domingo, 28 de febrero de 2010

Lo local también existe

Decía en la última entrega que, a pesar de las opiniones que han imperado al respecto, las alianzas entre PAN y PRD encabezadas por candidatos expriístas no representan una gran oportunidad para derrotar al PRI ni tampoco una grave contradicción que atente contra la democracia sino, acaso, una renuncia a la labor de construir partido y lograr una victoria por cuenta propia. Y es que la experiencia indica que las alianzas casi siempre pierden y que cuando ganan su desempeño en el poder es tal que la mayoría de los electores casi siempre vota por el PRI en la siguiente elección.

Con todo, hay un problema adicional en la manera que la llamada “comentocracia” ha dado cuenta de las alianzas. No es sólo lo infundado del optimismo de sus promotores o del pesimismo de sus críticos; es, también, el hecho de que unos y otros interpreten esas alianzas locales exclusivamente en función de sus implicaciones en el ámbito de la política nacional.

Salvador García Soto, por ejemplo, en El Universal: “Peña Nieto ve en las alianzas PAN-PRD un ‘ensayo’; sabe que si funcionan, para 2011, en los comicios por la gubernatura mexiquense, podrían armarle una coalición opositora […] ¿Dónde quedarían las punteras aspiraciones presidenciales de Peña si una alianza de oposición le gana la gubernatura en 2011?”. O Luis Javier Garrido en La Jornada: “el móvil de la actual directiva perredista para aliarse con Calderón y con el PAN es el dinero que les permitiría enquistarse en el partido en 2011 y cerrar el camino a una candidatura de López Obrador en 2012”. O Carlos Marín en Milenio: “Los priístas […] con su característico espíritu de cuerpo, afilan sus cuchillos para cobrarle al PAN su ‘promiscua’ (Beltrones dixit) liviandad, imponiendo en el Congreso las reformas política y fiscal que se les dé la gana”.

El problema es que en esa manera de entender las alianzas la política local no existe: lo que se juega no son los gobiernos de los estados sino las posibilidades de los aspirantes presidenciales, la correlación de fuerzas al interior de los partidos, la agenda del gobierno federal. Es una perspectiva, pues, en la que los resultados electorales importan por lo que significan para la clase política en el centro, no para los ciudadanos que habitan en cada una de esas entidades.

¿Sería mucho pedir a nuestra comentocracia que procure una visión un poco menos “chilangocéntrica” del país; reclamar a los medios de comunicación “nacionales” que den entrada a más voces desde y para los estados; esperar que dejen de hacer, digamos, como si afuera del D.F. todo fuera “Cuautitlán”?

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 1 de marzo de 2010)

domingo, 21 de febrero de 2010

Sobre las alianzas

Sobre las alianzas entre el PAN y el PRD se han dicho, fundamentalmente, dos cosas. Por un lado, que se trata de un imperativo pragmático, de un proyecto democratizador cuyo propósito es romper la hegemonía del PRI en los estados que nunca han conocido la alternancia. Por el otro, que se trata no nada más de un engendro ideológico sino de un proyecto antidemocrático cuya finalidad, antes que gobernar, es la derrota del adversario a como dé lugar.

Los que sostienen lo primero ponderan, sobre todo, la necesidad. Denisse Dresser en Reforma: “El PRI viene de regreso sin haberse modernizado, lo cual implica una regresión para la vida política del país […] La única forma de frenar la maquinaria priísta es deteniendo su avance en estados cruciales para la elección presidencial del 2012 […] Aunque es cierto que las diferencias entre el PAN y el PRD son hondas, el objetivo compartido de ‘sacar al PRI de las gubernaturas’ --desde donde compran votos y voluntades-- puede constituir un punto de encuentro desde el cual armar una plataforma de gobierno […] Cuando dos fuerzas pelean por su propia cuenta, todos son conquistados. Para evitar ese desenlace, el PAN y el PRD deberían forjar alianzas para ahuyentar a las alimañas y a las tepocatas que la transición no logró tocar”.

Los que argumentan lo segundo, en cambio, condenan la incongruencia. Mauricio Merino en El Universal: “Quienes defienden las alianzas nos están diciendo que los triunfos del priísmo son invariablemente espurios y que sus gobiernos son siempre caciquiles, corruptos y retrógrados; nos dicen, como conclusión, que no hace falta otra justificación ética o política para combatir al PRI que la sola posibilidad de verlo ganar las elecciones […] El problema de fondo de ese argumento es que, al final, justifica lo mismo que critica: si el PRI carece de todo compromiso con las causas que dice perseguir, la alianza entre el PAN y el PRD tampoco podrá ofrecer gobiernos que vayan más allá del pragmatismo; si el PRI se muestra como una máquina destinada a ganar comicios, la alianza de sus adversarios no puede comprenderse más que como otro aparato electoral equivalente; si el PRI está dispuesto a renunciar a la ética con tal de seguir en el poder, la alianza que busca enfrentarlo no sólo abandonaría la tradición de ambos partidos, sino los valores que definen su identidad política”.

