que hay en casa?

No es que esta otra informalidad sea invisible. Es que escogemos no verla.

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 22 de marzo de 2010)

domingo, 14 de marzo de 2010

Esquizofrenia de la informalidad

Cuando se habla de la economía informal en nuestra conversación pública se habla, por lo general, en clave parasitaria: porque los informales no pagan impuestos; porque ensucian y se apropian de la vía pública; porque en ocasiones su mercancía es “pirata” o robada o de contrabando; porque encarnan una forma de competencia desleal contra el comercio establecido; porque su actividad tiene efectos negativos sobre el crecimiento, la productividad y la innovación; etcétera.

Un par de ejemplos relativamente recientes. Gabriel Quadri en el programa de televisión Entre Tres: “Yo veo en esta ciudad todo el sistema de transporte colectivo, el metro, todas las estaciones tomadas, invadidas, saturadas, en la inmundicia menos imaginable, en la pestilencia, en la ocupación ilegal del espacio”. Y Jorge Suárez Vélez en su blog Diario de la crisis: “En un mundo en el que, por motivos políticos, el gasto público es intocable, la única alternativa es tratar de cerrar el déficit incrementando el cobro de impuestos. Pero ese proceso no es trivial por varios motivos. […] El tamaño de la economía informal presenta un gran problema. Eso lleva a que al causante cautivo se le crucifique antes que se decida asumir el costo político de incrementar la base de contribuyentes”.

Así, hablamos de la economía informal como de una anomalía, un lastre, una rémora; como un fenómeno que no sabemos mirar más que a la distancia, desde “fuera”, con obstinada lejanía cuando no con franco desprecio; que insistimos en explicar más como un resultado perverso de la legislación laboral que como una consecuencia lógica del diferencial en los salarios; y que pareciera importarnos solamente por sus costos en términos fiscales, no por sus implicaciones en términos de inseguridad para los trabajadores.

Ocurre, sin embargo, que entre un tercio y la mitad de la población en edad de trabajar se gana la vida en la economía informal (32.5% según el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado; 54% según la Organización Internacional del Trabajo); que ante la contracción de la actividad económica la informalidad ha fungido como un extraordinario amortiguador para mitigar la caída en el poder adquisitivo de las familias de menores ingresos; que ya hay bancos buscando cómo crear un sistema de créditos para el sector informal…

Hay, pues, mucho de esquizofrénico en nuestra relación con la informalidad. En la conversación pública nos la representamos como un problema pero en la calle, en la vida cotidiana de un número cada vez más grande de mexicanos, no es un problema. Es una solución.

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 15 de marzo de 2010)

lunes, 8 de marzo de 2010

La crisis está en otra parte…


Declara el coordinador de la bancada del PAN en el Senado, Gustavo Madero: “Seamos sensibles a lo que nos dice la gente. Escucho con mucha atención los reclamos de los ciudadanos, la inconformidad, la desilusión sobre el sistema político. Por eso estoy convencido de que debemos aprobar la reforma política, porque es una demanda de la sociedad”. Pero la encuesta más reciente de María de las Heras, publicada el lunes pasado en Milenio, señala que 9 de cada 10 mexicanos entienden “poco o nada” sobre la reforma política y que a 6 de cada 10 lo que les importa es la economía, el desempleo y la inseguridad.


Dice Mario Campos en un “chat” de El Universal que Twitter y otras redes sociales de Internet son “tecnologías que fortalecen la democracia, que permiten una mayor participación” y que dan “más poder a los ciudadanos”. Y Ana Paula Ordorica, en su columna de Excélsior hace unas cuantas semanas, celebra que el Secretario de Gobernación haya inaugurado un “blog” para discutir la reforma política: “qué poco se necesita para abrir canales de comunicación con la ciudadanía. Los políticos pueden escuchar hoy a los ciudadanos… si quieren”. Pero según el estimado de la Comisión Federal de Telecomunicaciones, en 2009 hubo 28.5 millones de internautas en México, es decir que menos del 27 por ciento de los mexicanos tuvo acceso a la red. Además, de acuerdo con una investigación de Guillermo Perezbolde, en enero de este año había apenas 146 mil usuarios de Twitter en México, el 5 por ciento de los cuales produjo el 95 por ciento del contenido publicado.

Reclaman los abajofirmantes del desplegado “No a la generación del no” que “trece años llevan detenidas las reformas de fondo que el país necesita”, e instan a los legisladores a aprobar la reforma política propuesta por el Presidente Calderón para que no termine “en el mismo camino: la negación, la parálisis”. Pero un vistazo a la base de datos del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM indica que de 1997 a la fecha se han aprobado más de 50 reformas constitucionales en múltiples materias como derechos humanos, derechos y cultura indígenas, fiscalización de las finanzas públicas, procesos electorales, procuración de justicia, seguridad pública, transparencia y acceso a la información, etc.

En resumen: la clase política se desvive por quedar bien ante reclamos ciudadanos que no reflejan las preocupaciones de una inmensa mayoría que ni siquiera los entiende; los comunicadores asumen que Internet es la punta de lanza de una democratización en la que más del 70 por ciento de los mexicanos está excluido; para la crème de la crème de la intelectualidad, la academia, los medios, la cultura, los negocios y la tecnocracia las únicas reformas que importan son, aparentemente, las que no se hacen.

Caray, da la impresión de que la crisis está en otra parte…

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, lunes 8 de marzo de 2010)