Sin embargo, la experiencia previa con las alianzas no parece ofrecer mucho sustento ni para el optimismo de los apologistas ni para el pesimismo de los detractores. Lo que inspira, en todo caso, es escepticismo.

Y es que de las diez ocasiones anteriores en que PAN y PRD decidieron competir juntos contra el PRI (San Luis Potosí en 1991; Durango y Tamaulipas en 1992; Coahuila y Nayarit en 1999; Chiapas en 2000; Yucatán en 2001; Colima en 2003; Chihuahua y Oaxaca en 2004), apenas en tres (Nayarit, Chiapas y Yucatán) se alzaron con la victoria. En dos de ellas (Nayarit y Chiapas) con candidatos que habían sido priístas toda la vida, que dejaron de serlo sólo cuando no consiguieron que ese partido los nominara a la gubernatura (Antonio Echevarría y Pablo Salazar).

Más aún, en las siguientes elecciones el PRI volvió al poder en dos de esos tres estados (Nayarit en 2005 y Yucatán en 2007). Y no un PRI renovado gracias a la alternancia sino, acaso, rejuvenecido (el de los cetemistas con Nery González, el del cerverismo con Yvonne Ortega). Por si fuera poco, en el tercer estado (Chiapas) sucedió al gobernador de la alianza otro expriísta igual que él (Juan Sabines en 2006), aunque ahora bajo las siglas del PRD.

Este año, de los cinco estados donde se anticipan más probables las alianzas, en cuatro se perfilan candidatos expriístas (José Rosas Aispuro en Durango, Gabino Cué en Oaxaca, Rafael Moreno Valle en Puebla y Mario López Valdez en Sinaloa). Además, hay otro estado (Veracruz) en el que si, bien no parece que vaya a concretarse una alianza, los candidato del PAN y el PRD serán… también expriístas (Miguel Ángel Yunes y Dante Delgado).

Todo lo cual obliga a preguntar: ¿dónde están los cuadros panistas y perredistas formados, durante los últimos veinte años, en los ayuntamientos, las legislaturas locales, en la Cámara de Diputados, en el Senado, en la militancia? ¿No hay entre ellos nadie, ni uno, suficientemente competitivo como para darle batalla al PRI en esos estados? ¿Dónde quedó la labor de organización, de desarrollo político, de hacer partido en esas entidades? ¿A qué se dedican, entonces, las dirigencias locales? ¿De veras no tienen nada mejor que ofrecer a sus electores que reciclados de la cantera y las estructuras priístas?

Sobre las alianzas para las elecciones de julio próximo sólo queda concluir, parafraseando a Luis Cardoza y Aragón, que los tres grandes son dos: el PRI.

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, lunes 22 de febrero de 2010)

lunes, 15 de febrero de 2010

Malestar en la crítica

En México no estamos acostumbrados a la crítica abierta, directa, franca, con respecto a quienes se dedican, precisamente, a ejercer la crítica. Los intelectuales, los expertos, los periodistas, los profesionales de la opinión, gozan de una especie de fuero mediático que les permite decir lo que sea sin asumir mayores costos, sin que haya el hábito de hacerlos responsables por lo que dicen.

Son raras, rarísimas, las ocasiones en que alguno de nuestros figurones vuelve sobre sus pasos para hacerse cargo de una incongruencia, para corregir algún error o explicar un cambio de opinión. No se trata de un detalle menor sino de un rasgo característico de eso que se ha dado en llamar nuestra “comentocracia”: que casi nadie llama a cuentas a casi nadie más. El resultado es una conversación pública en la que todo vale, en la que reinan la improvisación, la vanidad, la estridencia, la frivolidad. Una conversación pública que como eso, como conversación, a duras penas existe.

Ahí está, por ejemplo, la legión de eufemismos que se emplean todos los días en la prensa para no referirse por su nombre y apellido a personas concretas (“algunos sostienen”, “se ha dicho”, “no faltan quienes aseguran”), como si las ideas a las que se alude de ese modo se hubieran pensado solas. Ahí está, asimismo, la rutina de hacer oídos sordos, de no responder a las críticas cuando las hay, para no dignificarlas ni reconocer como interlocutor (“hay niveles”) a quien las formula. Y ahí están, también, las inagotables variaciones de la falacia ad hominem, es decir, el manido recurso de descalificar personalmente al crítico (insultándolo, imputándole “mala leche”, pretendiendo que sus simpatías o afiliaciones ponen en entredicho la validez de lo que dice) en lugar de rebatir, con argumentos, la crítica en cuestión.

Tan ajena nos resulta la crítica de la crítica que cuando alguien la ejerce explícitamente tendemos a interpretarla como si se tratara de un “ataque”, un “ajuste de cuentas”, una “marcaje personal”, una forma de “intolerancia” o un intento de “censura”. Es decir, como todo menos como crítica: nada más, pero nada menos.

En esa dificultad para admitir que los críticos también son susceptibles de ser criticados, en ese ostensible malestar de la crítica en la crítica, hay un resabio, me parece, de aquella vieja representación autoritaria que por tanto tiempo imperó (¿o impera aún?) en nuestra cultura política: la del intelectual, en su sentido más general, como portavoz de los sentimientos de la nación, como aquella figura sacerdotal que convertía el espacio público en su púlpito particular y, al hacerlo, hablaba más por que para los ciudadanos.

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 15 de febrero de 2010)

lunes, 8 de febrero de 2010

Pregunta urgente

La idea de “la oposición” fue una idea políticamente útil durante buena parte de los años ochenta y noventa, cuando la afinidad estratégica entre las distintas oposiciones comenzó a adquirir mayor relevancia que sus diferencias ideológicas. Y es que en aquellas décadas los partidos de oposición compartieron, antes que un programa, la búsqueda de nuevos espacios en los órganos de representación y gobierno. Los unía, pues, un enemigo en común: la hegemonía priísta.

De ahí que el espectro político mexicano se dislocara, entonces, en dos ejes. Un eje, el ideológico, respondía a la distinción tradicional entre izquierda y derecha, misma que en aquel contexto de crisis, ajuste estructural y privatizaciones se refería, básicamente, al modelo económico. Ser de izquierda era preferir la intervención del Estado; ser de derecha, la liberalización de los mercados. El otro eje, el sistémico, respondía a la identificación con el sistema político y la tolerancia al riesgo. Ser pro-sistema era estar más dispuesto a aceptar el carácter autoritario del régimen, en el entendido de que “más vale malo por conocido…”; mientras que ser anti-sistema era querer la democracia, lo que en la práctica significaba derrotar al PRI, en el entendido de que “el que no arriesga…”

La historia de la transición mexicana fue, en ese sentido, la historia de cómo la lógica del voto anti-sistema fue imponiéndose por encima de la del voto ideológico. La victoria de Vicente Fox en las elecciones presidenciales del 2000 fue, así, la victoria de una campaña que supo reconocer y capitalizar, haciéndola suya, esa historia.

Cuando el PRI abandonó Los Pinos el eje sistémico perdió su razón de ser y el eje ideológico se reconfiguró para adquirir un renovado predominio que alcanzó su apogeo durante la elección presidencial del 2006.

No obstante, luego de la victoria de Felipe Calderón, ciertos sectores en la izquierda (encabezados por Andrés Manuel López Obrador) han buscado revivir el eje sistémico poniendo en duda el significado de la elección del 2000, es decir, relativizando o de plano negando que se haya tratado de una elección de cambio de régimen. Esa estrategia tiene a su favor el hecho, entre otros, de que la narrativa de la transición sembró muchas expectativas pero cosechó aún más desencantos.

Ocurre, sin embargo, que ni esos empeños por poner en entredicho el cambio de régimen, trazando una línea de continuidad entre los gobiernos priístas y los panistas, ni el cada vez más generalizado desencanto con la democracia, han logrado desplazar al electorado hacia la izquierda. Todo indica, más bien, que las preferencias están gravitando hacia el PRI.

He aquí una pregunta urgente para estudiosos de la opinión pública y el comportamiento electoral: ¿por qué?

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, lunes 8 de febrero de 2010)

domingo, 31 de enero de 2010

Santurronería ciudadana

Hace un mes, tras la primera vuelta en la elección presidencial chilena, Jorge Edwards publicó en El País una crítica de la campaña concertacionista: de su empeño infantil en “satanizar” a la derecha; de su “tendencia a creerse dueños del llamado progresismo, a arroparse en las banderas del pensamiento políticamente correcto”; de su abuso del término izquierda como “palabra mágica, una especie de escudo moral y mental”. Edwards remataba confesando que, por primera vez en su vida (tiene 78 años), votaría por la derecha. “Lo hago a conciencia, después de meditarlo bien y sin la menor hipocresía. Siempre he tenido un sentimiento de izquierda, pero el rótulo de izquierdista, el letrero, la aureola santurrona, no me interesan para nada”.

No sé qué tan justas sean las apreciaciones de Edwards con respecto a la candidatura de Frei, pero encuentro en su reflexión una veta muy a propósito de cierta retórica que desde hace tiempo abunda en la conversación pública mexicana. Me refiero a esa retórica que opone, como si se tratara de dos extremos ontológicos, de dos polos contrarios e incompatibles, a los políticos y a los ciudadanos. A los primeros los representa como la encarnación de todos los vicios; a los segundos, como un inagotable dechado de virtud.

Se trata de una retórica harto efectiva, que traduce el clásico antagonismo populista (pueblo auténtico vs. élites corrompidas) al lenguaje del desencanto democrático (ciudadanos vs. “partidocracia”) pero añadiéndole un curioso elemento de clase: la ciudadanía que celebra, antes que una condición de igualdad jurídica, es un emblema de estatus. No es una categoría de pertenencia a la comunidad política sino una forma de distinción social, una suerte de garantía de “calidad”.

Pienso, por ejemplo, en la campaña por el voto nulo durante las últimas elecciones. En los desplantes de superioridad moral que derrocharon sus más exaltados promotores; en el desprecio hacia quienes optaban por un partido que iba implícito en su cruzada; en los que incluso llegaron a insinuar que el electorado se dividía entre “voto ciudadano” (que era el voto nulo, el suyo) y “voto duro” (es decir el de los acarreados, la chusma política).

O pienso, también, en la ilusión con la que ahora se proponen las llamadas candidaturas independientes. En la fantasía de que basta con abrir un canal de participación al margen de los partidos para renovar la democracia; en la escasa probabilidad que tienen de ser candidaturas competitivas y en la todavía más escasa de que, si lo son, lo sean por su carácter “independiente”.

Entre su populismo para gente bien y su ingenuidad política, la retórica de esa santurronería ciudadana condena a quienes la cultivan, en el mejor de los casos, a la intrascendencia, o, en el peor, a hacer las veces de tontos útiles.

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, lunes 1 de febrero de 2010)

domingo, 24 de enero de 2010

De escopetazos y relojería

Decía Soledad Loaeza el jueves pasado, en La Jornada, que el proyecto de reforma política presentado por el presidente Calderón es como un “escopetazo”, es decir, como un disparo repentino y sin precisión.

Y es que la propuesta, efectivamente, no parece tener mucha coherencia. Abre la competencia política al permitir candidaturas por fuera de los partidos, pero la cierra al aumentar el umbral de votación mínima para acceder a la representación. Reduce el número de legisladores para “facilitar los mecanismos de negociación y concreción de acuerdos”, pero (1) promueve la reelección consecutiva, una medida que debilita la disciplina partidista y fragmenta la negociación, y (2) otorga a los ciudadanos el derecho, y a la Suprema Corte de Justicia la facultad, de presentar iniciativas de ley, con lo cual multiplica el número de jugadores en el proceso legislativo y convierte a la Corte en juez y parte del mismo.

En consecuencia, salvo por las disposiciones orientadas a fortalecer al Poder Ejecutivo (segunda vuelta, iniciativa preferente y veto parcial), es difícil encontrar la lógica, saber hacia dónde apunta, a qué le tira semejante escopetazo de enmiendas constitucionales.

Queda claro que se quieren hacer cambios, pero no si se entiende lo que se quiere cambiar ni cómo cambiarlo.

Porque a pesar del sentido de urgencia que ha imperado en buena parte de la discusión, y de la temeridad con la que se han emitido muchas opiniones al respecto, las constituciones son artefactos complejos que tienen sus propios ritmos y cuyo funcionamiento depende de multitud de factores circunstanciales y mecanismos internos engranados, de manera deliberada o fortuita, unos con otros. Así, como escribió María Amparo Casar en la revista Nexos de diciembre pasado, “cada reforma tiene un impacto distinto según el régimen en que se inscriba y el contexto en que se adopte. Sus efectos no son únicos ni automáticos. Varían al combinarse con el resto de los elementos de un sistema”. Para reformar las instituciones y conseguir los efectos deseados harían falta, pues, menos escopetazos y más labores de relojería.

Discutimos las reformas (electoral, fiscal, energética, laboral, del Estado, etc.) como si fueran un concurso de tiro al blanco en el que sólo se puede acertar de manera fulminante o fallar definitivamente, lo cual ha producido un ciclo muy perverso de inflación de expectativas y subsecuente decepción. Acaso convendría, esta vez, recuperar la dimensión tentativa, de ensayo y error, que caracteriza a la democracia realmente existente. Recordar que se trata de un experimento, de un régimen en el que no hay lugar para tiradores infalibles sino apenas un método para ir ajustando sobre la marcha, una y otra vez, nuestro reloj.

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 25 de enero de 2010)

lunes, 18 de enero de 2010

Nueva vieja izquierda

El 8 de marzo de 1994, tras el célebre discurso de Luis Donaldo Colosio en el monumento a la revolución, Humberto Musacchio (HM) escribió en Reforma: “El partido en el poder –veterano con 65 años de edad, numerosas cirugías, dos cambios de nombre y una notoria importancia para fecundar a la patria– aparece como vendedor de ilusiones […] Por repetidas experiencias, no puede evitarse la tentación de leer ese discurso como pieza demagógica, como un mero reciclaje de expectativas, proceso en el que el PRI tiene una luenga y reconocida capacidad”.

El 4 de julio del 2000, luego de que Francisco Labastida perdiera las elecciones presidenciales, HM escribió en Reforma: “Los votantes, en buena hora, decidieron defenestrar al PRI y llega a su fin no sólo la larga estancia de un partido en el poder, sino todo un régimen político que ya no servía para regular la convivencia de los mexicanos, no permitía superar contradicciones ni resolver los problemas sociales, que iban amontonándose en la contabilidad gubernamental sin que las partidas del haber compensaran las inmensas pérdidas de cada día”.

El 29 de agosto del 2000, a tres meses de que Ernesto Zedillo le entregara la banda presidencial a Vicente Fox, HM escribió en Reforma: “se avecinan los 100 días más largos en la historia del priísmo. Afortunadamente serán los últimos”.

El 22 de octubre de 2002, a propósito de la decepción que ya provocaba la gestión del Presidente Fox, HM escribió en Reforma: “En épocas de insatisfacción generalizada cobra corporeidad el falso recuerdo de una edad de oro. Siempre merodea, como fiera expulsada del paraíso, la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Por eso, un presente que no responde a las expectativas de cambio hace deseable el pretérito y suele convertirse en coartada sicológica para el retroceso”.

El 6 de septiembre de 2005, al dar cuenta del rompimiento entre Elba Esther Gordillo y Roberto Madrazo, HM escribió en Reforma: “Como rezaba el letrero a las puertas del infierno de Dante, el PRI bien podría colgar en la entrada de su edificio de Insurgentes aquello de ‘Dejad aquí toda esperanza…’. Sí, porque ese partido parece congénitamente impedido para cambiar”.

El 18 de septiembre de 2008, comentando el conflicto entre el Presidente Evo Morales y los prefectos de la Media Luna, HM escribió en Excélsior: “Lo cierto es que la democracia que siguió a la larga noche de las dictaduras sudamericanas no ha sido capaz de resolver los problemas de la gente común ni ha podido disminuir la pobreza de las mayorías […] Lo anterior prueba que la democracia representativa no es la vía para encauzar y resolver pacíficamente los conflictos sociales y dar respuesta a la pobreza, el analfabetismo, la insalubridad, la escasez de vivienda y otros problemas derivados de un pésimo reparto de la riqueza […] De poco sirve realizar elecciones si unos introducen recursos como los de la guerra sucia desplegados en México en 2006 o si la oligarquía pone sobre la mesa su dinero para comprar voluntades y desviar el voto, por no hablar de los infaltables fraudes […] Por eso, si se produce el golpe de Estado en Bolivia, cada latinoamericano muy bien podrá preguntarse para qué sirve la democracia y qué sentido tiene mantener esa simulación onerosa y carnavalesca que apuntala la desigualdad y la injusticia”.

En julio de 2009, cuando las encuestas ya indicaban que Enrique Peña Nieto era la figura con mayor intención de voto para la próxima elección presidencial, HM escribió en Examen (la revista publicada por el Comité Ejecutivo Nacional del PRI): “La renovación del país requiere de una conjunción de fuerzas variopintas, pero nadie puede descartar al viejo partido tricolor para encabezar los cambios que puedan sacar al país del hoyo profundo en que se encuentra”.

El 14 de enero de 2010, apenas la semana pasada, HM escribió en Excélsior: “el México posterior a 2000 poco tiene que ver con los años dorados del dominio priísta. Ya no hay legitimidad política, carecemos de movilidad social, se ahondan peligrosamente las diferencias en el reparto de la riqueza, la educación pública es un completo desastre, las instituciones de salud están en el abandono”.

El 10 de septiembre de 2009, celebrando la libertad de expresión, HM escribió en Excélsior: “Que cada quien se haga cargo de sus palabras”.

Pues eso, pero… ¿cuándo?

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 18 de enero de 2010)

lunes, 11 de enero de 2010

¿Y los otros panistas?

Decía Fernando Escalante hace unos días, en La Razón, que no cabe llamarse a sorpresa por las furibundas reacciones contra la reforma que aprobó la Asamblea Legislativa del Distrito Federal para reconocer el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo: la jerarquía eclesiástica, Mariana Gómez del Campo, El Colegio de Abogados Católicos, Esteban Arce y demás inquilinos de la caverna homofóbica, “cada uno está en lo suyo y todos haciendo su chamba”… excepto el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, que tiene bajo su responsabilidad hacer valer el artículo 130 de la Constitución, ese que prohíbe expresamente a los ministros de cualquier culto intervenir en política, hacer proselitismo, oponerse a las leyes o a las instituciones civiles.

El lunes pasado, en Reforma, Jesús Silva-Herzog Márquez insistió en el asunto. Repasando los argumentos esgrimidos por el PAN para oponerse a la susodicha reforma, mostró que en ellos no hay más lógica que la del dogma: “nunca como ahora se ha expuesto la relación de Acción Nacional con la ortodoxia, su disposición a convertirse en escudero de lo sagrado […] no ha podido más que defender las ofuscaciones clericales y exigir la sumisión de la política frente a la fe”.

Frente a estas y otras críticas que coinciden en la necesidad de secularizar la discusión, ¿qué tienen que decir quienes, desde la simple simpatía o la franca militancia, han querido reivindicar una veta liberal en la doctrina panista?

Pienso, concretamente, en el actual secretario de Educación, Alonso Lujambio: en sus interpretaciones sobre la historia del panismo; en sus escritos dedicados a Manuel Gómez Morín, a Adolfo Christlieb Ibarrola, incluso a Carlos Castillo Peraza; en cómo sus estudios sobre el Congreso, el federalismo y las elecciones han sabido enfatizar la aportación del PAN a la democracia mexicana. La de Lujambio ha sido, en ese sentido, de esas escasas obras que logran una combinación afortunada entre el rigor académico y la afinidad política. Una obra seria, de la que se desprende una visión compleja del PAN, pero claramente comprometida con la corriente interna que el propio Lujambio identifica como liberal, una corriente que desde sus orígenes fue antagónica a la de aquellos que querían hacer de la lucha política un medio para procurar la salvación de las almas (Christlieb Ibarrola los llamaba “piadosos meadores de agua bendita”).

Busco en la prensa, en el debate sobre la universalización del derecho al matrimonio, y no encuentro en ninguna parte la voz de esos panistas liberales –ni de Lujambio ni de sus pares ni de sus antecesores ni de sus discípulos ni de nadie dentro o al menos cerca del PAN. ¿Dónde están? ¿Existen?

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, lunes 11 de enero de 2010)

lunes, 28 de diciembre de 2009

Recuerdo de Flandrau

Charles M. Flandrau, residente norteamericano en el México de Don Porfirio, solía hacer muchas preguntas sobre los horarios, la política o las costumbres de los mexicanos. Las respuestas de sus interlocutores, sin embargo, solían parecerle inexactas, incoherentes, ineficaces. “No es”, decía, “que sepan muy poco. Es que saben demasiado. El México teórico –el de las constituciones, las leyes de reforma, los estatutos o los libros de viajes– hace tiempo que dejó de importarles. Es el México de cada día, más bien, el que les interesa […] Y ese México cotidiano, práctico, es un México enteramente distinto, infinitamente más misterioso y fascinante”.

En alguna ocasión, de paso por un pueblo en la sierra veracruzana, Flandrau le preguntó a una señora “¿llueve aquí en el verano tanto como en el invierno?”. Luego de un breve silencio, la señora se encogió de hombros y contestó “no hay reglas fijas, señor”. Semejante respuesta constituyó, para Flandrau, una revelación que marcaría el inicio de su romance con el país: “En eso, estoy seguro, yace mucho del indisputable encanto de México. No hay reglas fijas. La experiencia de cada quien es diferente y cada quien, en cierto sentido, es un pionero abriéndose brecha –como Cortés en su prodigiosa marcha desde la costa. Uno nunca sabe, desde la más amplia hasta la más insignificante circunstancia de la vida, qué esperar, no hay una verdad última. Esto no es así porque los mexicanos sean mentirosos fáciles e instintivos, sino porque no emplean los métodos habituales para determinar y difundir la información. En casa (quería decir en Estados Unidos) demandamos y obtenemos hechos. En México se subsiste con rumores y nunca se demanda nada más. Una persona rigurosa, sistemática y precisa siempre detestará México y muy rara vez sabrá decir nada amable sobre él, ni siquiera sobre el paisaje. Pero si uno no es proclive a exagerar la importancia de la exactitud y se muestra perpetuamente interesado en lo casual, en lo exuberante y en lo problemático, entonces México se le presenta como una larga novela, escrita con descuido pero cautivadora” (traduzco libremente de la edición de 1910 de su libro Viva Mexico!, publicado en Nueva York por D. Appleton and Company).

Hago memoria de las noticias que colmaron los periódicos durante el 2009, leo los resúmenes que aparecen en algunas columnas de opinión, repaso mis notas y subrayados sobre nuestra conversación pública y me asalta, de repente, el dichoso recuerdo de aquella vieja lectura de Flandrau. Será porque, cansado del entusiasmo de los teóricos y de la solemnidad de los quejumbrosos, echo de menos esa capacidad de mirar a México con afecto y, al mismo tiempo, con ironía: esa empatía ajena a toda condescendencia, esa crítica sin afán de pontificar.

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 28 de Diciembre de 2009)

lunes, 21 de diciembre de 2009

El “personaje periodístico” del 2009

Pregunta Leopoldo Gómez en Tercer Grado, de Televisa, cuáles fueron los “personajes periodísticos” del 2009. Joaquín López Dóriga contesta que él hubiera preferido quedarse con José Emilio Pacheco “y sus dos grandes premios, el Cervantes y el Reina Sofía” pero “ni modo, tengo que decirlo, es Juanito”. Respuesta interesante: no tanto por lo que dice del 2009 sino por lo que dice, más bien, de lo que se entiende por “periodístico” hoy en México.

De entrada, que el conductor del noticiario con mayor audiencia en la televisión sienta la necesidad de distinguirse de su propia elección, de hacer un deslinde entre su preferencia personal (un poeta galardonado en España) y la periodística (un vendedor ambulante metido a jefe delegacional en Iztapalapa) ofrece un primer indicio: que lo “periodístico”, en este caso, resultó algo tan indecoroso que hasta el señor que nos da las noticias todas las noches se toma sus distancias.

Pero hay más. Ciro Gómez Leyva, al igual que el resto de los integrantes del programa, coincidió con López Dóriga en darle el primer lugar a Juanito, mas agregó que en el segundo sitio estaría... Javier Aguirre. “Luego, el abismo” remató. Carlos Marín intervino para matizar: “encima de Javier Aguirre estaría, pero a una distancia abismal de Juanito, Barack Obama. Después Aguirre […] Obama pero muy debajo de Juanito”. En serio, eso dijo. Otro indicio: lo “periodístico” no requiere ningún sentido de las proporciones.

Finalmente, la discusión perdió todo el entusiasmo inicial cuando sus participantes recalaron en los nombres de algunos integrantes del gabinete y en los de otros figurones de la vida política. Tercer indicio: lo “periodístico” tiene que ser escandaloso o no es.

En cierto sentido, la malograda historia de Rafael Acosta en Iztapalapa es un elocuente comentario sobre la clase política perredista. Sobre sus pleitos de familia, su estratificación interna, su relación con la legalidad, sus bastiones clientelares, sus astucias y malas artes, en fin, sobre sus múltiples miserias y contradicciones. Que no son nada insólitas ni exclusivamente suyas, por cierto, pero que no todos los días se despliegan, como esta vez, con tanta franqueza y tan al aire libre.

La fascinación con Juanito, sin embargo, va mucho más allá de ese tema. Digamos, para abreviar, que retrata de cuerpo entero la “altura de miras” (¡como se les llena la boca cuando pronuncian esa frase!) que impera en nuestros medios. Señalarlo como el “personaje periodístico” del año que termina es un ilustrativo comentario sobre la calidad del periodismo que tenemos.
-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, lunes 21 de Diciembre de 2009)

lunes, 14 de diciembre de 2009

La otra violencia

Hay una violencia que satura nuestra conversación pública. Es una violencia explícita, directa, deliberada, muy visible por lo que hay en ella de transgresión al orden establecido, por cómo altera el curso esperado de las cosas, y que por más o menos frecuente que sea no podemos representárnosla salvo como un fenómeno escandaloso, excepcional, aberrante.

Es la violencia de la que hablamos cuando hablamos de la inseguridad.

Hay otra violencia, sin embargo, que no figura en nuestra conversación pública. Es una violencia implícita, silenciosa, involuntaria, que lejos de representar una perturbación constituye el propio orden establecido, que no trastoca sino que es en sí misma el curso esperado de las cosas. Es una violencia a la que estamos perfectamente acostumbrados, que no vemos porque hemos aprendido a convivir con ella todos los días, que forma parte de nuestra idea de la normalidad.

Es la violencia de la que no hablamos cuando hablamos de la pobreza.


Pienso, por ejemplo, en la cobertura que hacen los medios de comunicación. En que dar las noticias sobre la inseguridad significa relatar robos, asaltos, secuestros, ejecuciones, tratar de identificar a los perpetradores, entrevistar a víctimas o testigos, fotografiar las escenas del crimen, denunciar a las autoridades negligentes o coludidas, mientras que dar las noticias sobre la pobreza es, si acaso, reportar los cálculos más recientes del CONEVAL.

Así, la inseguridad son historias de todos los días; la pobreza, estadísticas de vez en cuando.

El resultado es un clima de opinión muy susceptible ante la inseguridad, incrédulo o incluso hostil contra los intentos de medir esa violencia o de ponerla en perspectiva, pero muy indiferente al crecimiento de la pobreza, impasible ante el drama de esa otra violencia que son el hambre, las carencias, la falta de oportunidades. Un clima de opinión que oscila, selectivamente, entre gritos de sobresalto y bostezos de desinterés, y en el que encuentran mucha más resonancia la oferta Verde de restaurar la pena de muerte o los coqueteos paramilitares del alcalde de San Pedro que la propuesta Levy de crear un sistema de seguridad social universal.

Un clima de opinión, en resumidas cuentas, más propicio para una política del miedo que para políticas de redistribución.

En esas estamos.

-- Carlos Bravo Regidor

(La Razón, lunes 14 de Diciembre de 2009)

lunes, 7 de diciembre de 2009

Ironía de la reelección

Es muy común escuchar que los representantes en el Congreso no nos representan, que miran por sus intereses particulares antes que por el bien del país, que la nuestra más que una democracia es una “partidocracia”, etcétera. Son frases hechas, que no comunican una idea clara sino acaso una confusa sensación de malestar, pero que a fuerza de repetirse una y otra vez se han convertido en una muletilla, casi en un mantra, de nuestra conversación pública.

También es muy común escuchar que el remedio estriba en modificar la Constitución para permitir la reelección inmediata, que de ese modo los representantes se verían obligados a rendir cuentas sobre sus decisiones para intentar permanecer en el cargo, a tratar satisfacer las expectativas de los ciudadanos, y que éstos contarían así con un instrumento para premiar o castigar en las urnas el desempeño individual de sus legisladores. Se trata de una medida que, teóricamente, crearía un incentivo para resolver el supuesto déficit de representación que padece nuestro régimen político.

Tras las elecciones de julio pasado, la Fundación Este País, el IPN y el ITAM organizaron una encuesta sobre el “sentir ciudadano” en estos asuntos (Este País, no. 222, septiembre 2009). Los resultados confirmaron lo que predica la muletilla: que 47% de los que votaron por un partido, y 62% de los que anularon su voto o se abstuvieron de votar, no se sienten representados por sus legisladores. Sin embargo, a la sesgada pregunta “¿qué tan de acuerdo estaría usted con que se apruebe una ley que permita a los diputados que hayan cumplido con sus electores volver a ser candidatos en la siguiente elección?”, sólo el 49% de los que votaron por un partido, el 43% de los que anularon su voto y el 45% de los abstencionistas, estuvieron de acuerdo con la posibilidad de permitir la reelección.

El jueves pasado, Reforma publicó otras dos encuestas. En la primera, el 74% de los diputados federales respondió que estaba a favor de permitir la reelección legislativa. En la segunda, el 68% de los ciudadanos se manifestó en desacuerdo con ella. Es decir que en este tema, efectivamente, las preferencias de los representantes no corresponden con las de sus representados.

La ironía, pues, es que quienes apuestan por la reelección como fórmula para hacer más representativa, para “mejorar la calidad” de nuestra democracia, están promoviendo, al hacerlo, una reforma que no refleja la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, sino la voluntad de la mayoría de esos legisladores que, según la muletilla, no nos representan.

-- Carlos Bravo Regidor
(La Razón, Lunes 7 de Diciembre)